La máquina de la desigualdad
Pío Martínez
Hace algunos días viajé a Amsterdam, desde la pequeña ciudad donde vivo, en Países Bajos, para atender la presentación de una obra de Mick Sarria, director, productor, autor y actor de teatro leonés y uno de los más talentosos artistas de su generación. Sarria se vio obligado a salir al exilio el 9 de agosto del 2018, cuando la persecución penal de disidentes y opositores se intensificó. A los artistas el régimen les tiene un odio especial y han encerrado la expresión artística dentro de pequeñas jaulas en las que solo se dice y se hace lo que complace al régimen, y así enjaulada, palidece, enferma y muere, tal y como mueren ciertas aves que no pueden vivir en cautiverio. El arte, o es libre o no es, y en Nicaragua ha muerto o se ha escapado a la clandestinidad o al exilio.
Sarria es también docente y el trabajo que ha preparado es de creación colectiva, construido junto con un grupo de jóvenes extransgresores de ambos sexos, con los que ha estado trabajando varios meses. La obra se presentaba esa tarde a un público selecto y allá fui yo, vestido con mi ropa dominguera, al teatro CC Amstel, ubicado a la orilla del río del mismo nombre, para presenciar el preestreno de la obra De Ongelijkheidsmachine, que se traduce como La máquina de la desigualdad.
El título refiere al entramado jurídico-social neerlandés para atender la transgresión juvenil, y aun antes de empezar la obra, nos informa de la opinión que tienen los jóvenes del sistema al que entran al quebrantar la ley: mas que ver la desigualdad como una estructura, como hacen quienes hablan de “racismo estructural”, Sarria y los jóvenes la ven y así la exponen, como una maquinaria. Si “estructura” da la idea de una construcción rígida y pasiva, “máquina” nos habla de actividad, de movimiento, y esa tarde, cuando los actores nos lleven de la mano y recreen para nosotros sus viajes dentro de las entrañas de aquella máquina horrible, la veremos en funcionamiento, observaremos sus engranajes, sus resortes, sus tornillos; en fin, veremos cómo sus piezas se conectan e interactúan unas con otras y llevan hacia un mismo resultado: la exclusión, la marginación, la profundización de la desigualdad.

Aquella máquina, presuntamente ciega, aplasta bajo su enorme peso a quien no se deje conducir por ella mansamente, a quien se rebele y no cumpla con sus disposiciones, a quien se aparte de los caminos preestablecidos, que conducen a convertirte en el producto que al final de la banda sinfín la máquina ha decidido serás: un sujeto “adaptado”, un ciudadano “ejemplar”, listo para construirse una vida productiva. Ella no duda de sí misma, no se detiene a pensar si será cierto que lo que persigue es posible de obtener, si no hay obstáculos en la sociedad que lo impidan, como la cuestión étnica y el origen social, por ejemplo.
Que este sea el tema que la obra aborda es la razón por la que entre el público de esta tarde, junto con actores, o gente como yo interesada en conocer la última producción de Lleca Teatro, se encuentran empleados de gobiernos locales, trabajadores sociales, jueces y funcionarios del entramado jurídico, y hasta uno que otro policía, que son parte todos ellos de lo que los jóvenes actores dan en llamar “el sistema”, y que han mostrado gran interés por el proyecto, tanto que la municipalidad de una ciudad de población muy diversa ha contribuido a financiarlo. Ellos, al igual que los jóvenes, saben que aquel artefacto que la sociedad ha creado es, por decirlo suavemente, defectuoso, y han venido esta tarde para presenciar su funcionamiento desde una perspectiva diferente.

Empecemos por el principio.
Apenas iniciada la puesta en escena, para quienes conocen la obra de Franz Kafka es inevitable reconocer las visibles referencias a El Proceso, la novela en que el trabajo de Sarria y los jóvenes se basa libremente. Más tarde me doy cuenta de que en aquellos meses de preparación, una tarea del director y los actores fue escudriñar la novela, estudiarla y entenderla. Para profundizar en el conocimiento de la vida y obra de Kafka y en busca de los ángulos precisos en los que enmarcar la pieza en construcción, Sarria hizo un viaje de peregrinación a Praga, la ciudad en la que aquel vivió su corta vida, y recorrió las calles y visitó los lugares que frecuentaba y el museo dedicado a su memoria.

