Estamos en guerra, pero nadie quiere nombrarlo
Durante siglos, la palabra guerra tuvo un significado claro. Ejércitos, fronteras, declaraciones, batallas. Sabíamos cuándo empezaba y, al menos en teoría, cuándo terminaba.
Eso ya no existe.
Hoy estamos en guerra, pero sin uniformes, sin comunicados oficiales y, sobre todo, sin admitirlo. Y cuando una sociedad no nombra lo que vive, queda indefensa frente a ello.
Antes de redefinir la guerra, hay cinco hechos incómodos que conviene aceptar:
1. La guerra ya no necesita ser declarada para existir.
2. No se libra en un solo frente, sino en muchos a la vez.
3. No siempre busca destruir, sino administrar, controlar y extraer.
4. Puede presentarse como legal, necesaria o incluso humanitaria, sin serlo.
5. Puede negarse permanentemente mientras se ejecuta.
Definición operativa:
La guerra hoy es un proceso sostenido de imposición de control sobre sistemas humanos, económicos, territoriales y simbólicos, mediante medios legales, ilegales y deliberadamente ambiguos, sin declaración formal y con negación constante de responsabilidad.
El 3 de enero de 2026 marcó un punto de no retorno. No solo por lo ocurrido en Venezuela, sino por el precedente que deja: si tengo el poder, puedo hacerlo.
Esto no va solo de geopolítica. Va de psicología del poder. Las decisiones las toman personas, no abstracciones. Y cuando el ego, el narcisismo y la necesidad de dominación sustituyen a la responsabilidad, las civilizaciones pagan el precio.
Nombrar la guerra no es alarmismo. Es el primer acto de defensa.


