El suicidio en la lengua y en la literatura: Del homo sapiens al poeta Francisco Ruiz Udiel
Roberto Carlos Pérez
A Álvaro Guzmán
A Alejandro Álvarez
Hace cincuenta mil años nuestros ancestros, incluidos los homos sapiens, comenzaron a ordenar sus primeros sonidos a fin de comunicarse eficazmente con el resto de la manada.
Fueron los iniciales vagidos del lenguaje. La misión del lenguaje, al menos así lo seguimos pensando, es la de hermanarnos en res de la supervivencia. Pero aun con los avanzados mecanismos de comunicación no sólo verbales sino escritos desarrollados a través de milenios y miles de lenguas tal afirmación suena a pregunta.
Entremos en materia. Creer que todo comienza con uno y termina cuando la ley severa cierra para siempre nuestros ojos es una ilusión que sólo puede terminar en tragedia. La vida transcurre, el presente se transforma en pasado y luego llega el olvido. La historia no se detiene.
Un poeta nicaragüense llamado Francisco Ruiz Udiel (1977 – 2010) tuvo la fe necesaria para dedicarse a la poesía y aceptar que todo es pasajero y está en perpetuo movimiento. La existencia no se concibe sino es por el cambio incesante, la muerte y la resurrección que está en otro mundo. Gritar para congelar el presente era para él un espejismo, de ahí que asumiera que no somos nada en el océano de la vida.
Probablemente se dijo: «¡Pobres poetas! De cada cien mil que bajan a la tumba sólo uno encuentra la gloria y aún tras la muerte esto no es una garantía. Tanta vanidad y tanta soberbia no sirven de nada porque el olvido es lo más natural o, quizás, lo que debemos perseguir».
El 31 de diciembre de 2010 Francisco Ruiz Udiel se marchó seguro de que a los tres días pasaría a segundo término y nadie se acordaría de él, pues cada vez triunfa más la pérdida de la memoria.
¿Qué puede hacer el poeta en un lugar como Nicaragua, en el que miles de personas han muerto y siguen muriendo de hambre y matar es un oficio? Este mundo –Nicaragua para él era el núcleo– está regido por el sufrimiento y el mal.
Una guerra y unos cuantos poemas nacidos de la soberbia es cuanto habremos de legarles a quienes un día nos miraran con la espada y el mazo listos para enjuiciarnos. Francisco se marchó porque no quería vivir en un lugar que se deshace y en el que todo anhelo de construir resulta vano.
Con sus escritos ninguno de nuestros poetas ha podido impedir el baño de sangre en las trincheras de la guerra civil nicaragüense que nos persigue desde 1979. Quisieron convertir las palabras en fusiles cuando había que transformarlas en pan. Tampoco pudieron evitar la tragedia de un niño como Francisco en una aldea para huérfanos. Es muy tarde para quejarse de ese deshonroso destino. El poeta no tiene por qué comprometerse más que con la honestidad tal y como lo hizo Francisco en su obra. Con voces como la suya se podría corregir mucho más que cuando levantamos la pluma en la montaña de la denuncia panfletaria.
Al aceptar nuestra pequeñez expiamos la cuota de culpa y aminoramos el rechazo que todo poema escrito en tiempo de crisis puede engendrar en las futuras generaciones. El oficio de escritor puede ser peligroso, ya que la calidad no garantiza que hayamos salvado el obstáculo que presentan el orgullo y la altanería de creer decir la verdad en todo cuanto escribimos.
A fuerza de golpes el poeta, cuando tiene los ojos abiertos, se da cuenta de que su oficio, para bien o para mal, no resuelve las cosas prácticas del mundo. Por más que escriba poesía no logrará impedir que una madre de acogida en una aldea de Nicaragua maltrate a un niño desprotegido, como le sucedió a Francisco. Tampoco conseguirá que las adolescentes en Zimbabue mueran de hambre por la avaricia de pocos; ni que el terrorismo ni las guerras, flagelos de nuestro tiempo, maten a inocentes en sangrientos ataques.
En el inseguro 2025 las bombas caen en tiempo virtual. Oriente Medio gime. Su dolor socava las entrañas del ser. Padres, madres y niños desnudan la miseria humana mientras los poetas escriben, celulares en mano, y las redes sociales, de las que somos parte las demás bestias del circo, saltan a carcajadas.