En un escenario que al igual que la música va fluyendo al paso que lleva la representación y en el que no sobra ningún elemento, los jóvenes actores van relatándonos sus historias particulares, que ellos mismos han escrito y Sarria les ha ayudado a traducir a un fuerte lenguaje teatral. Podemos imaginar que a los jóvenes conmueve lo que en su actuación nos van contando, que no es tarea fácil mostrarse en su vulnerabilidad; sin embargo, la actuación es impecable, poderosa. Ninguno se quiebra ante el peso de la narración de lo vivido y ante la presión de dejarse ver, de exponer las heridas que aún no cierran completamente. Es que ellos tienen un propósito, que los ha movido a formar parte de este proyecto y que les motiva muy profundamente: arrojar luz sobre el tratamiento, que ellos mismos han experimentado en sus carnes y espíritus, que el sistema jurídico social neerlandés ha creado para los jóvenes transgresores, especialmente para quienes como ellos, son hijos o nietos de inmigrantes negros. Quieren exponer lo que ellos dan en llamar “el sistema”, quieren que haya discusión, quieren a fin de cuentas, que las cosas cambien, que se escuche a los jóvenes, que se perciban sus diferencias, que las ideas que sobre ellos tiene el sistema, los prejuicios que carga, no se impongan a la personalidad de cada uno, como una camisa de fuerza. Que no se les deshumanice y no se les convierta en un número nada más. Quieren que el sistema sea en realidad útil a los jóvenes, que esté al servicio de estos y no como ahora en que más bien son ellos quienes parecen estar al servicio del sistema. Hacen los jóvenes una denuncia potente del clasismo y racismo institucional, exponiendo cómo esta maquinaria, supuestamente neutra, exige formas de ser imposibles de cumplir.
Los jóvenes actores persiguen —y esta tarde han trabajado fuertemente en ello— que el sistema regrese a lo que dice pretender: que contribuya al desarrollo de los jóvenes transgresores, que les equipe de verdad para llevar una mejor vida en esta sociedad, a desaparecer las desigualdades. Quieren seguir siendo ellos mismos y no convertirse en el remedo de algo que no podrán ser. Estas y muchas cosas más quieren los jóvenes y eso les ha acicateado a continuar sin desfallecer a lo largo de estos meses, que según me cuentan luego no han sido nada fáciles. No hay crecimiento sin dolor y en estos meses han crecido enormemente, han encontrado una voz que solo intuían que tenían, han encontrado un canal por donde hacer fluir sus energías. A Sarria, que empezó su carrera haciendo teatro en el sistema penitenciario nicaragüense, siguen motivándolo las mismas cosas: las causas sociales, la lucha contra el poder. Esta obra no se aparta de esa línea y logra además concretar en ella una poética creada en Nicaragua, que traída al escenario teatral neerlandés habita también una postura migrante crítica, que busca desmontar narrativas y prácticas de poder coloniales y paternalistas, las mismas que permean el sistema de asilo al que fue sujeto.

En El proceso, Kafka nos cuenta de cómo un empleado de banco de nombre Josef K. es arrestado el día que cumple 30 años, sin saber quiénes le arrestan ni de qué se le acusa. Empieza así un calvario en el que el acusado se enfrenta a un laberíntico sistema judicial imposible de entender. Sin saber de qué crimen se le acusa, el protagonista es finalmente ejecutado.
En La máquina de la desigualdad los jóvenes actores, contándonos sus experiencias vividas van dejando hábilmente al descubierto las fallas del sistema, su torpe funcionamiento, su absurdidad, su ceguera, y las heridas que produce en las jóvenes mentes y espíritus. El viaje dentro de las entrañas del monstruo al que esa tarde nos han llevado de la mano ha sido terrible, no deja frío a nadie y te cala hondamente.
Sabemos, los espectadores, que la obra ha terminado, cuando todo ha quedado en un profundo silencio. Nadie se mueve, todos parecen contener la respiración, hasta que alguien empieza un aplauso que va subiendo de intensidad y que parece no tener fin. En el momento en que los jóvenes, exhaustos, se toman de las manos, junto con el director, para hacer una profunda reverencia, la aclamación cobra aún más fuerza. Los jóvenes parecen sorprendidos, sonríen ampliamente y sus ojos se iluminan. Quizás habrán soñado esta escena, pero no es lo mismo que vivirla.
Cuando la larga ovación de pie termina, se produce un período de comentarios y preguntas y respuestas en que los jóvenes y el director y la obra son cubiertos de alabanzas y en el que se produce un diálogo amigable entre los “miembros del sistema” presentes en la sala y los jóvenes actores. La obra, dicen los primeros, será sin duda un instrumento útil para una discusión que conduzca a procurar la transformación del sistema.
El veredicto final sobre lo que hemos presenciado esta tarde lo da un juez muy respetado, de mucha experiencia. Luego de felicitar a los actores, al director y al equipo de producción, dice que aquella es una obra que todos los jueces y funcionarios que trabajan con jóvenes en el país, deberían ver al menos una vez. Me parece que aquel es el mejor comentario de la tarde, la mejor manera de medir el éxito del trabajo realizado. El trabajo de Sarria y sus muchachos es tremendo y para estos jóvenes es claramente transformador.
Termino esta reseña diciendo que la musicalización, obra del artista también leonés Wil Galo, merece un reconocimiento especial. La música no pretende ella misma ser la protagonista, pues ese no es su papel, y Wil lo sabe y bajo su dirección, ocupa su lugar y hace su trabajo de realzar, de dar fuerza, a la actuación. No obstante, la música que ha producido no es una simple ilustración de emociones, es fuerza dramática que goza además de autonomía. Si la sacamos de la obra y escuchamos la banda sonora, nos daremos cuenta de que es un espectáculo independiente. Es la segunda vez que escucho a Wil musicalizando una obra de teatro —la primera fue en Adiós Macondo, también dirigido por Sarria— y al igual que la primera vez, hoy me deja también una profunda impresión.
Al final me quedo un rato sentado en mi silla, meditando en lo que he observado y en la vida misma, y claro, en ocasiones como esta el pensamiento lleva inevitablemente hacia el terruño y nuestra gente y en quienes han tenido que salir.
Suelo decir a algunos de los muchos jóvenes exilados que he conocido en los últimos años, que la mejor manera de cobrar venganza personal de la dictadura es construirse una vida productiva en el lugar al que la suerte nos ha llevado; es tener éxito, como sea que cada quien lo defina. La dictadura quería destruirte, por eso te arrancó de raíz y te arrojó lejos y si vos allá donde caíste seguiste creciendo y floreciste y diste frutos, la has hecho fracasar en su empeño, la has derrotado.
Por todas partes hay nicas derrotando personalmente a la dictadura, creciendo, desarrollándose, convirtiéndose en miembros activos de las sociedades en las que ahora viven. Es una pena que no estén en su tierra, contribuyendo de mil maneras, en diferentes ámbitos, a construir un país mejor. Es doloroso que en esta época en Nicaragua el talento sea perseguido como la peste; es cuestión de tiempo, sin embargo, para que la persecución termine, pues todo pasa y la dictadura pasará también, inexorablemente.


