El «machadazo» y sus lecciones para los políticos dependientes
Autoengaño
Allá en mi pueblo, a los diversos trucos con los que los tramposos despluman a ancianos, ingenuos, ambiciosos y otros, se les da el nombre de la manera o el objeto con el que se hizo el truco añadiéndole el sufijo «azo». Así, tenemos el «checazo», fraude hecho con un falso cheque; el «loteriazo», con un billete de lotería aparentemente premiado; y el «cambiazo», cuando te roban al cambiar moneda extranjera. Hay muchos otros trucos, pero esta muestra es suficiente como ejemplo.
Siguiendo esa lógica apelativa, lo que el tramposo de la Casa Blanca le hizo a la oposición venezolana a inicios de este año bien podríamos llamarlo el «madurazo», o como yo prefiero llamarlo: el «machadazo». En este truco, la oposición venezolana y otras oposiciones en el exilio esperaban que el gobierno estadounidense —que de aquí en adelante llamaré «el yanqui»— quitara el poder a Maduro y lo entregara a la oposición, representada por María Corina Machado, gracias a su incansable labor en contra de Maduro dentro de Venezuela misma y recipiente, apenas unos días antes, del Premio Nobel de la Paz. La señora tiene excelentes credenciales por lo que la sorpresa de los mencionados fue enorme cuando el yanqui fue y quitó a Maduro, pero dejó en pie, incólume, el gobierno madurista y entregó el bastón de mando a la vicepresidenta; y allá fue el llanto y el crujir de dientes de aquellos que se soñaban entrando victoriosos a Caracas, como suelen entrar los de su especie —¿recuerdan a los nuestros en 1990?—, vestidos de guayaberas blancas ellos y luciendo ellas los encendidos colores de la bandera patria.
En honor a la honradez, en su profunda ingenuidad, en la que sus deseos se confundían con la realidad, en el truco cayeron ellos mismos, solitos, sin que el experto vendedor de mentiras hiciera esfuerzo alguno. El yanqui no dijo nunca que haría eso que ellos soñaban, pero ellos dejaron su imaginación volar y esta voló lejos y vieron cosas que no existían. Como adolescentes enamorados —a todos ¿o solo a mí? nos pasó alguna vez— interpretaron erróneamente los gestos en el rostro de la amada y esta en realidad tenía a otro en su corazón y otras ideas en su mente.
La verdad es que se engañaron porque quisieron, por torpes, por no estudiar la historia, pues lo que el yanqui hizo esta vez —dar un golpe de estado a un gobernante para poner una que le obedezca— no es una ruptura en la continuidad de su comportamiento. Hizo lo mismo que ha estado haciendo en Latinoamérica desde el siglo XIX, y en otras partes del mundo desde hace muchas décadas. Tenían que haber sabido que al yanqui no le molestan para nada las dictaduras, siempre y cuando ellas estén a su servicio. Ya lo dijo Roosevelt una vez, refiriéndose al primero de la dinastía que por más de cuarenta años se enquistó en Nicaragua: «Somoza may be a son of a bitch, but he’s our son of a bitch». Parecen no entender al yanqui, aunque este se exprese claramente. Parecen no entender que no importa cómo se llame el presidente o cuál sea el partido al que pertenece, el yanqui siempre es el yanqui.
De lo ocurrido en Venezuela pueden sacarse muchas lecciones, pero me temo que otra vez no aprenderán nada nuestros políticos, que no cambiarán sus actitudes, que seguirán arrimados al yanqui, como lo ha hecho siempre esa clase de políticos a la que pertenecen.
En Nicaragua, el yanqui no tiene prisa
La ignorancia, la estupidez, la ingenuidad, o una mezcla de estas y otras taras, junto con desvergüenza y falta de dignidad, parece estar extendida por toda la politiquería latinoamericana que depende del yanqui. Los políticos nicaragüenses dependientes, por ejemplo, que sueñan conque el yanqui quite a Ortega para ponerlos a ellos, no entienden, por más que es absolutamente evidente, que Ortega se mantiene en el poder porque el yanqui así lo quiere. Si no lo quisiera no estarían los Ormu donde ahora están. Si nuestros politicastros lo entendieran no andarían gravitando como moscas alrededor de los funcionarios del Departamento de Estado estadounidense tratando de convencerles de que es hora de que la espada de Damocles caiga sobre el dictador y su mujer.
