Drusos, cuando la lealtad es fuego
Hay pueblos que se encienden sin quemar.
Pueblos que no caben en un mapa ni en una bandera.
Que sobreviven no por la fuerza sino por una vieja inteligencia del alma:
la de saber cuándo hablar, cuándo callar y cuándo desaparecer sin huir.
Los drusos son uno de esos pueblos.
No son musulmanes ni cristianos ni judíos, aunque provienen del Islam.
No hacen proselitismo. No aceptan conversos.
Su religión es cerrada, su teología, secreta.
Creen en la unidad divina, en la transmigración del alma y en una ética de sabiduría silenciosa.
Son unos pocos.
En Siria, unos 700.000, casi todos en la provincia de Suwayda, al sur.
En Líbano, 250.000, con peso político desproporcionado.
En Israel, 150.000, ciudadanos plenos y soldados fieles.
En Jordania, una minoría tenue pero presente.
Pero ser pocos no los hace insignificantes.
Al contrario.
Ser pocos los ha vuelto indispensables para quienes necesitan una minoría que equilibre, que calle, que negocie o que resista.
Desde hace siglos, los drusos se guían por una doctrina no escrita:
«Se leal al Estado donde vivas aunque no te pertenezca.»
Y lo han hecho.
En Siria fueron aliados del régimen de Assad.
En Israel sirven en el ejército, mueren por el país y a veces son olvidados.
En Líbano jugaron a la política fina con Hezbollah pero también se enfrentaron a él cuando fue necesario.
Hoy, esa vieja fórmula arde.
El mundo árabe se descompone y con él las zonas de ambigüedad.
La guerra ya no es entre Estados. Es entre narrativas, entre identidades.
Y los drusos, acostumbrados a flotar entre fisuras, ahora tienen que elegir.
La provincia drusa de Suwayda, en Siria, es hoy un territorio al borde del incendio.
Desde la caída del régimen de Bashar al-Assad en diciembre de 2024, el nuevo gobierno ha intentado reafirmar el control sobre zonas estratégicas.
Pero los drusos no lo aceptan. No quieren que el ejército sirio regrese.
En su lugar han creado una especie de autonomía de facto.
Milicias locales controlan los accesos. Líderes religiosos negocian con quien toque.
Y en medio, la población civil resiste con el alma.
Israel, por su parte, ha intervenido militarmente bombardeando posiciones sirias con el argumento de “proteger a la comunidad drusa”.
Pero no es altruismo puro. Suwayda está justo en la frontera del Golán ocupado.
Y todo lo que debilite a Siria y le permita a Israel consolidar una zona tapón es bienvenido.
Lo complejo es que no todos los drusos quieren esa protección.
Algunos la ven como traición. Otros como supervivencia.
Y así se rompe una comunidad que sobrevivía por su cohesión.
Los drusos en Israel viven una paradoja.
Son ciudadanos. Hacen servicio militar obligatorio.
Visten uniforme. Mueren por el Estado.
Y sin embargo, en leyes como la de “Estado Nación Judío” de 2018, se les excluyó simbólicamente.
Israel se definió como Estado solo del pueblo judío.
Eso dolió.
Y dejó claro que la lealtad, para algunos, nunca será suficiente.
Pero ahora, con el fuego encendido en Siria, los drusos israelíes presionan al gobierno para no abandonar a sus hermanos.
Y Netanyahu responde no solo por cálculo militar sino por una deuda interna: la de sostener la narrativa de que Israel cuida a quienes le son leales, aunque sea a golpe de bomba.
En Líbano, los drusos miran con recelo. Tienen miedo de que Suwayda caiga y de que eso les obligue a elegir entre Hezbollah y el vacío.
En Jordania son demasiado pocos para tener peso, pero no son invisibles.
Y todo lo que quema cerca deja cenizas.
Irán observa. Hezbollah aguanta. Turquía juega por debajo, apoyando tribus sunitas sirias contra los drusos.
Y Estados Unidos hace malabares entre el discurso de “democracia regional” y su vieja costumbre de dejar a las minorías solas cuando más lo necesitan.
Entonces, los drusos siguen donde han estado siempre: en medio.
Siendo útiles y peligrosos a la vez.
Resistiendo sin ruido.
Eligiendo la supervivencia sobre el heroísmo.
Guardando secretos mientras otros gritan en nombre de la verdad.
Son un espejo de lo que fuimos antes de convertirnos en bando.
Cuando la lealtad se vuelve fuego,
no hay tierra firme ni refugio seguro.
Solo queda el paso de los que no traicionan ni obedecen del todo.
Los que no conquistan, pero tampoco se dejan borrar.
Y si algún día el mundo se incendia por completo,
tal vez ellos sean los únicos
que sepan caminar por las brasas sin quemarse la conciencia.
Oky Argüello


