La apología del imperialismo: el camino fariseo de los falsos demócratas
Advertencia democrática
El Sr. Marco Aurelio Peña, nicaragüense, ha publicado un artículo titulado «La arrogancia de la indolencia», cuyo mérito, si es que alguno tiene, consiste en resumir la defensa de la intervención militar y política de Estados Unidos, la cual presenta como un acto liberador, humanista y necesario para el restablecimiento de la democracia en Venezuela.
Sin embargo, su texto revela una postura profundamente antidemocrática, alineada con los intereses más extremistas de la ultraderecha internacional, carente de análisis secuencial y presa de una reacción visceral que ignora tanto las consecuencias inmediatas como las de largo plazo de las acciones que defiende.
Nuestra crítica se estructura en torno a siete ejes: (1) los presupuestos ideológicos del autor, (2) la legitimidad y legalidad de la intervención, (3) la viabilidad real de una transición democrática bajo ocupación o tutela imperial, (4) la ética de la oposición venezolana y su relación con el poder imperial, (5) los peligros del precedente y la negación del principio de soberanía popular, (6) la caricaturización de los críticos y el desprecio por el debate democrático, y (7) el precedente peligroso para América Latina.
1. Presupuestos ideológicos y la negación de la democracia liberal
El artículo de Peña se inscribe en la tradición de cierta derecha latinoamericana que, en gran medida representante de los sectores políticamente dominantes desde la independencia, da la bienvenida —cuando no invita abiertamente— la intervención extranjera para afianzar o proteger sus intereses, sean estos afectados por luchas intra-elitarias o por alguna amenaza “de izquierda”. Con una celeridad reveladora, se desvisten sin pudor de todos los principios liberales y republicanos, de los que se desprenden en favor de una “solución” imperial. Queda el emperador desnudo, como en la célebre fábula de Andersen.
Es significativo que, a lo largo del texto, el autor jamás se detenga a preguntar qué significa democracia, ni a ponderar el valor de la soberanía popular. Se da por sentado que la democracia puede ser impuesta, que el pueblo puede ser “liberado” mediante fuerza militar extranjera, y que la legalidad internacional es irrelevante frente al sufrimiento de las víctimas del chavismo.
Esta postura es, en esencia, la negación de los valores fundacionales de la democracia liberal. Si la democracia es el gobierno del pueblo y la soberanía reside en la ciudadanía, entonces ningún proceso que excluya o sustituya la voluntad popular puede considerarse democrático.
Peña cita a Rousseau de manera superficial, como si la intervención armada de una potencia extranjera fuera compatible con el “ejercicio de la voluntad general”. La contradicción es flagrante: el autor defiende un modelo en el que la soberanía del pueblo venezolano es ignorada y sustituida por la voluntad del presidente estadounidense y su equipo de seguridad nacional.
La democracia liberal no es sólo el resultado de elecciones periódicas; es, ante todo, la garantía de que el pueblo es el sujeto de la política, no su objeto. Peña, al celebrar la captura de Maduro y la imposición de una nueva dirigencia bajo tutela estadounidense, está avalando la idea de que la democracia puede surgir de la negación de la soberanía nacional y popular. Este es un error conceptual y político grave.
2. La ilegalidad de la intervención y el desprecio por el Derecho Internacional
El artículo se burla abiertamente de quienes critican la violación de la Carta de la ONU y del derecho internacional. Se ridiculiza a los “soberanistas y principistas” por su apego a la legalidad, y se les acusa de arrogancia e indolencia. Sin embargo, es fundamental recordar que el sistema internacional, con todas sus imperfecciones, nació precisamente para evitar que las potencias intervengan unilateralmente en países soberanos. El secuestro de un jefe de Estado, aunque sea de facto, la imposición de un gobierno sin mandato democrático y la apropiación de los recursos de un país constituyen violaciones graves del derecho internacional y de principios elementales de justicia.
Peña se pregunta si el derecho internacional pudo contener a Hitler o a Stalin, buscando justificar la intervención comparándola con el combate al totalitarismo. Pero el argumento es falaz. La lucha contra el totalitarismo en Europa requirió alianzas internacionales, consensos entre Estados y la creación de instituciones multilaterales. La intervención unilateral de Estados Unidos en Venezuela, sin autorización de su Congreso, sin respaldo de la ONU ni de aliados regionales, y ejecutada por un presidente que explícitamente repudia los valores democráticos, no se parece en nada al combate legítimo contra regímenes genocidas. Por el contrario, reabre las heridas de un pasado colonial y neocolonial que América Latina ha sufrido durante siglos.
La legalidad internacional no es un capricho de “intelectuales turbios”; es la base mínima para la convivencia entre Estados y para la protección de los derechos de los pueblos. Cuando se la desprecia, se abre la puerta a la ley de la selva, a la guerra permanente y al reinado del más fuerte. Peña, al celebrar el uso de la fuerza y ridiculizar a sus críticos, legitima una política que sólo puede conducir al caos y la inseguridad internacional.
