La guerra como distracción
Cuando un país se desmorona por dentro —económica, social o políticamente—, el conflicto externo se convierte en una solución estratégica. Las guerras no solo movilizan tropas; cohesionan voluntades, silencian críticas y reaniman viejos mitos nacionales. El miedo, gestionado con habilidad, se vuelve un recurso de control.
Cinco actores clave ilustran este patrón en 2025:
• Estados Unidos destina ya más del 3.5 % de su PIB al gasto militar: su presupuesto de defensa supera los 850 mil millones de dólares.
• Rusia, bajo sanciones, ha redirigido su economía a la producción bélica, con un crecimiento aparente sostenido por la industria militar.
• Ucrania, dependiente de asistencia exterior, ha invertido más del 40 % de su gasto estatal en defensa.
• Israel ha duplicado su presupuesto militar, alcanzando cerca del 5 % del PIB, en medio de una grave crisis política interna.
• Irán, tras ataques y represalias, consolida su poder interno mientras desafía abiertamente el orden internacional.
La estrategia es antigua: declarar enemigos afuera para consolidar el poder adentro.
Mientras la propaganda enciende pasiones, los ciudadanos empobrecidos cargan el precio de guerras que no eligieron. En cada bando hay miedo, pero también cálculo. La guerra, en su forma moderna, no es el fracaso de la diplomacia: es el triunfo del oportunismo.
Cuando el conflicto se convierte en argumento, la política se degrada y la conciencia se adormece. La humanidad, en lugar de despertar, marcha.
Oky Arguello


