La Mentira y la Farsa: por qué las decimos, por qué las creemos.
Desde tiempos remotos, la mentira ha sido una herramienta del poder. En la antigüedad, los mitos fundacionales sirvieron tanto para cohesionar comunidades como para justificar jerarquías. El faraón era hijo del Sol, el emperador romano tenía linaje divino, y los reyes medievales gobernaban “por gracia de Dios”. Así nació la mentira institucionalizada: cuando los relatos se imponen como verdades para mantener el orden.
Pero no todas las mentiras vienen desde arriba. El ser humano, desde su desarrollo cognitivo, miente para sobrevivir, para adaptarse, para evitar el castigo o conseguir un beneficio. Desde la infancia aprendemos que la omisión o la distorsión pueden evitar dolor. La mentira es, en ese sentido, una herramienta evolutiva, pero también una grieta ética.
Históricamente, las farsas más destructivas han sido las que se disfrazan de ideología o ciencia: el racismo como doctrina “biológica”, el antisemitismo, la superioridad de género, las “razones” para invadir países. Personajes como Joseph Goebbels perfeccionaron el arte de repetir mentiras hasta convertirlas en realidad emocional. Hoy, los algoritmos hacen lo mismo: refuerzan sesgos, polarizan y construyen realidades paralelas.
¿Por qué creemos mentiras que parecen absurdas? La psicología explica que buscamos coherencia entre nuestras emociones, creencias previas y la información que consumimos. Lo que contradice nuestra visión del mundo lo rechazamos; lo que la confirma, lo abrazamos sin filtro. Así, las emociones vencen a los datos.
La mentira necesita dos factores para triunfar: una autoridad que la emita y un público dispuesto a creerla. Y cuando se institucionaliza —en gobiernos, religiones, sistemas educativos o medios— deja de parecer mentira. Se convierte en dogma.
La solución no está en censurar sino en educar. Fomentar el pensamiento crítico, el diálogo socrático, la duda razonable. Enseñar a contrastar, a preguntar: ¿Quién gana con esta versión? ¿Qué evidencia la respalda? La verdad no es cómoda, pero libera.
Hoy más que nunca, el riesgo no es solo la mentira deliberada, sino la saturación de “verdades” que nos impide distinguir. En una era de sobreinformación, el criterio se vuelve más importante que el conocimiento.
Las sociedades que sobreviven no son las que gritan más fuerte, sino las que aprenden a pensar.
Oky Arguello