3. La falacia de la “transición democrática” bajo ocupación y la continuidad del aparato chavista
Quizás el aspecto más cínico del artículo de Peña es su reconocimiento implícito de que, tras la intervención, no hay transición real hacia la democracia. El propio Trump ha dejado claro que no tiene interés en la democracia, sino en keep the oil (“nuestra tierra y nuestro petróleo”, reitera el presidente de Estados Unidos). Se reconoce a la vicepresidenta de Maduro como presidenta, se mantiene a los principales cuadros del chavismo en el poder, y se deja intacto el aparato militar y policial.
El autor reconoce que “el chavismo sigue teniendo los controles de mando” y que “no se sabe cómo podrá concretarse” la transición. Pero, en lugar de analizar las consecuencias previsibles de esta situación, opta por la glorificación superficial del momento presente. No hay ningún análisis secuencial, ninguna reflexión sobre el “qué sucederá después”. ¿Cómo puede surgir una democracia funcional si quienes detentaban el poder autoritario siguen gobernando, ahora bajo tutela extranjera? ¿Qué incentivos tienen para abrir el sistema político? ¿Qué garantías hay para la sociedad civil, los partidos opositores y los ciudadanos comunes? Todo esto debe preguntarse. Sobre todo esto es esencial hacer una reflexión a fondo. ¿De qué sirve el pensamiento si no se abordan estas cuestiones de vida o muerte?
No es sólo la historia reciente, sino toda la historia de las intervenciones imperialistas la que demuestra que muy raramente, y sólo por consecuencias no esperadas o accidentales, se producen transiciones exitosas hacia la democracia. Los casos recientes de Iraq, Afganistán, Libia y otros países intervenidos por potencias extranjeras muestran que la ocupación o tutela imperial suele conducir al caos, la fragmentación, la corrupción y la perpetuación de élites autoritarias. Peña ignora deliberadamente estas lecciones, y sugiere que el optimismo de los exiliados y víctimas del chavismo justifica cualquier acción, sin importar sus consecuencias.
4. Ética y contradicciones de la oposición venezolana: el caso de María Corina Machado
La ironía más notoria de la actual coyuntura política venezolana –y que el artículo de Peña convenientemente omite– es la actitud de la oposición. Durante años, esta oposición ha insistido en “soluciones pacíficas” y se ha negado a organizar cualquier tipo de resistencia armada a la dictadura, en nombre del “civismo” y “la paz”. Sin embargo, no han tenido problema alguno, y de hecho han apelado y aplaudido, la violencia militar extranjera contra su propio país. No dudan en justificar una intervención militar extranjera, pero rechazan el ejercicio ciudadano de la resistencia, incluso cuando en todos los códigos democráticos se reconoce el derecho de los pueblos a la rebelión contra la tiranía.
El acto vergonzoso de la lideresa opositora María Corina Machado, de ofrecer desde Oslo el Nobel de la Paz a Trump, de viajar a Washington y entregarle la medalla, evidenció el grado de sometimiento de la oposición al poder imperial. El gesto no solo provocó una declaración sin precedentes del comité Nobel, afirmando que el premio es intransferible, sino que expuso a Machado a una vergüenza pública: no fue recibida en público, no recibió más “regalo” que una bolsa de compras con la firma de Trump, y fue objeto de crítica casi universal, especialmente entre los venezolanos.
Mientras ella se arrastraba por el favor imperial, el gobierno de Trump anulaba el asilo temporal a 600 mil refugiados venezolanos, y agentes de ICE herían de bala a uno de ellos que intentaba permanecer en el país. Ni Machado ni figura alguna de la oposición, ni tampoco la oposición nicaragüense en Estados Unidos, han criticado la persecución militarizada que, en enero de 2026, lleva meses activa contra los inmigrantes.
La ética de esa oposición queda gravemente en entredicho. En vez de representar los intereses de la ciudadanía, parecen más interesados en convertirse en sátrapas del imperio que en restaurar la soberanía popular. El afán de ser “la escogida” por el poder extranjero, la disposición a sacrificar la dignidad nacional y el silencio ante la represión contra los propios compatriotas en el exilio, revelan una falta de principios y de compromiso democrático que debería ser objeto de la mayor condena.
5. Imperialismo, reparto de recursos y negación de la soberanía popular
El artículo, y la política de Trump descrita anteriormente, hacen explícita la naturaleza colonial del proyecto en marcha: Estados Unidos recibe el petróleo venezolano, lo vende en mejores condiciones que las posibles antes de la intervención, y entrega una parte de los ingresos al gobierno provisional, sin transparencia ni rendición de cuentas. Se desconoce cuánto se queda en “comisión”, y no hay ningún mecanismo de control democrático sobre la gestión de los recursos.
Este modelo no es una transición a la democracia, ni siquiera una ocupación ilustrada; es la restauración de la lógica imperialista más brutal: el poderoso interviene, reparte los recursos y garantiza su propio interés. La población local queda excluida de la toma de decisiones, y la “democracia” se reduce a un eslogan vacío. Peña, al celebrar esta política, traiciona no sólo los principios liberales, sino también la dignidad de los pueblos latinoamericanos.
