Saqueo legalizado para futura guerra
La OTAN ha oficializado una meta insólita: que sus miembros dediquen al menos el 5 % del PIB al gasto militar. No es por una guerra actual, sino por una posible guerra futura. Una que, como la historia lo muestra, será inducida si es necesario para justificar ese gasto.
Invertir a este nivel equivale a más de 1,5 billones de dólares anuales solo entre los países del bloque. Para alcanzar esa cifra, es predecible una subida de impuestos al ciudadano común, que financiará con su salario los intereses de la industria bélica. ¿Aplaudimos al monstruo que nos desangra?
Con ese mismo dinero, cada año podría garantizarse a nivel global:
• Educación primaria universal: 39 mil millones USD
• Erradicación del hambre: 40 mil millones USD
• Salud básica universal: 100 mil millones USD
• Vivienda para 150 millones de personas sin techo: 150 mil millones USD
• Transición energética justa en países del sur global: 200 mil millones USD
Todo esto junto suma menos del 40 % del nuevo presupuesto bélico.
El argumento esgrimido: “la paz se protege con fuerza”. Pero la lógica real es esta:
1. Se compra armamento en tiempos de paz.
2. Se provoca una guerra que lo justifique.
3. Se exige más dinero para continuarla.
Así, el 5 % se convertirá pronto en 6 % u 8 %. No es prevención. Es un ciclo rentable para quienes lucran con la violencia.
La paradoja es brutal: se empobrece a las sociedades para supuestamente protegerlas. Pero la guerra no es un síntoma de amenaza. Es el resultado de haberle dado prioridad al negocio bélico sobre el pacto civilizatorio.
Cuando la economía depende de la guerra, la paz no es opción: es un estorbo.


