Barcelona, 1978
Está frente a la ventana, Bartleby adolescente. No ve más que la fachada deteriorada de un edificio de viviendas baratas. Siente el peso del tedio, los libros atrás, sobre la mesa, la pared desconchada tras la ventana, la luz languideciendo.
Esta mañana, en clase, la madre les hablaba de esperanza, el rostro extasiado, negado el cuerpo. A su espalda la estampa de un santo escuálido en el camino de alcanzar la pureza. La misma luz mortecina. Puertas y ventanas cerradas negando que afuera esté cambiando nada. Venía acompañada de la nueva profesora de Lengua y Literatura castellana.

Llega como sustituta, estará poco tiempo, ha dicho algo incómoda antes de irse. La maestra es una mujer mayor de melena cana, ropa juvenil para su edad. La voz ronca y un marcado acento gaditano. Su forma de hablar es alegre y le brillan los ojos. Siente pasión por los poetas de la generación del 27, especialmente por un paisano suyo, Rafael Alberti.
Les ha propuesto la lectura de Marinero en tierra: Un joven poeta porteño, llevado con diecisiete años a Madrid, canta a su añorado mar, horizonte verde-azul de libertad perdida. El poeta se lamenta a través de la voz cálida de la maestra: «El mar. La mar. / El mar. ¡Sólo la mar! // ¿Por qué me trajiste, padre, / a la ciudad? // Por qué me desenterraste / del mar?»
Barcelona tampoco tiene mar, lo olvidó tras las vías del tren, las fábricas y las barracas. Geográficamente no está lejos, pero es otro. Éste, del que habla el poeta, tiene aquí ningún lugar, ningún tiempo y, sin ser aquí, rompen sus olas en la punta de nuestros zapatos.
A los primeros versos, les han seguido otros llenos de exclamaciones, de juegos de palabras, de chuflas, de exhortaciones. ¡Está cantando coplillas, está jugando! Lúdica las ha animado a hurgar en el dogma, a dudar de lo pétreo, a burlar la norma, a seguir al poeta que maneja otra brújula, en otros mapas. «—Marinero, hombre libre, que las mares declinas, / dinos los radiogramas de tu estrella Polar».
Zarandea nuestro ser entumecido, nos provoca. Alberti, como Rimbaud, niños rebeldes, expulsados o fugados de la escuela. No hay razón, ni tiene porqué haberla, el lenguaje del poeta es lacónico y caprichoso.
Esta vez no aparece el terror ante lo sublime, no vemos cruzar la barca de Caronte, no hay precipicio más allá del límite. La sal no es un castigo de los dioses, se evapora en los esteros dando alas luminosas a una imaginación sin reservas. Las pérfidas sirenas son ahora hortelanas de un vergel submarino donde no hay manzanos, sino naranjos.
Las sirenas cantan lo que es a la vez cierto y no cierto, resueltas. «¡Quién le pudiera injertar / su sangre, / vida, su herida / en un caracol de mar!» Alborada en la orilla y luz bajo las aguas. Sueño originario de un mundo transitable entre lo manifiesto y lo oculto. Mundo lleno de dioses, inocencia mecida en un columpio, imagen surrealista que se desarrolla al ritmo cadencioso de una retahíla como perlas ensartadas en un collar.

En contraposición con el continuo movimiento del mar, tierra firme, quietud. El joven poeta marinero boquea como un pez que busca su medio para respirar, cruzando la meseta entre dos mares. Descubre, sin comprender, a la muchacha enlutada, «muerta entre cuatro paredes / y con un velo en la cara».
Sigue frente a la ventana. Los libros atrás, sobre la mesa. Ahora son los ojos chispeantes de la maestra gaditana los que atraviesan la mirada de un Bartleby ausente. La maestra, el poeta, repite como en un juego: «Tu padre / es el que dicen, te encierra. / Tu madre / es la que guarda la llave. / Ninguno quiere / que yo te vea, / que yo te hable”. No hay razón, ni tiene porqué haberla, piensa. «Bajo la verde lluvia de dos sauces, / sola, una hamaca que columpia el aire».
LA BATELERA Y EL PILOTO SONÁMBULOS
Sonámbula de espuma, cabellera
de nácar, y fanal esmerilado,
en un batel de concha de pescado,
rasga el vidrio del mar la batelera.
Un piloto de nieve, en la escollera,
iza un pañuelo de color lunado.
Soplo del alba y banderín alado,
vira el batel dormido a la ribera.
¡Hijas del mar, oh lobas litorales;
sombras yertas del fondo, marineros;
lámpara boreal del aire frío;
mirad cómo en las ondas los sedales
hunden los dos sonámbulos remeros…
como si el mar fuera un humilde río!
ELEGÍA
La niña rosa, sentada.
Sobre su falda,
como una flor,
abierto, un atlas.
¡Cómo la miraba yo
viajar, desde mi balcón!
Su dedo —barco velero—
desde las islas Canarias
iba a morir al mar Negro.
¡Cómo lo miraba yo
morir, desde mi balcón!
La niña —rosa sentada—.
Sobre su falda,
como una flor,
cerrado, un atlas.
Por el mar de la tarde
van las nubes llorando
un archipiélago de sangre.
***
ELEGÍA DEL COMETA HALLEY
Ya era yo lo que no era,
cuando apareció el cometa.
Del mar de Cádiz, Sofía,
saltaba su cabellera.
¡Ay, quién se la peinaría!
Con un escarpidor fino,
salí a la ribera mía.
¡Suéltale la cauda, madre,
que se la peine Sofía!
¡Ya era yo lo que no era!
Nací para ser marino
y no para estar clavado
en el tronco de este árbol.
Dadme un cuchillo.
¡Por fin, me voy de viaje!
—¿Al mar, a la luna, al monte?
—¡Qué sé yo! ¡Nadie lo sabe!
¡Dadme un cuchillo!
***
Si mi voz muriera en tierra,
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera.
Llevadla al nivel del mar
y nombradla capitana
de un blanco bajel de guerra.
¡Oh mi voz condecorada
con la insignia marinera:
sobre el corazón un ancla,
y sobre el ancla una estrella,
y sobre la estrella el viento,
y sobre el viento, la vela!
***
RIO ROJO
Covarrubias
Con las lluvias no podré,
bañarme en el rio, amante,
que viene el cuerpo del agua
herido y envuelto en sangre.
Lerma
Arriba, el balcón del frío,
las balaustradas del aire,
el cielo y los ojos míos.
Abajo, el mapa: tres ríos
y un puente roto, sin nadie.
Burgos
Sólo por esta mañana,
dejadme guardar el puente,
que yo mandaré a las aguas
que encaucen bien la corriente.
Que van ciegas, ciegas, ciegas,
dándose hombros y frente,
mi amiga, contra las piedras.