Radiografía de un ocaso

El país que alguna vez fue sinónimo de movimiento cumple hoy treinta y cinco días detenido. El cierre del gobierno federal de Estados Unidos —desde el 1 de octubre de 2025— iguala ya el récord histórico de 2018-2019: 900 000 empleados suspendidos, casi dos millones trabajando sin paga y pérdidas estimadas entre 7 000 y 14 000 millones de dólares en el PIB. No fue una guerra ni una pandemia lo que detuvo a la superpotencia, sino su propio desacuerdo. El imperio se paralizó frente a sí mismo, incapaz de conciliar su poder con su propósito.

El problema no es la falta de fuerza, sino de dirección. La maquinaria funciona, pero no sabe hacia dónde.

ECONOMÍA DE DISFRACES

El PIB real crece en torno al 3 %, sostenido más por deuda que por productividad. La inflación anual se mantiene en el 3 %, aunque los precios de alimentos y vivienda avanzan al doble. La deuda nacional superó los 37 billones de dólares, el 124 % del PIB, con intereses anuales récord de 1,2 billones. El déficit fiscal, de 1,9 billones, es el mayor en tiempos de paz. Aun así, la administración celebra ‘resiliencia económica’.

La tasa de desempleo, en 4,2 %, suena sólida, pero detrás hay empleo parcial, alta rotación y salarios que pierden poder adquisitivo: el ingreso real medio cayó 0,8 % en 2025. Los aranceles ‘patrióticos’ alcanzan el 18 % promedio, encareciendo bienes y debilitando las cadenas globales que antes sostenían la hegemonía comercial estadounidense.

La economía crece pero el ciudadano se encoge. El país más rico del mundo ya no produce prosperidad: produce deuda.

DESGASTE SOCIAL

La inflación invisible es la del ánimo. El costo medio de la vivienda supera los 438 000 dólares y el trabajador medio necesita tres empleos para sostener un techo. 51,9 millones de inmigrantes perseguidos y amedrentados sostienen sectores esenciales, mientras la fuga de talento estadounidense aumenta un 14 % respecto a 2023. Las universidades producen cerebros que el propio sistema expulsa.

En el frente social, la epidemia de fentanilo continúa: 74 000 muertes en 2024, tendencia al alza. La adicción dejó de ser un fenómeno marginal: es la metáfora química de una nación exhausta. Cuando una sociedad no sabe qué sentir, busca anestesia.

INSTITUCIONES EN RETROCESO

Once estados mantienen litigios abiertos por vigilancia digital y censura algorítmica. Human Rights Watch y Civicus Monitor ya clasifican a EE. UU. como democracia en retroceso leve. El poder ejecutivo acumula excepciones; el Congreso legisla por inercia. El país que predica libertad perfecciona, cada año, su aparato de control.

POLÍTICA EXTERIOR: MORAL VARIABLE

Estados Unidos prometió cerrar guerras y abrir reconstrucciones. Sin embargo, Afganistán sigue siendo una herida; Ucrania y Rusia prolongan la confrontación; Israel y Gaza vuelven a incendiar el mapa moral del mundo. Y ahora Yemen se suma —casi como un kamikaze— contra la maquinaria genocida israelí. La guerra, negocio de los fabricantes de armas, nunca se cierra: sólo cambia de escenario. Washington arbitra con el bolsillo, no con la conciencia.

Mientras tanto, extiende su influencia sobre América Latina bajo el argumento de combatir el narcotráfico —Venezuela, Colombia, México— como si las raíces del problema no estuvieran también en casa. Más del 87 % del fentanilo incautado se produce o sintetiza dentro de las propias fronteras, al igual que la mayor parte de la metanfetamina. El enemigo que más daña a Estados Unidos no llega desde el sur: nace en su propio laboratorio.

El país que exportaba democracia ahora exporta contradicciones. La coherencia dejó de ser su principal herramienta diplomática.

LIDERAZGO DISONANTE

La política interna se volvió teatro continuo. El cierre del gobierno coincide con una popularidad del 46 % para Trump y 43 % para el Partido Republicano. Ambos capitalizan el hartazgo de una población que ya no cree en promesas, sólo en bandos. Los demócratas administran el desgaste; los republicanos administran la rabia. La nación elige entre versiones distintas del mismo cansancio.

EL DILEMA MORAL

Estados Unidos no solamente se apaga porque lo desafíe desde afuera una nueva potencia comercial —China— sino, principalmente, porque ha dejado de inspirar desde dentro. El verdadero colapso no es económico ni militar, sino ético: la pérdida del sentido bajo una ilusión de control. El país no actúa por ignorancia, sino por codicia: dinero y poder disfrazados de misión.

La utopía fundacional de ‘vida, libertad y búsqueda de la felicidad’ se ha reducido a un lema corporativo sostenido por deuda y miedo. Los imperios no mueren por derrota: mueren cuando su fuerza deja de tener propósito.

Nadie puede alegrarse del declive de Estados Unidos, porque su caída arrastra al mundo que ayudó a construir. Pero tampoco puede negarse la evidencia: una nación que no escucha, que multiplica guerras y deudas mientras sus ciudadanos se empobrecen, necesita más humildad que poder.

Quizás este cierre de gobierno sea algo más que una crisis administrativa. Quizás sea la pausa que antecede a la introspección.

Porque toda superpotencia tiene derecho a un renacimiento. Pero sólo si verdaderamente retoma una conciencia basada en la ética de para qué vale la pena existir.

Oky Argüello
Oky Arguello es una escritora centroamericana radicada en España. Es autora del bestseller El Coleccionista y de otros libros de poesía y cuento. Formación académica: Doctorado en Psicología, Grados y másteres universitarios multidisciplinarios.