¿Ahora Se Sorprenden? Gioconda, el Aura y el Tirano que Siempre Fue

Douglas Lee

Introducción: El arte de sorprenderse tarde

“Nunca pensé que Daniel Ortega sería un peor tirano que Somoza.”

Así comienza —con tono confesional y rostro herido— el ensayo que Gioconda Belli publicó en 100% Noticias, y luego repitió para el New York Times. No eligió cualquier medio. Eligió el púlpito simbólico desde donde los exiliados reconstruyen su aura.

Pero su texto no es denuncia, es escena. No es revelación, es estrategia. No es memoria, es autoabsolución.

Porque, ¿de verdad nunca lo pensó? ¿O nunca le convenía decirlo mientras aún tenía palco?

I. El asombro como blindaje

Gioconda no es una disidente más. Su biografía ha sido cuidadosamente tejida entre la revolución, la belleza, la poesía y el feminismo editorial. Su nombre es parte del canon, del aura internacional que Nicaragua exportó como vitrina estética del sandinismo.

Por eso duele —y sorprende— que simule sorpresa.

¿No lo pensó en 1993, cuando rompió con el Frente pero siguió orbitando su estética?

¿Ni cuando Rosario Murillo purgó a Cardenal del Ministerio de Cultura?

¿Ni cuando Daisy Zamora fue marginada por denunciar los abusos simbólicos y políticos?

No fue que no lo pensó.

Fue que prefirió no decirlo.

Y ahora que el poder simbólico la destierra, lo convierte en epifanía.

II. Las dos vírgenes del altar

Gioconda y Rosario compartieron más que exilio en Costa Rica. Compartieron poder simbólico. Una fue la musa erótica del Frente. La otra, la sacerdotisa autoritaria del Estado-poema. Mientras Rosario ritualizaba el poder, Gioconda lo embellecía. Ambas ayudaron a construir el altar. Ninguna lo desmontó.

Y ahora, desde el exilio, Gioconda escribe como si todo esto fuera nuevo. Como si ella hubiera sido víctima de un sistema del que fue símbolo.

III. El PIE y la coartada feminista

Pocas cosas ilustran mejor esta estrategia que su famoso “PIE” —el Partido de la Izquierda Erótica— creado por Gioconda junto a otras mujeres del círculo íntimo del poder sandinista. En su novela El país de las mujeres, este partido ficticio llega al poder y transforma la nación. La ficción fue premiada. La historia, creída. El marketing editorial hizo el resto.

Pero ese PIE no fue un partido político ni un movimiento de masas. Fue un club exclusivo de mujeres vinculadas a comandantes. Una estrategia estética con disfraz de utopía feminista.

Y sin embargo, hoy aparece en entrevistas y perfiles como si fuera un hecho histórico. Como si ese círculo de privilegio hubiese sido una revolución dentro de la revolución.

IV. De Samcam a Cardenal: la táctica del espejo heroico

En su ensayo para el New York Times, Gioconda se compara indirectamente con Roberto Samcam, asesinado en Costa Rica, como antes se comparó con Ernesto Cardenal.

No lo dice abiertamente, pero insinúa: “lo que le pasó a él, me puede pasar a mí”.

Es uno de sus recursos literarios favoritos: colocarse en el espejo de figuras heroicas, mártires de la verdad, para asumir reflejo sin haber asumido riesgo.

Pero Gioconda nunca denunció lo que Samcam denunció.

Ni sufrió lo que Cardenal sufrió.

Ni fue silenciada como Daisy.

Ni cayó por rebelarse: cayó cuando ya no servía.

V. Ortega: ¿mutación o revelación?

El centro del problema es esta frase: “Nunca pensé que Ortega sería peor que Somoza.”

Pero Ortega no mutó.

Ortega siempre fue así.

Lo supo Daisy. Lo dijo Ernesto. Lo gritó la calle. Lo vivieron miles desde 2007 —o desde antes. La represión no comenzó en 2018. La deriva autoritaria no fue sorpresa. Solo lo fue para quien no quiso ver… o para quien no le convenía decirlo mientras tenía acceso.

La sorpresa es una coartada.

Una forma de evitar la autocrítica.

Una forma de decir “yo también sufrí”, sin decir “yo también fui parte”.

VI. Aura y algoritmo

En textos anteriores —El Linaje del Aura y Las Dos Vírgenes del Altar— hemos analizado cómo la poesía puede convertirse en blindaje simbólico. Gioconda es una figura brillante. Pero también estratégica.

Ha sabido convertir su biografía en marca, su disidencia en estética, su feminismo en relato editorial. Ha sido celebrada en ferias, traducida, premiada. Y en ese aura construyó una muralla.

Ahora que la historia le cierra la puerta, regresa con sorpresa. Pero no es la misma que tuvo Cardenal cuando lo apartaron del altar. Ni la de Daisy cuando fue borrada del canon. Es una sorpresa con vuelo de business class. Con visa. Con editorial. Con nota en el New York Times.

VII. Conclusión: ¿cuándo se atreven los poetas?

Este ensayo no es contra una mujer. Es contra una estrategia.

Contra la sorpresa como coartada.

Contra la estética como redención.

Contra el privilegio como disfraz de conciencia.

Porque si vamos a reconstruir una memoria crítica, debemos distinguir entre quienes resistieron con verdad —y sin micrófono— y quienes solo escriben cuando ya no hay tribuna.

Gioconda tiene mucho que decir.

Pero más aún, tiene mucho que reconocer.

No más vírgenes en el altar

“Pensá en los que murieron.”

Eso pidió Ernesto Cardenal. Sin espectáculo. Sin premiaciones. Sin marketing.

Esa es la diferencia.

No entre el poeta y la musa.

Sino entre quien nombró al tirano cuando aún podía perder algo…

y quien solo lo nombra cuando ya lo ha perdido todo.

Porque hay belleza en el exilio. Pero también hay simulacro.

Y si no lo sabemos distinguir, el altar simbólico seguirá de pie…

aunque hayamos perdido la república.

#NewYorkTime