No pueden los sueños, una antología de los arquetipos eróticos del Siglo de Oro
En No pueden los sueños (Animal Sospechoso, Barcelona, 2025), Jorge León Gustà, doctor en Filología Hispánica, buen conocedor de la poesía clásica y, sobre todo, buen amigo, ha reunido una cincuentena de poemas que presentan sueños eróticos, como si fuera un mapa de deseos en los que se demuestra que los antiguos no eran tan distintos a los tiempos actuales.
Los sueños, que en el mundo antiguo estaban considerados como anuncios de la divinidad, o del destino, han sido campo de actuación de la psicología, a la que me dedico profesionalmente desde hace treinta años.
Este ha sido el motivo de que me acercase a esta antología de poemas tan interesante como deliciosa y –contra lo que pudiese pensar algún desconfiado- de lectura fácil y a ratos divertida.
Los sueños (y el sexo, sus deseos y sus frustraciones, sus pulsiones secretas) ya fueron estudiadas hace tiempo por Sigmund Freud y por Carl Jung. Para Freud (2023), los sueños son francas realizaciones de deseos. Pero en la época en que fueron escritos estos poemas, el sexo tenía una simple función reproductiva, dentro de la mentalidad más ortodoxa de la Iglesia y, oficialmente, no existía como fuente de placer. Y si, lo era, se consideraba una actividad pecaminosa (cuando no delictiva).
Sin embargo, a través de estos poemas podemos descubrir que una cosa es el discurso teórico e ideológico imperante en cualquier época y otra muy distinta, la práctica concreta, la vivencia inmediata: de estos poemas puede deducirse que, en la intimidad, el sexo era una fuente de placer absoluta. Pero es importante advertir: estos poemas no presentan escenas de sexo, sino sueño eróticos, es decir, escenas que son una creación de la mente del poeta o de quien las esté viviendo (casi diría: saboreando). Lo más curioso es que en casi todos los casos, se es consciente de que se trata de un sueño, pues resulta una escena demasiado placentera para ser real, o en la que el poeta se siente tan dichoso que duda de que se trate de un momento real. Por eso, en muchos de ellos piden no despertar nunca: para alargar el momento de placer, y que no se acabe al volver al estado de vigilia. La desgracia de muchos de estos poemas es que, finalmente, el amante despierta en lo mejor del sueño, de modo que, en términos freudianos, cada poema es una «elaboración secundaria», pues da forma al sueño a partir de lo que se recuerda. Y, siguiendo también a Freud, satisface sus deseos inconscientes. Algunos son más sutiles y sensibles, como el de Juan Boscán, acaso el primero de la serie, o el de Francisco de Medrano:
No sé cómo, ni cuándo, ni qué cosa
sentí, que me llenaba de dulzura:
sé que llegó a mis brazos la hermosura,
de gozarse conmigo cudiciosa.
Sé que llegó, si bien, con temerosa
vista, resistí apenas su figura:
luego pasmé, como el que en noche oscura
perdido el tino, el pie mover no osa.
Otros, en cambio, son mucho más procaces:
Soñaba cierta noche que tenía
entre mis piernas otra de una munja,
que como sanguijuela o como esponja
me chupaba la sangre que tenía…
O este otro que, como el anterior, es de autor anónimo:
Soñando estaba anoche Artemidora
que atizaba su fuego con don Cotaldo;
hirvió la olla y derramose el caldo
y almidonose en vano la señora.
En ambos casos (tanto en los sutiles como en los más explícitos) encontramos en ellos la típica sublimación del hecho erótico usado como mecanismo de defensa, ya descrito por Freud.
Por su parte Carl Jung, al estudiar los sueños, si bien rebajó en gran medida la importancia que tenía el sexo como generador de sueños y de frustraciones, lanzó la idea del arquetipo como elemento generador y presente en la mayoría de los sueños. Los arquetipos son aquellas estructuras universales del inconsciente colectivo que aparecen en diferentes sueños, mitos, leyendas, arte, fantasías…
Es imposible determinar cuántos arquetipos existen: padre, madre, bebé, bruja, hada, bandera, barco, soldado…, pues los hay para cada persona, lugar, objeto o situación que haya tenido una fuerza emocional para un gran número de personas a lo largo de un extenso período de tiempo: un siglo da para mucho y la poesía erótica también.
«El mundo de los arquetipos es ese mundo invisible que nadie ha visto jamás. Se supone que es el reino más profundo de la psique y que tiene el potencial de evocar imágenes de naturaleza más o menos predecible. Son estas imágenes las que vemos y las que ocurren en todo el mundo en la psique de todas las personas» (Wilmer, H. (1991). Practical Jung. Wilmette. IL: Chiron).
Las mismas imágenes han ido apareciendo y reapareciendo desde tiempos inmemoriales. Los conocemos a través de cuentos, sagas, leyendas e historias bonitas contadas en todo el mundo. Trascienden la cultura, la raza y el tiempo.
Quizá por esta razón, en estos poemas se suceden motivos que se van repitiendo de diferente modo: el amante que goza del amor de la amada, la duda de si será real o soñada la escena de placer, el deseo de no acabar nunca, la desdicha de la vida en vigilia, que carece de los favores de la amada, o el placer truncado a medio acto de la amada, etc. Un conjunto de sueños y fantasías que nos presenta Jorge León Gustà en esta antología poética, donde resulta reconocible el arquetipo del mito erótico en el Siglo de Oro.

