La herida que no sana
La palabra paz debería traer alivio. Hoy, aplicada a Gaza, trae más preguntas que certezas. Lo acordado es un alto al fuego con condiciones: liberación escalonada de rehenes, retirada parcial de tropas, entrada de ayuda humanitaria bajo supervisión. Importa porque detiene bombas y salva vidas, aunque sea por momentos. Pero no es una solución política: no hay reconocimiento de un Estado palestino, no hay garantías de derechos ni de seguridad duradera para israelíes y palestinos. Es una pausa, no un cierre.
En medio del ruido, algunas voces del pensamiento crítico intentan reinterpretar lo ocurrido. El politólogo John Mearsheimer, desde su realismo académico, y la escritora Susan Abulhawa, desde la experiencia palestino-estadounidense, coinciden en que el 7 de octubre fue consecuencia de un sistema insostenible de ocupación y miedo. Su lectura —centrada en la doctrina militar israelí Aníbal y en el costo civil del pánico estratégico— recuerda que incluso las potencias democráticas pueden extraviarse cuando la fuerza sustituye al diálogo. En contraste, analistas como Michael Oren o Kori Schake sostienen que Israel actuó bajo derecho de defensa y que la propaganda distorsiona los hechos tanto como las armas.
Entre ambas visiones se abre el terreno donde debería existir la verdad: ese espacio donde las cifras —más de 69.000 muertos, de los cuales cerca de 20.000 eran niños palestinos y unos 1.400 israelíes— dejan de ser estadística y recuperan nombre, rostro y llanto.
Detrás de esos números hay hospitales sin medicamentos, escuelas derrumbadas y familias que siguen buscando cuerpos bajo los escombros. Israel reclama seguridad frente a ataques y cohetes; los palestinos reclaman dignidad, autodeterminación y el fin de la ocupación. Si estos núcleos no se abordan con honestidad, la tregua corre el riesgo de convertirse en sala de espera de la próxima tragedia.
Mientras tanto, la brújula estratégica gira hacia Irán. Declaraciones, movimientos navales y advertencias apuntan a un nuevo tablero. Teherán sostiene su influencia mediante aliados y milicias; Israel deja claro que no aceptará una amenaza nuclear; Estados Unidos busca disuasión sin quedar atrapado en otro pantano. Cuando un frente se enfría, otro se calienta. El peligro es obvio: encadenar conflictos sin resolver causas. Ese es el negocio más lucrativo del mundo: la venta de armas, la creación de guerras para su propio consumo.
Conviene decirlo sin estridencias: una paz auténtica no se decreta, se construye. Requiere tres capas mínimas: la humanitaria —corredores seguros, hospitales operando, servicios básicos restablecidos—; la política —seguridad para Israel y un Estado palestino viable—; y la regional —compromisos verificables que frenen las guerras por apoderados y el contrabando de armas—. Nada de esto es sencillo, pero cada avance, por pequeño que parezca, vale más que otra tumba abierta.
Hay responsabilidades repartidas. Israel necesita seguridad sin castigos colectivos. Las facciones palestinas, un liderazgo legítimo que ponga fin a la lógica del misil. Los mediadores regionales deben pasar de la foto al compromiso verificable; y las potencias, de la propaganda a la supervisión técnica. Cada conflicto añadido reduce la energía disponible para curar el anterior.
La tregua será puente o espejismo según lo que hagamos con los próximos pasos. Que esta pausa, al menos, nos recuerde que cuidar sigue siendo el único verbo capaz de salvarnos.


