Debatir o Callar: La Dignidad como Método y el Disenso como Práctica Ciudadana
Por Douglas R. Lee | Inspirado en Daisy Zamora
Daisy Zamora, poeta y exviceministra de Cultura, nos lanzó una advertencia silenciosa pero certera: “No sabemos debatir”. Y ese “no saber” no es una carencia técnica. Es un síntoma cultural, un signo de enfermedad cívica. Es la muestra más elocuente de que Nicaragua nunca ha sido del todo una república, y que incluso la disidencia, sin quererlo, puede reproducir las formas del poder que dice combatir.
En este ensayo, no sólo propongo una reflexión, sino una tesis: aprender a debatir es un acto ético, una práctica política y una forma de resistencia frente a la cultura autoritaria que nos atraviesa a todos.
I. Un país sin pedagogía de la palabra
Nicaragua no es sólo una dictadura política. Es también una dictadura semántica. Desde la escuela hasta el noticiero, desde el púlpito hasta el poema, se nos enseña a obedecer antes que a pensar. A repetir antes que a cuestionar. A ganar discusiones, no a comprenderlas.
Y cuando llega el momento del disenso, el sistema responde con sus tres herramientas favoritas:
• El regaño.
• La descalificación.
• El silencio.
Como escribe Zamora: si no te sometés al regaño, te tildan de conflictivo. Y si seguís insistiendo en pensar, te sepultan en el olvido. Es un proceso de domesticación simbólica. El que opina se vuelve “peligroso”; el que escucha sin aplaudir es “sospechoso”.
El resultado es un país donde el pensamiento es un riesgo y la conversación una trampa.
II. “Mandamases” y “Mandamenos”: el viejo ADN de la servidumbre
Zamora habla de un “ADN tribal, colonial y autoritario”. Y tiene razón. No es solo Ortega quien no tolera el disenso. En muchos círculos culturales, académicos y hasta religiosos, el modelo de la gavilla y del caudillo persiste.
El “mandamás” no necesariamente tiene uniforme ni cargo. Puede tener un premio literario, una cuenta influyente, un apellido ilustre o un micrófono en la radio. Cree que debatir es un favor que concede, y no una obligación que lo iguala con los demás.
Y el “mandamenos” —que muchas veces es la mayoría del país— termina silenciado, etiquetado o expulsado, no porque esté equivocado, sino porque se atrevió a hablar sin permiso.
III. Aprender a debatir es construir ciudadanía
No se puede tener democracia sin disenso. No se puede tener libertad si no se puede disentir sin miedo. Por eso, aprender a debatir no es una habilidad académica, sino una práctica de ciudadanía.
Como decía el filósofo alemán Jürgen Habermas, la democracia se construye en el “espacio público deliberativo”, donde los ciudadanos intercambian razones y no sólo opiniones. Pero para eso, debemos renunciar al insulto fácil, al bloqueo impulsivo y al culto a nuestras propias certezas.
Debatir bien exige tres cosas:
1. Escuchar activamente, no para responder, sino para comprender.
2. Separar la idea de la persona. Atacar un argumento no es atacar una identidad.
3. Aceptar que el otro puede tener razón. Y que cambiar de opinión es un signo de evolución, no de debilidad.
IV. El debate como resistencia frente a la cultura del aplauso
Una de las formas más peligrosas de autoritarismo cultural es el aplauso automático. La cultura del “quien no está conmigo, está contra mí” no es exclusiva del régimen. También está en los exiliados, en las redes, en los cafés donde ya no se habla, solo se repite.
Por eso es urgente promover lo que llamo “resistencia dialógica”: el acto de pensar con otros, no contra otros. Abrir espacios para la duda, para el matiz, para la contradicción. Porque solo así se forjan ideas que no sean dogmas ni consignas.
La crítica no es una traición. La pregunta no es una amenaza. El disenso no es una ofensa.
V. ¿Y ahora qué hacemos?
Debatir se aprende. Se entrena. Se practica. Pero sobre todo, se vive como una ética de relación con el otro.
Aquí propongo siete prácticas concretas:
1. Enseñar en casa que disentir no es faltar el respeto.
2. Crear espacios de conversación intergeneracional.
3. Leer a quienes no piensan como nosotros.
4. Fomentar el diálogo incluso en la discrepancia.
5. No usar bloqueos como castigo emocional.
6. Desarmar el lenguaje de la humillación en redes.
7. Recordar que lo contrario de la democracia no es la dictadura: es el fanatismo.
La utopía no es debatir sin conflicto, sino con dignidad
No se trata de idealizar el debate. Habrá fricciones. Habrá errores. Habrá momentos duros. Pero si aprendemos a sostener nuestras diferencias sin destruirnos, entonces habremos dado un salto ético que ninguna revolución ni tratado podrá darnos.
Porque mientras existan “mandamases” y “mandamenos”, Nicaragua no será república.
Será, como dice Daisy Zamora, una tierra de gavillas, donde el que no pertenece, está frito.
Y nosotros merecemos algo mejor.