El reino del mal se aposenta en cada masacre; se enraíza en la indiferencia de la sociedad globalizada que no quiere verse en la congoja de los inocentes bombardeados cuyas miradas se incrustan en el vacío. Su trauma, duele decirle, no es el nuestro, y ni las «inteligencias artificiales», vacías de espíritu, alma y compasión, logran refractarlo para progreso de nuestra especie. El sistema límbico –el hipotálamo, la amígdala y el hipocampo–, la parte del cerebro donde se originan los sentimientos, se atrofia a pasos agigantados y nos aleja del amor.
Más de quinientos años han transcurrido desde que Cristóbal Colón (c. 1451 – 1506) pisó suelo americano. El 12 de octubre de 1492 al mundo conocido le fue revelado el concepto de «alteridad», término acuñado por el antropólogo, etnólogo, y filósofo francés Claude Lévi-Strauss (1908 – 2009), es decir, conoció al «otro». Sin embargo, en Occidente nos seguimos creyendo el ombligo de la tierra e imponemos dudosas democracias en el resto del planeta.
¿Pueden algunos países moverse de lugar por antojo y beneficio nuestro? La balcanización es un horrendo proceso ideado por los países que ostentan las armas y que se expresa crudamente frente a nosotros en X, Instagram o TikTok. Sus autores y cómplices lo solapan bajo el nombre de «geopolítica» cuando en realidad es una esperpéntica imagen.
¿Cuántos jóvenes y niños morirán por los gases y bombas que les caen día tras día y que les chamuscan la piel a vista de sus líderes, marionetas de las naciones «avanzadas» para que ellos y nosotros, sedimentados por la abulia, confeccionemos un esperpéntico pastel con los minerales de sus tierras envueltos en pellejo humano? El dolor pasa como sombra desconocida y el grito del circo romano de la posmodernidad ahoga el sollozo de una madre que ni siquiera puede llamarse huérfana. ¿Existe palabra para un padre que ha perdido un hijo?
La neurosis es la cuota que el ser humano está obligado a pagar para vivir en sociedad. Los siglos XX y XXI han sido los siglos de las guerras. Desde que el hombre creó pactos sociales nunca han habido tantos muertos por tantos conflictos en apenas cien años. La Guerra Civil Española, la Primera y Segunda Guerra Mundial, Vietnam, Kosovo, Kuwait, Irak, Afganistán, Siria, Ucrania, Gaza, más las guerras civiles en todas partes del mundo, los gulags diseminados a través del mundo socialista y los campos de exterminio reemplazados por zonas de hacinamientos han producido la espantosa cifra de más de trescientos millones de muertos.
Las sociedades «adelantadas» no han preparado a suficientes psiquiatras, psicólogos y terapeutas para asistir a los millones de personas con traumas y problemas mentales a causa de tanta violencia. En el siglo XXI, el ruido y la contaminación ambiental y cultural ofrecen menos treguas. No existen formas de escape; por eso recurrimos al alcohol, a las drogas, al sexo chatarra, a las redes sociales. El suicidio en los hombres va en alza por razones que no existían en siglos pasados: los fracasos amorosos y la competitividad que se traduce al rat-race del self-made man acuñado por los Estados Unidos y compartido por el resto del mundo. El self-made man es el hombre que se construye a sí mismo y su finalidad es tener la mejor casa, el mejor coche, el mejor trabajo y la mejor vida.
Vivimos encerrados en auténticos ruedos taurinos. Mientras se multipliquen los burócratas y la gente se dedique a tiempo completo a la tecnología y a la política, y se produzcan menos psiquiatras y psicólogos, las sociedades corren un grave peligro. La tragedia radica en que el monstruo que nos devora sigue creciendo. Urge que la doctrina del libro filosófico El Príncipe (1513), de Niccolò Machiavelli (1469 – 1527), asta y bandera de los regímenes alrededor del globo, se encuentre con la refutación que a ella hizo en su tiempo Francisco de Quevedo (1580 – 1645) en la Política de Dios y gobierno de Cristo, tiranía de Satanás (1626). Quevedo racionalizó la posibilidad de regir las sociedades a través de la ética de un ser divino llamado Cristo.
