Derecha versus Izquierda: Enésima Iteración
El tema de “derecha versus izquierda” es inseparable de la pregunta sobre quién es, en principio, “soberano”, y quién tiene la última palabra en los asuntos públicos, si el “demos” (siempre un espacio de conflicto inclusión/exclusión) o una figura minoritaria o autárquica, oficialmente reconocida como de mayor autoridad (un rey, un dictador, por ejemplo).
Vamos al origen: el nudo de la cuestión durante la revolución francesa fue que la convención no había abolido la monarquía, sino que re-consideraba el diseño del Estado, limitando de entrada el poder del rey.
En apariencia, se aceptaba una especie de monarquía reducida, o como se dice en la actualidad “constitucional”. Pero los grupos de poder sentados a la izquierda, mayormente pequeños burgueses, políticos revolucionarios, y artesanos de París, se opusieron a la propuesta de los sentados a la derecha, mayoritariamente alto clero, aristocracia y burgueses más ricos (“alta burguesía” apenas emergente, sobre todo comercial).
¿Cuál era la propuesta? Que el Rey tuviera un poder de veto final, definitivo, sobre las leyes aprobadas por la asamblea.
De esta forma, “izquierda” quiso decir, en su origen (y hasta la asunción del poder por el leninismo-estalinismo) el rechazo al absolutismo del poder, la afirmación de una voluntad colectiva sobre el imperio de la minoría, y más ideológicamente, la afirmación de que el “demos” y no una figura individual es el soberano del Estado.
Desde esta perspectiva, “derecha” es sinónimo de lo que hoy llamamos autoritarismo de minoría, o dictadura.
Y en última instancia, si el poder no se estructura de la manera más dispersa posible (sin que se desintegre la sociedad), casi puede decirse que “poder” y “derecha” querrían decir, en ese contexto semántico, lo mismo.
En cualquier caso, aunque la palabra “izquierda” refleja las transformaciones que han ocurrido en el mundo desde la revolución francesa, y por tanto va adquiriendo diferentes significaciones para diferentes contextos, la palabra “derecha”, en teoría y práctica, ha continuado en su lugar: no hay país en el mundo donde no represente una ideología en que lo individual, y por tanto, la desigualdad de poder que inevitablemente existe en la lucha por los bienes escasos, adquiera una legitimidad que se anteponga a lo social y colectivo.
En todas partes, la derecha niega derechos que no estén asociados con el poder individual, sea poder de compra o poder político-militar.
El tema de la “izquierda” es intrínsecamente más complejo, porque es en su ámbito que el conflicto inclusión/exclusión en el “demos”, el conflicto que es en el fondo el motor de la historia humana, se pelea desde los inicios de la modernidad.
Por eso es natural que todos los movimientos que buscan el manto “popular” adopten de una manera u otra algún refrán, símbolo, nombre o retórica de naturaleza colectiva. Desde el robo y añadidura de la palabra “socialista” que hizo Hitler al “Partido Nacional” para atraer a los trabajadores, hasta el fascismo del “socialismo del siglo XXI”; pasando por los partidos socialistas europeos, que en el siglo XX construyeron Estados de Derecho en los cuales se abrió espacio a derechos sociales.
Estos Estados de Derecho no están inmóviles; en su interior se mueve todo, siempre, en lucha constante, por el perenne conflicto inclusión/exclusión que tiene sus raíces en la escasez (el interminable “reino de la necesidad” que ni el Marx más optimista creyó extinguible, como puede uno comprobar en el tercer libro de El Capital).
Por todo esto, es una simplificación muy ingenua, un barniz transparente sobre un deseo de venganza mal informado —autodestructivo, de hecho— aspirar a ser “de derecha” creyendo que así se lucha por la libertad humana.
También es una estupidez aceptar el membrete de “izquierda” como credencial suficiente, por supuesto. Esto aplica más dramáticamente aun en el maniqueísmo “bien versus mal” que cierra las puertas al pensamiento; el mundo es cosa muy compleja.
De tal manera, atrapados por el lenguaje, necesitamos escapar enunciando principios, como la dispersión de poder que haga posible la libertad, que no puede ser igual al aislamiento individualista, porque requiere de la solidaridad entre seres humanos —solo llega a habitar la tierra un ser humano cuando nace la sociedad humana.
Francisco Larios
El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor derevistaabril.org.


