19 de Julio: El Funeral de la Revolución 

Douglas Lee
Cuando la Esperanza se Volvió Orden de Mando

“La libertad es el pan del alma. Si te la quitan, no sólo mueres: te disuelves.”
— Rodolfo Walsh

I. La mentira con bandera: ¿Qué celebramos?

Este 19 de julio, el régimen ondea banderas, moviliza buses, uniforma cuerpos y repite consignas vacías.
Pero el pueblo —el verdadero pueblo— no celebra. Siente. Recuerda. Resiente. Calla. Huye. Llora.

¿Celebrar qué?

  • ¿La victoria sobre Somoza?
  • ¿La promesa de una Nicaragua libre, educada, soberana, solidaria?

Esa victoria fue real en 1979.
Pero esa promesa fue traicionada.
Enterrada.

Porque quienes asumieron el poder no liberaron al pueblo: lo reemplazaron.
Sustituyeron un apellido por otro, pero conservaron el molde: el mando sin debate, el miedo como política, la mentira como cemento institucional.

II. El cadáver de la revolución: traición a todos sus principios

Se luchó por democracia. Hoy tenemos dictadura.
Se luchó por soberanía. Hoy se entregan concesiones a empresas chinas, rusas y canadienses.
Se luchó por justicia social. Hoy el 1% controla la economía, mientras el resto sobrevive.

Nicaragua es el segundo país más pobre del hemisferio, superado solo por Haití.
El 70% de su economía es informal.
1 de cada 2 niños no accede a una educación de calidad.
Más de 800,000 personas han huido desde 2018.
155 presos políticos aún resisten en cárceles sin nombre.

¿Eso es revolución?
¿Eso es victoria?
¿Eso es patria libre?

No.
Eso es la traición institucionalizada de una élite que se vistió de pueblo para instalarse en el trono.
Una élite que no heredó la revolución: la secuestró.

III. Antropología del poder: el caudillo como padre, el pueblo como niño

La revolución prometía un pueblo protagonista, pensante, crítico.
Pero el orteguismo nos devolvió al patrón simbólico de siempre: el padre que ordena, la masa que obedece.

Desde la antropología política, el poder en Nicaragua nunca dejó de ser una relación vertical, emocional y dogmática.
Cambian las siglas, cambian los colores, pero no cambia la estructura afectiva:

  • El líder es omnisciente.
  • El pueblo es menor de edad.
  • La disidencia es enfermedad.
  • El miedo es método.

El sandinismo que un día liberó, se volvió religión de Estado.
Y su dogma no admite herejes.

IV. Filosofía del sometimiento: cuando la libertad se vuelve crimen

La libertad fue la promesa.
Pero terminó siendo la amenaza.

Lo que Paulo Freire advirtió: el oprimido, si no desarrolla conciencia crítica, repite el método del opresor cuando toma el poder.

Y eso fue lo que ocurrió.

  • Se confundió unidad con uniformidad.
  • Se confundió estabilidad con represión.
  • Se confundió soberanía con aislamiento.
  • Se confundió Estado con familia.

La revolución dejó de ser una ética de liberación y se volvió una estética de control.
Un ritual sin alma.
Una misa pagana donde se canoniza a los traidores del sueño.

V. Sociología del fracaso: instituciones sin ciudadanía

Desde la sociología crítica, el fracaso no fue solo moral o político: fue estructural.

  • El partido se convirtió en el Estado.
  • El Estado se convirtió en empresa familiar.
  • La ciudadanía se convirtió en masa clientelar.
  • El poder judicial se convirtió en arma.
  • El ejército y la policía se convirtieron en custodios del silencio.

La revolución no construyó república.
Construyó poder sin controles.
Instituciones sin autonomía.
Educación sin pensamiento.
Justicia sin ley.

Lo que tenemos hoy no es un modelo alternativo.
Es una dictadura moderna con retórica vieja.
Es la administración eficaz de la mentira.

VI. La revolución como negocio: de la utopía a la gerencia del capital

La promesa de la economía popular, solidaria y autogestionaria terminó en lo opuesto:

  • Hoy, los militares son empresarios.
  • La familia gobernante tiene empresas en paraísos fiscales.
  • Las zonas francas exportan miseria con salarios de hambre.
  • El Estado entrega concesiones extractivas sin consulta ni rendición.

No combatieron al capital: lo gerenciaron.
No rompieron con la oligarquía: la sedujeron.
No destruyeron el somocismo: lo replicaron en versión mística.

VII. La pedagogía del olvido: cómo se borra una revolución

Y para sostener todo esto, se necesita silencio. Amnesia. Adoctrinamiento.

  • Las universidades fueron cerradas.
  • Los medios independientes, clausurados.
  • Los libros críticos, censurados.
  • Los exiliados, despojados de su nacionalidad.
  • Las víctimas de abril, invisibilizadas.

La revolución traicionada necesita que olvidemos a los que la soñaron.
Porque si los mártires resucitaran, se volverían a morir.
De vergüenza.
De rabia.
De soledad.

VIII. El remedio más caro que la enfermedad

Dicen que la revolución era la cura para el mal de Nicaragua. Pero, ¿qué hemos recibido? Un remedio que nos salió mucho más caro que la enfermedad misma.

Si hacemos un balance frío, el régimen actual ha profundizado la pobreza, la exclusión y el autoritarismo más allá de lo que Somoza siquiera alcanzó a imaginar.

En aquellos tiempos, con todo y su brutalidad y corrupción, existía al menos una estructura mínima de Estado, cierta apertura económica y una relativa autonomía en la esfera privada.

Hoy, la economía está secuestrada por una élite familiar, la pobreza se ha arraigado hasta niveles históricos, y la represión no tiene comparación. El “progreso” prometido por el sandinismo se ha convertido en una trampa donde el país no puede respirar ni crecer.

Así que, con todas sus contradicciones y defectos, Somocismo no fue tan terrible como la dictadura que se instaló en nombre de la revolución.
No por nostalgia ni justificación, sino porque al menos entonces había instituciones mínimas, cierto pluralismo y un espacio para la iniciativa privada — hoy desaparecidos bajo la sombra del miedo y la corrupción.

Este es el legado que tenemos que confrontar con honestidad brutal.
El remedio que eligieron resultó peor que la enfermedad que juraron curar.

IX. Conclusión: ¿Y ahora qué?

No hay revolución donde el miedo manda.
No hay justicia donde el poder no se somete a la ley.
No hay democracia donde solo habla una voz.

Este 19 de julio no se celebra.
Se denuncia.
Se transforma en duelo consciente.
En memoria organizada.
En compromiso renovado.

No para repetir el error.
Sino para construir una verdadera república: desde abajo, desde la verdad, desde la dignidad.

“La patria no es el Estado.
La patria es el pueblo.
Y el pueblo no se rinde: se reinventa.”Este artículo es una trinchera de memoria.
Un poema de ira y amor.
Un reclamo por los que ya no están.
Y un llamado a los que aún resisten.