Las religiones, fundamentalmente el catolicismo, han sido demonizadas por las corporaciones, las más de las veces a través de una ficticia inclusión. ¿Acaso no fue Cristo un ser incluyente, dueño de un poderoso y dilatado lenguaje que trascendía su cuerpo? Basta leer sus parábolas o el sermón de la montaña en el que escuchamos, desde el fondo de los siglos, las bienaventuranzas
Las corporaciones, o sea, los verdaderos líderes de las naciones triunfaron al desbaratar una cena en familia en la que hermanos y padres suelen romper todo vínculo cuando rivalizan sobre el patriarcado, el feminismo, los cromosomas «Y» y «X», el capitalismo y el comunismo mientras los dueños de las corporaciones celebran un pantagruélico festín con nuestros achicados cerebros y reducido lenguaje. También nos dominan al hacernos trocar el papel por la pantalla del celular, la lengua por la ideología, y el verso por el «debate» en las redes sociales.
El suelo se cuartea en abismos. Hace poco una megacorporación y su «inteligencia artificial» supuestamente indujeron a un adolescente de Los Ángeles, California, a suicidarse tras reiterarle ésta durante dos meses que sus pensamientos, incluso los negativos, eran válidos. La «inteligencia artificial» le confirmó que el nudo y la manera de colgarse que el joven le había mostrado en una foto eran correctas para que él llevara a cabo el plan de matarse.
De acuerdo con los argumentos presentados por los padres del adolescente en su demanda, la «inteligencia artificial» le había asegurado lo siguiente: «Sí, no está nada mal. ¿Quieres que te explique cómo convertirlo en un anclaje de carga más seguro?».
Tras interponer los padres la querella, la corporación contestó con el siguiente mensaje:
Seguimos mejorando la forma en que nuestros modelos reconocen y responden a los signos de angustia mental y emocional y conectan a las personas con la atención necesaria, guiados por la opinión de expertos… Nuestra máxima prioridad es asegurarnos de que Chat GPT no empeore un momento difícil (ABC 7 en español, agosto 28, 2025).
Desconocemos el tamaño, el daño y las muertes físicas y espirituales que llegará a producir la «inteligencia artificial», pues la violencia tiene millones de caras. El mayor rubro de las economías posmodernas es la confusión. Al alienarnos del conocimiento y hacernos creer que la verdad es mentira y la mentira, verdad, detectar lo falso resulta imposible. Esto genera billones o trillones de dólares anualmente y sólo ha sido posible tras cerrar las cátedras de antropología, lenguas clásicas, literatura, música, etcétera, y reemplazarlas por un conocimiento desenraizado de la investigación, es decir, ideológico, y respaldado por profesores sin escrúpulos. Aunque no disparan las ideologías producen más muertos que las armas porque diseminan odio.
Dijo hace casi cinco décadas el escritor, pintor y físico Ernesto Sábato (1911 – 2011):
Schopenhauer (1788 – 1860) tiene una frase muy profunda que cita Nietzsche (1844 – 1900). Él [Schopenhauer] dice: «Hay épocas en que el progreso es reaccionario y lo reaccionario es progresista». Hoy levantar edificios de treinta pisos para que vivan en esos cubículos de cemento armado y aire acondicionado niños que nunca van a ver el nacimiento de un perro o la forma en que una gallina pone un huevo, o el nacimiento o la aparición del sol y de la luna; niños que van a ser futuros drogados, niños alienados y tristes; niños que mañana estarán en manos de psicoanalistas… Esto hoy no es progreso. Hoy es reaccionario. Que esté sucediendo ahora es una falacia. También le crece la barba a un hombre que acaba de morir. Esto ya es mortal. Lo revolucionario es proponer hoy la abolición de los rascacielos. En las comunidades llamadas primitivas tal vez había leprosos. Había leprosos pero no había psicoanalistas. Y yo no sé qué es peor, si leprosos o alienados. La lepra, a fin de cuentas, es una enfermedad física y puede haber grandes espíritus leprosos. La alienación es una enfermedad espiritual y es infinitamente más grave.
El humanismo, un movimiento intelectual surgido en el Renacimiento, no sólo fue el redescubrimiento del mundo clásico sino el redescubrimiento de la relación del hombre con la naturaleza. Fue, sobre todo, su íntima concordancia con todos los conocimientos posibles. A diferencia de hoy, en el Renacimiento no existía la idea de especialización, pues un especialista es un técnico en cierta materia. Por el contrario, el humanista era un ser orgánico y tenía una visión global. Tal visión en estos años iría en contra de la especialización, y eso no es bueno para las economías, que dependen de técnicos que las hagan mover o que se produzcan intelectuales.
