Sergio Ramírez Mercado: La Estética del Poder y el Silencio del Intelectual
Tercera entrega de la serie Literatura, Poder y Deuda con la Verdad
Por Douglas R. Lee
Una foto reciente —publicada en la cuenta de Facebook del expresidente costarricense Óscar Arias— parece una escena trivial: cuatro personas conversan distendidamente en un restaurante de España. En el centro de la imagen, Sergio Ramírez y Óscar Arias comparten mesa; sobre el mantel reposan copas de vino, agua mineral y el clima relajado de una sobremesa que bien podría incluir un espumoso o un Pinot Grigio.
Sin embargo, esta instantánea encierra un dilema mayor: la élite literaria que un día ayudó a forjar revoluciones hoy continúa repartiéndose prestigio sin rendir cuentas al dolor que contribuyó a crear.
I. Arqueología del chamán ilustrado
Sergio Ramírez representa a una figura que la antropología denominaría chamán secular. No es sacerdote ni guerrero, pero tiene el poder de interpretar el mundo y ordenar el relato. En las culturas tradicionales, ese poder estaba al servicio de lo colectivo. En la modernidad posrevolucionaria latinoamericana, el chamán ilustrado se volvió intérprete de sí mismo.
Ramírez, como muchos intelectuales de izquierda del siglo XX, concentró legitimidad sin asumir culpa. Fue el escriba del poder, el orador del Frente, el constructor del lenguaje revolucionario. Y cuando ese proyecto colapsó, se convirtió en memorialista de su propio desencanto, pero nunca en acusador de su propia complicidad.
El chamán pierde legitimidad cuando olvida su raíz ritual: decir la verdad ante el fuego. Y Sergio Ramírez nunca se sentó frente al fuego de los suyos para nombrar a los muertos que también ayudó a generar.
II. Sociología del prestigio: el intelectual como síntoma de la transición falsa
Desde Bourdieu sabemos que el capital simbólico se hereda, se acumula, se negocia. Sergio Ramírez ha sabido transitar entre campos: del revolucionario al diplomático; del cronista al novelista laureado; del vice de un régimen al exiliado de otro.
Pero esa movilidad se hizo sin ruptura con las estructuras de poder que lo parieron. Como figura sociológica, encarna lo que llamamos un intelectual de zona intermedia: suficientemente culto para criticar, pero suficientemente respetado como para no escandalizar.
Nunca fue el disidente feroz, ni el traidor del relato, ni el hereje del canon sandinista. Fue el elegante melancólico, el que lamenta pero no asume, el que narra pero no confiesa.
III. Filosofía de la memoria: la belleza como capa de olvido
En la lógica adorniana, el arte que se niega a nombrar el crimen es cómplice del crimen. Ramírez escribe con belleza, humor, ironía, destreza. Pero su literatura evita la dimensión trágica de la historia real.
¿Dónde están en sus novelas los interrogatorios del Ministerio del Interior? ¿Los comités de barrio que vigilaban? ¿Los excombatientes críticos silenciados? ¿Los pueblos indígenas reprimidos en nombre del centralismo?
No están. Están los recuerdos dulcificados, la bruma nostálgica, el desencanto pulido.
IV. Etimología como sentencia: nombre, linaje, mercado
Los nombres no son neutros. Portan historia.
Sergio proviene del latín Sergius: “el protector”. ¿Qué protegió Sergio Ramírez: el lenguaje, la memoria, o su propio prestigio?
Ramírez significa “hijo de Ramiro”: ragin-mari, “sabio y glorioso”. ¿Y si esa sabiduría fue silente?
Mercado es el lugar de transacción. ¿No es eso también la cultura literaria que consagra sin interrogar?
V. El escritor como censor elegante
Hay dos tipos de censura: la que prohíbe y la que decora. Ramírez jamás fue censor explícito. Pero su obra, al evitar las zonas oscuras del sandinismo, actúa como una censura decorosa del horror.
Es como si dijera: “Sí, hubo excesos… pero no es necesario contarlos”. El escritor que estuvo en el corazón del poder no puede declararse cronista inocente.
VI. La pregunta radical: ¿Qué hacemos con los monstruos que escriben bien?
Esa es la herida abierta. Neruda violó y lo escribió. Ramírez calló y lo editó. Ambos —cada uno en su estilo— construyeron una narrativa hermosa sobre una verdad incompleta.
No se trata de cancelar, sino de releer con conciencia crítica. Porque el escritor no es solo quien inventa personajes. Es quien decide a quién le da voz y a quién le quita humanidad.
VII. El juicio pendiente
Sergio Ramírez ha sido muchas cosas: abogado, novelista, vicepresidente, laureado, exiliado. Pero hay una cosa que no ha sido: acusado por sí mismo.
Y mientras eso no ocurra, su literatura seguirá cargando una deuda con la historia. El juicio no es solo político. Es antropológico, filosófico, poético.
VIII. ¿Dónde estaban los principios democráticos?
Sergio Ramírez Mercado ha hablado y escrito abundantemente sobre democracia. Pero la pregunta ética es más incómoda: ¿Dónde estaban esos principios cuando él mismo era parte de un gobierno que los violaba sistemáticamente?
Ortega no traicionó el proyecto: lo perfeccionó. Hablar hoy de democracia sin revisar críticamente ese pasado no es valentía, es cálculo.
¡Bienvenido a la revolución fallida!
IX. La sobremesa como metáfora
Aquí regresa la fotografía. Lo que parece una reunión amistosa es, en realidad, la metáfora perfecta de una cultura política que confunde prestigio con justicia y memoria con marketing. Mientras Nicaragua sufre represión y hambre, las élites que un día hablaron en nombre del pueblo se acomodan en cenas europeas, convertidas en guardianes de un monopolio literario y mediático.
X. Cierre: el líder de la mafia literaria
Mientras un pueblo muere de hambre y llora la muerte de su democracia, el exvicepresidente de Nicaragua —actor de crímenes de lesa humanidad, de violaciones de derechos humanos, beneficiario de la piñata— se sienta a la mesa quizá tejiendo nuevos hilos del monopolio cultural.
La escena es perfecta en su ironía: la sobremesa en calma frente al hambre de un país, la copa de vino frente a las lágrimas de las madres, la estrategia de prestigio frente a la urgencia de la justicia.
En esa mesa europea, Sergio Ramírez aparece como el verdadero “líder de la mafia literaria”: un sistema de favores, premios y silencios que convierte la literatura en un refugio de inmunidad. Bajo el barniz de la alta cultura, ese círculo administra reconocimientos y relatos como quien administra territorios: decide qué memoria se publica y cuál se oculta.
Así, la literatura corre el riesgo de convertirse en el más sutil de los encubrimientos: un banquete de palabras que se sirve mientras el pueblo se desangra.
Solo cuando ese fuego de la verdad se encienda, la historia nicaragüense dejará de ser una revolución narrada a medias y podrá convertirse en memoria completa.
Con esta tercera entrega —que dialoga con mis dos ensayos previos— cierro un tríptico crítico sobre literatura y poder en Centroamérica. Es, a la vez, un acto de memoria y una invitación a que la literatura latinoamericana alcance de una vez por todas el nivel de conciencia que el primer mundo exige a sus grandes obras.