Para tratar de que lo entiendan los ilusos lo escribo aquí de muy simple manera: el yanqui bajará el pulgar para mandar a los leones a los enclenques dictadores solo cuando sea de su conveniencia, y su conveniencia no tiene nada que ver con la conveniencia de nuestra gente o la de los políticos arrimados.
Quienes soñaban que después de la de Maduro la dictadura de Ortega caería como cae una ficha de dominó se quedaron, como dicen en mi pueblo «colgados de las brochas».
¿Y si el yanqui no te escoge?
Para desgracia nuestra son muchos los políticos en el exilio que quieren comer camarones sin mojarse el fundillo y se sueñan presidentes, y ahí van construyéndose un liderazgo aparente, edificado sobre arena, y esperan, compitiendo entre sí, al día soñado en que el Tio Sam saque a Ortega del poder y les apunte con su dedo y les diga «I want you». Algunos, que no son de alcurnia, como Maradiaga, se dedican a hacer carrera en Estados Unidos y más allá, tratando de arrimarse a los poderosos por todas partes del mundo, tratando de convencer a funcionarios del yanqui y de otros gobiernos, de que él es «el hombre», el líder máximo, que está dispuesto a sacrificarse por su pueblo y asumir el mando cuando se llegue la hora. Otros, como un Somoza que anda por ahí, y varios de los Chamorro, piensan que sus apellidos les hacen herederos del trono y esperan tranquilos a que se llegue el momento de reclamar para sí lo que piensan les pertenece.
Entre todos los que se sueñan presidentes no hay ni un solo líder real, sus liderazgos son ficticios y no hacen nada para convertirse en líderes de verdad, por el contrario, en un momento que podrían aprovechar para asumir su liderazgo y defender a los suyos, adoptan más bien actitudes repugnantes, como quedarse callados o apoyar abiertamente la horrible cacería de latinos y otros de piel oscura que el régimen fascista de Trump lleva a cabo. De esa manera desaprovechan la oportunidad y se ganan el repudio de sus connacionales, para en su lugar congraciarse con el yanqui, que como hemos visto no agradece y los usará como papel higiénico cuando le venga a bien.
No tengo nada contra nadie que quiera ser presidente, es una aspiración genuina, y si tuviésemos democracia con gusto ayudaría —sin esperar nada a cambio— a alguno o alguna que quisiese serlo y estuviese en la disposición de hacer lo que se requiere para convertirse en líder y trabajar duramente para ganarse los corazones y las mentes de nuestra gente y entrar luego a la presidencia por la puerta grande, sobre los hombros del pueblo; en lugar de hacerlo por la puerta trasera y protegido por las cañas huecas, como hacen los ungidos del yanqui. Si tuviésemos democracia sería válido pensar ahora en presidencias, pero este no es momento de pensarlo, cuando la democracia está tan lejos. Ahora es momento de arrancar de las carnes de la patria el horrible tumor que la agobia y la mata.
Pensar en presidencias en estos momentos en que hay en Nicaragua una dictadura cuya existencia al yanqui parece complacer es absurdo, y más absurdo aún es seguir con la estrategia que siguen los arrimados. Lo ocurrido en Venezuela debería poner a pensar a nuestros políticos en una estrategia diferente. El camino que pasa por el Departamento de Estado estadounidense no parece ser muy seguro para sus ambiciones. Hasta ahora cada uno de ellos jugaba al juego de presentarse como la María Corina nicaragüense, pero ya ven, eso no sirve de nada.
A cada uno de nuestros políticos arrimados le digo: hasta ahora pusiste todos tus huevos en la canasta del yanqui, pero deberías hacerte estas preguntas: ¿qué harás si se rompen?, ¿que harás si el yanqui no te escoge? Es claro que tenés que seguir otro camino si querés evitar esa eventualidad. A lo mejor te conviene separarte del yanqui, reconocer que no sos el líder que fingís ser, que tu popularidad no es cierta, que en realidad ni en el barrio en que naciste te conocen ya, que te engañás a vos mismo y los que te rodean te mienten, que las encuestas que alguna vez encargaste las pagaste vos mismo y mienten a tu favor. Si querés ser ese que pensás que sos, tendrás que empezar de nuevo y tratar de convertirte en líder por el camino correcto, por ese camino que transitan los líderes verdaderos, que por supuesto, no es fácil, que requiere de mucho sacrificio y mucho trabajo.