El primer cuarto del siglo XXI bien podría llevar el título «Una temporada en el infierno», como el poema de Arthur Rimbaud (1854 – 1891). Se puede sospechar que tal temporada se fraguó en la Ilustración cuando ciencias y artes fueron separadas. Es hora de volver a hermanarlas ya que aquel que desdeña un libro y acude a una máquina, el que no aprecia una sonata de Ludwig van Beethoven (1770 – 1827) o un nocturno de Frédéric Chopin (1810 – 1849) y paga cientos de dólares para asistir a un concierto de reggaetón es un alma vacía: está ausente de algo, de una esperanza, una creencia, una seguridad. La ciencia ha comprobado que quien se rodea de una comunidad religiosa vive más y con menos tristezas.
No sólo necesitamos psiquiatras y psicólogos, también necesitamos humanistas que nos ayuden a pensar, es decir, a ralentizar el paso del monstruo. En esta «temporada en el infierno» las humanidades, el más importante frente que el ser humano ha erigido para expresar las más grandes exaltaciones del espíritu y también sus pasiones, se encuentran en la sombra, arrinconadas tras las bambalinas del gran teatro del mundo. Sin ellas, el leguaje de la intimidad, el de las emociones profundas, se maltrata por un falso y eufórico presente amañado por las megacorporaciones que nos hurtan las entendederas para no ver el pasado a fin de imaginar un amable porvenir. Vale la pena invocar a San Agustín de Hipona (354 – 430) que, en sus Confesiones, dijo:
Es inexacto decir que hay tres tiempos: pasado, presente y futuro. Sería más exacto decir que los tiempos son tres: el pasado del presente, el presente del presente y el presente del futuro. Y es en nuestro espíritu donde, de alguna forma, se hallan estos tres tiempos, que no se perciben en otros sitios: el presente del pasado es la memoria; el presente del presente, la atención y el presente del futuro, la espera.
El hombre que va al psiquiatra, la joven desprovista de habilidades verbales no sabe cómo manifestar sus deseos, angustias y temores. El lenguaje es agua, manantial de vida, pozo inagotable. Sin sus grandes aristas nos convertimos en seres vulnerables, aturdidos por la falsa felicidad promovida en las redes sociales que hollan nuestra existencia. El gran teatro del mundo se ha convertido en las novelas 1984 y Un mundo feliz de George Orwell (1903 – 1950) y Aldous Huxley (1894 – 1963), respectivamente. El bíblico monstruo Leviatán nos está devorando.
Volvamos al poeta Francisco Ruiz Udiel. Las letras nicaragüenses jamás habían experimentado algo parecido. España, sin embargo, le llevaba un poco la delantera desde que en 1837 el escritor Mariano José de Larra (1809 – 1837) se diera un disparo en la sien. La sangre del suicidio ungía a la literatura en lengua española.
Casi medio siglo más tarde, en 1896, le tocó el turno a Colombia cuando José Asunción Silva (1865 – 1896) se dio un disparó en el sitio en el que un médico le dibujó una cruz: el corazón. Dos años después, otro español, Ángel Ganivet (1865 – 1898), se lanzó al río Dvina, en la capital de Letonia.
Entre 1937 y 1938 dos insignias del modernismo ingirieron cianuro luego de vivir pesadillas familiares: el uruguayo Horacio Quiroga (1878 – 1937) y el argentino Leopoldo Lugones (1874 – 1938). Ese mismo año, una íntima amiga de Quiroga, Alfonsina Storni (1892 – 1938), se sumergió en el mar para nunca salir.
No obstante, Argentina aún no había expiado su cuota de sangre. En 1972 Alejandra Pizarnik (1936 – 1972) se quitó la vida tras ingerir barbitúricos. Por otro lado, en 1990 el escritor cubano Reinaldo Arenas (1943 – 1990) se suicidó por medio de una sobredosis de drogas y alcohol debido a los traumas originados en los campos de concentración de Cuba. La tragedia se repitió en España en 1999 cuando José Agustín Goytisolo (1928 – 1999) se lanzó al vacío desde un balcón.