El argumento de que “no hay alternativa” es el último refugio retórico de quienes han renunciado a la democracia. Siempre hay alternativas: la presión internacional, la construcción de alianzas regionales, la organización política de la sociedad civil, ya no solo para elecciones, sino para la lucha por todos los medios, legales o no, que son ejercicio de la soberanía popular. Buscar alianzas con sectores empresariales y de gobierno para aislar al núcleo autoritario; y si es preciso, la lucha armada —que aprueban si se trata de una invasión militar extranjera, pero condenan si es un ejercicio ciudadano al que universalmente se tiene derecho en casos de opresión extrema.
Pero estos caminos requieren paciencia, inteligencia política y respeto por la autonomía de los pueblos. La intervención imperialista, por el contrario, destruye los procesos locales y perpetúa la dependencia.
6. La caricaturización de los críticos y el desprecio por el debate democrático
Peña se burla de los “analistas turbios”, los “intelectuales”, los “soberanistas” y los “principistas”, como si el único criterio válido fuera el sentimiento inmediato de júbilo ante la caída de Maduro. Pero la democracia exige debate, reflexión y consideración de las consecuencias. Caricaturizar a los críticos como plañideras, dogmáticos o indolentes sólo revela una incapacidad para la deliberación racional.
El desprecio por el “futurologismo” es especialmente llamativo: ¿cómo puede construirse una democracia sin analizar las cadenas de eventos previsibles?
¿No es acaso la función de los intelectuales y analistas advertir sobre los riesgos, los precedentes, los peligros de la intervención? Peña prefiere la observación inmediata al análisis a largo plazo, lo cual es una receta para el desastre.
7. El precedente peligroso: América Latina bajo amenaza permanente
Finalmente, debe advertirse sobre el precedente que se establece. Si Estados Unidos puede secuestrar a un jefe de Estado, imponer un gobierno, apropiarse de los recursos y amenazar a otros países (Colombia, México, Groenlandia —¡esta última, provincia autónoma de Dinamarca y miembro de la OTAN!)— sin ningún control democrático ni legal, América Latina entra en una era de inseguridad permanente.
Los gobiernos locales, sean democráticos o autoritarios, viven bajo la amenaza de la intervención y la soberanía popular queda anulada.
El argumento de que “el pueblo está secuestrado” no justifica sustituir la voluntad popular por la voluntad imperial. Los latinoamericanos han luchado durante siglos por la autodeterminación, la independencia y la democracia. La solución a los problemas del autoritarismo no es el retorno al colonialismo, sino la construcción paciente de instituciones democráticas, el fortalecimiento de la sociedad civil, y la solidaridad internacional, basada en el respeto mutuo.
Conclusión
El artículo de Peña es, en última instancia, una apología del imperialismo y una negación radical de los valores democráticos. Su defensa de la intervención unilateral, su desprecio por el derecho internacional, su falta de análisis secuencial, su caricaturización de los críticos y, sobre todo, la complicidad ética de la oposición venezolana con el poder imperial, reflejan una postura profundamente antidemocrática y reaccionaria.
Peña no es más que eco rezagado, anacrónico y muy poco original de la opinión elitista, generalmente de ultraderecha y antidemocrática, de los grupos dominantes tradicionales de América Latina.
La historia enseña que las intervenciones imperialistas no conducen a la democracia, y que la única solución duradera pasa por el respeto a la soberanía popular y la construcción de consensos legítimos.
La democracia no puede ser impuesta por la fuerza ni puede coexistir con la negación de la autonomía nacional. América Latina debe rechazar los falsos dilemas entre autoritarismo local e imperialismo externo, y apostar por la difícil, pero necesaria, tarea de construir sociedades libres, justas y soberanas. El artículo de Peña, lejos de contribuir a esta tarea, perpetúa los errores del pasado y prepara el terreno para nuevas tragedias.
En resumen: el camino hacia la democracia en Venezuela, y en toda América Latina, sólo podrá ser recorrido por los propios pueblos mediante procesos autónomos, legítimos, incluyentes, que afirmen la voluntad popular, que efectivamente y por los medios que haga falta empoderen a los ciudadanos y a la nación, que dispersen el poder doméstico y liberen al país de cualquier tutelaje colonial.
El intervencionismo imperial, especialmente cuando es ejecutado por actores antidemocráticos y con la complicidad de una oposición carente de ética y de principios, sólo puede conducir al impasse, al reparto de recursos y a la negación de la libertad.
Es hora de rechazar las soluciones fáciles y superficiales, y de apostar por la construcción colectiva de la democracia.
Lo ocurrido en Venezuela, así como la conducta de políticos codiciosos de poder y de falsos opositores que buscan venderse al mejor postor imperial, debe servirnos de advertencia democrática y hacernos dudar de sus verdaderas intenciones. Solo una ciudadanía atenta y crítica, capaz de desenmascarar tanto a los dictadores como a los “demócratas” de ocasión, podrá abrir el camino para una auténtica reconstrucción democrática en nuestros países.


