El folclore panameño: cuando el corazón se viste de patria
Al grupo folclórico panameño en Washington, D.C. (GRUFOLPAWA) por mantener vivo el espíritu de Panamá.
Aida Albania Tristán Alvarado
Muchos piensan que el folclore es lo que se ve en los desfiles: polleras bordadas con esmero, el sombrero pinta’o, o grupos de danza bailando cumbia bajo el sol. Para quienes han nacido en Panamá, y más aún para los que han salido de ella, nuestro folclore es mucho más. Es la forma en la que el corazón recuerda quién es cuando está lejos de su tierra.
El folclore panameño no solo vive en vitrinas o en los días de fiesta. Vive en la casa de la abuela que plancha el faldón, el encaje, la camisilla con fécula mientras les cuenta a sus nietos cómo se bailaba en su pueblo. Vive en la madre que, aunque ya no esté en Panamá, guarda con amor los tembleques de su juventud y los saca cada año para vestir a su hija con orgullo. Vive en los padres que, en un salón prestado en alguna ciudad extranjera, ensayan una danza con sus hijos para que no se les olvide cómo se baila con alma y alegría.
En el extranjero, el folclore panameño se transforma en un acto de resistencia y de pertenencia. Cada vez que un panameño hace sonar un tambor en una ciudad donde nadie conoce el tamborito está diciendo sin palabras: “vengo de un lugar alegre, que canta y baila para vivir”. Cada vez que una joven se viste con una pollera en otro país está mostrando sino un pedazo de su historia. Cada vez que alguien enseña cómo se colocan los tembleques, cómo se usa una tapahueso, o cómo se inicia un verso de décima, está regalando identidad a una nueva generación.
En muchos encuentros folclóricos en el extranjero no solo se baila; también se enseña. Se explican los tipos de polleras, los ritmos del tambor y los pasos de la cumbia. Se aprende por qué un sombrero pinta‘o tiene siete vueltas y cómo se almidona una enagua para que vuele en el aire como si tuviera vida propia. Todo se hace por amor, pues el amor no olvida,
Cuando alguien pregunta qué es el folclore panameño es fácil mostrarle una foto de una bailadora con su traje típico regional o de gala. Pero si esa persona quiere entender lo que se siente hay que hablarle de la emoción de ver una bandera panameña ondeando fuera del país; el corazón se acelera al oír un tamborito después de meses de silencio; de la lagrima que se asoma al escuchar una saloma en una tierra extranjera. Eso no se aprende con teorías: se vive, se siente, se lleva.
Más que una costumbre, el folclore panameño es una manera de mantenerse de pie en medio de otros mundos. Es el recordatorio de que venimos de un país pequeño, pero con una cultura inmensa: un país de gente alegre, luchadora, creativa, que no necesita de grandes escenarios para brillar. Basta un patio, un tambor, un grupo de amigos, y ya hay fiesta. Ya hay Panamá.
En tierras lejanas, el folclore panameño se vuelve un abrazo entre compatriotas con la nostalgia de este pedacito de tierra. Lejos de Panamá, el folclore se convierte en más que tradición: se vuelve necesidad, compañía y hogar compartido. Los panameños en el extranjero lo saben bien. No importa si están en Estados Unidos, en Europa o en cualquier lugar: siempre llega el momento en que el alma torna a la melancolía. Y cuando se extraña, se busca; y cuando se busca, se encuentra a Panamá en su cultura que nos dio forma.
Así, sin grandes recursos y con mucha voluntad, nacen los grupos folclóricos en la diáspora: en un salón prestado, un garaje, una iglesia o en un centro comunitario. Allí comienzan a reunirse aquellos embargados por el anhelo que mantiene viva la esencia panameña. Ahí renace la patria. Uno lleva un tambor, otra una pollera, otro enseña los pasos. Y los más bonito: nadie llega sabiendo todo, pero todos llegan con el deseo de compartir.
Cada ensayo se convierte en espacio para reír, aprender y revivir lo que nos une. Se corrigen pasos, se acomodan los trajes, se enseña como colocar los tembleques y se repiten los mismos versos del tamborito que oían de niños. A veces se organizan talleres para mostrar cómo planchar y enjaretar una pollera, cómo trenzar una cinta, y cómo preparar un arroz con leche y coco al estilo de la abuela. Las madres enseñan a las hijas, los amigos mayores cuentan historias, los jóvenes observan y escuchan. Ahí no hay solo folclore: hay familia, hay Panamá.
Lejos del suelo materno, los encuentros entre panameños son más que presentaciones: son celebraciones completas donde con alegría se comparte lo que somos. Tales encuentros se organizan con al menos un año de antelación. Se invita a grupos desde Panamá y de distintos estados; se vive cada actividad con el corazón en la mano; hay concursos de vestuarios, talleres de historia del folclore, bailes típicos, muestra de la gastronomía y, sobre todo, momentos para abrazarnos con orgullo sin importar en qué parte del mundo estamos.
Para los que nacieron fuera, estos encuentros son la puerta de entrada en su identidad. Para los que llegaron desde nuestro terruño buscando nuevos horizontes son la manera de no olvidar de dónde vienen. Para todos, son una afirmación poderosa: Panamá no es solo donde nacimos, es donde la vivimos, donde la recordamos y donde la compartimos.
Sin darnos cuenta el folclore panameño se transforma en semilla que florece donde menos se espera: en un desfile en Nueva York, en una escuela en Texas, en un festival hispano en Madrid o en una sala pequeña donde un niño se prueba por primera vez una camisilla. Allí, justo allí, Panamá vuelve a nacer.