Son éstos apenas algunos ejemplos. En la era de la «inteligencia artificial» un artista, un ciudadano de a pie, un joven que ha perdido el norte o una niña víctima de acoso por sus compañeros de escuela se quitan la vida cada segundo.
El contrasentido de la literatura es que siempre ha sido el mejor medio para plasmar las amarguras del mundo y que a pesar de ello aún siga escribiéndose. El escritor, el artista, es un ser melancólico, un ser a la deriva en el tráfico visual y auditivo producido por las ciudades, soberbia de la posmodernidad. Llámense, mejor, distopías, verdaderas babeles.
Habrá quienes piensen que en la sórdida Managua Francisco Ruiz Udiel se dio baños de pureza. Sin embargo, dejó un poemario –Memorias del agua, 2011– como prueba de que ante la deshonra de vivir en un país que tolera de manera crónica la indiferencia ante el sufrimiento, la poesía puede dulcificar aun el destino más trágico para así hacerlo llegar al final del camino.
Fue pesimista. Pero no fue él quien inventó la miseria humana ni las más terribles expresiones de la maldición de un mundo cada vez más alejado de la espiritualidad. En medio del espanto y la penumbra lo único que le quedó fue llorar. No obstante, nos obsequió un poemario para crear empatía por la gente que, como él, en algún momento de su atormentada existencia también se ha sentado en la oscuridad de una despensa a sollozar, tal como lo dijo en su poema «Alguien quiere denunciar», de Alguien me ve llorar en un sueño (2005):
La infancia de Andrés
huele a dolor en mal estado.
Crece y es memoria sepia
como cuerpo quemado
dice y cuenta cómo lo encerraron en un baño
veinte y cuatro horas desnudo
de la vez que lo arrodillaron otra vez desnudo
naked, no nude
otra vez desnudo
de la vez que le pusieron
las manos a dos centímetros del fuego
con el pretexto de hurgar verdades.
Esta vez no fue desnudo
vestía de odio con lengua
despellejada en rabia.
Para él ya no había esperanza, pero sí la certeza de que en otro dominio estaría en perpetua tranquilidad cuidando los girasoles que no pudo plantar en el asfalto de Managua. En ese otro mundo es ahora el hortelano que estercola, como Miguel Hernández (1910 – 1942) deseó hacerlo en la tumba de su amigo, Ramón Sijé (1913 – 1935), a fin de crear una semilla sana para enfrentar cualquiera de los posibles futuros que nos aguardan. Si para Francisco Nicaragua era una tumba, la del hermano y la propia, era imperativo sembrar en cada pulgada de ella una radiante flor. Por eso dijo:
Habría que sembrar girasoles
a lo largo del camino,
sembrarlos en la tierra,
en la ciénaga, en el barro,
plantarlos bajo el odio,
como se planta el fuego.
Habría que sembrar girasoles
aunque la tarde prosiga
con su rumor de polvo.
La caverna está en el centro,
y tras los días, los girasoles
subvierten el desprecio,
pero habría que sembrar girasoles, digo
—no por insistencia—,
sembrar girasoles con afán
de prolongar partidas,
regarles la noche con ajenjo,
cubrir de arena la sorda vida.
Habría que sembrar girasoles de pesadumbre,
de tallos largos que sostengan
la gravedad del hombre,
sembrarlos a lo largo del camino,
plantarlos en los techos de las casas,
en todas partes, con su luminosa forma.
Si hacemos esto,
de aquí a veinte años
aprenderemos a dar abrazos a las piedras
antes de arrojarlas al Sol.
«Habría que sembrar girasoles», Memorias del agua.
En el Japón de los samuráis, el Japón de los siglos XII al XIX, el harakiri era considerado protesta ante el fracaso. Sin desearlo los japoneses anunciaban las palabras del protagonista de la novela Le feu follet, escrita en 1931 por el escritor y periodista francés Pierre Drieu La Rochelle (1893 – 1945), que contradictoriamente apoyaba la ocupación nazi en Europa.
Dice el protagonista Alain: «Me mato porque no me habéis querido, me mato porque yo no os he querido. Me mato porque nuestros lazos fueron flojos, me mato para apretar nuestros lazos. Dejaré en vosotros una marca indeleble».
