Sobre el lenguaje y la razón. ¿Razón?

  1. El lenguaje, como el dinero, está expuesto a la devaluación. Sobre todo en la posmodernidad. Basta un ejemplo: El Diccionario de la lengua española, conocido popularmente como el Diccionario de la RAE, contiene un poco más de noventa y tres mil palabras. Esto constituye sólo el treinta por ciento de nuestro caudal lingüístico. Sin embargo para comunicarnos todos los días los hispanohablantes no sobrepasamos las doscientas cincuenta palabras. De esas, muchas son dolorosamente repetidas en nuestra cotidiana expresión como punzante estribillo, lo que implica que en pocos años enmudeceremos. El emoji será nuestro nuevo «jeroglífico», pero con menos valor semántico que en la antigüedad tenían los jeroglíficos egipcios.
  2. Sobre el lenguaje inclusivo: Las lenguas no son exclusivas; son incluyentes puesto que su propósito es la comunicación. Así, la exclusión, a decir: la lanza, el odio y la violencia no están en ellas, están en nuestros corazones.
  3. La lengua exige respeto ya que es la única apuesta contra el caos. Por eso toda lengua es un sistema de sobrevivencia.
  4. La lengua es don divino. Al hablar y escribir, creamos. El verbo es el principio de todo. Para crear, Dios se valió del verbo. Y así dice el libro de Génesis: «En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra» (Cap. 1. Ver. 1). Sin el verbo, es decir, la acción, no existiríamos. De ahí que el apóstol San Juan reformulara el primer versículo de Génesis y dijera en su Evangelio:

En el principio era el Verbo
y el Verbo estaba ante Dios.
Y el Verbo era Dios.
Él estaba ante Dios en el principio.

  1. Dijo el filósofo francés René Descartes (1596 – 1650): «Despréndete de todas las impresiones de los sentidos y de la imaginación y no te fíes sino de la razón». Señor Descartes: Su «razón» produjo la Revolución Francesa (1789 – 1799) y el Reino del Terror, o sea, el tronar de la guillotina. ¡Qué lástima! Quizás no reparó en las siguientes y archiconocidas palabras de Don Quijote, cuya historia fue traducida y publicada al francés por César Oudin (c. 1560 – 1625) en 1614, es decir, a sólo nueve años de que el hidalgo manchego recorriera por primera vez los campos de Montiel: «El sueño es el alivio de las miserias para los que las sufren despiertos» (I, LXX).

Roberto Carlos Pérez

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