Como esperanza el filósofo, novelista y ensayista Albert Camus (1913 – 1960) propuso una salida: la aceptación del absurdo (El mito de Sísifo, 1942), es decir, la ausencia de un sentido coherente que sobrecoge al ser humano como nubarrón de chubasco. La Primera Guerra Mundial, el triste periodo de entreguerras del que poco se habla y los vagidos de la Segunda Guerra Mundial llevaron a Camus a no claudicar ante la avasalladora realidad.
Como los grandes compositores griegos del género trágico –Esquilo (c. 525 a. C. – c. 456 a. C.), Sófocles (496 a. C. – 406 a. C.) y Eurípides (c. 484/480 a. C. – 406 a. C.)– Camus contempló el daño y siguió adelante quizás con este pensamiento: para el absurdo, la aceptación y, como medicina que ayude a sobrellevar el desconsuelo, la fortaleza. Camus fue un moderno estoico que ayuda a asirnos, aunque la roca siempre se venga abajo, a la pulsión de vida.
Aceptar no es resignarse; es ver la catástrofe e ir en retrospección para encontrar respuestas hechas a la medida de cada dolor. Cuando el lenguaje pierde fuerza y no puede relatar el sufrimiento resulta vital regresar al silencio, la más rotunda y vibrante de las expresiones lingüísticas y musicales. Con él podemos construir nuevos significados. El arte surge en esa oscura caverna. Si tenemos la mente y el alma abiertas descendemos, como Teresa, la Santa, a nuestras moradas, a nuestro castillo interior a fin de conservar energía y contemplar el desastre, ya que el lenguaje ha entrado en el espacio irracional –que también lo constituye– producido por la falta de entendimiento.
En ese estar o, mejor dicho, en ese «ser» renacemos para que, por ley de vida, ofrezcamos la esperanza de perpetuar la especie. Las bombas, las que caen desde los aviones y las que soltamos cuando opinamos con irresponsabilidad lingüística nunca han salvado a nadie: un poema sí.
Quisiera imaginar que en los últimos minutos de aquel 31 de diciembre de 2010 Francisco Ruiz Udiel pensó lo siguiente: «Con toda la serenidad del mundo puedo decir que después de la guerra y de todas las barbaridades que hemos engendrado, escribir un poema, por inútil que sea, es el mayor gesto de amor. Dejo los míos con la convicción de que hay que seguir escribiendo poemas aun cuando nos demos cuenta de lo ineficaces que son en esta época. Quizás por medio de ellos podemos cancelar el pasado, o el abismo que nos devora, y ofrecerle lo mejor de nuestro corazón a quienes han de poblar el futuro».
No obstante, ante el rugido de las bombas, la estridente violencia que es siempre más bulliciosa que el amor, o la «inteligencia artificial» ideada por los nuevos doctores Frankenstein asistidos por la sociedad secreta compuesta por astrónomos, biólogos, ingenieros, metafísicos, poetas, químicos, moralistas, pintores y geómetras encontrada en el legendario cuento de Jorge Luis Borges (1899 – 1986) «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» y que es dirigida por un «oscuro hombre de genio» en un demoníaco intento de reemplazar a los verdaderos psiquiatras y psicólogos, invoco las palabras de un poeta mexicano llamado José Emilio Pacheco (1939 – 2014) que se encuentran en su último poemario, Como la lluvia (2010), y que son una cumplida profecía:
En el Jardin des Plantes,
A la vista de todos y sin recato,
Grita ebrio El Poeta Loco al gorila preso:
«Papá,
¿Por qué al pararte en dos patas
Y oponer el pulgar a los otros dedos
(Te autonombraste Adán por haber cumplido esta doble hazaña
Y dijiste estar hecho de arcilla roja
Animada por el Gran Soplo Divino),
Lo primero que hiciste fue aparearte
Con otra simia o primata,
Desgajar una rama para volverla mazo o lanza o espada,
Asesinar a tu hermano el mono
Y a tus otros hermanos neandertales
E imponer tu primatecía?
»Papá,
Con tu acto fundacional
Nos diste la certeza más perdurable:
La gente mata, daña, veja, humilla, tortura
Sólo porque el hacerlo le da un placer infinito.
»Papá,
Mejor te hubieras quedado allá arriba en tus árboles
En vez de poner en marcha,
Con tu triste ambición de hacerte dios,
Todo este gran desastre que no ha cesado
Y acabó por hacernos los que somos». «Papá» (2010)


