Tienes el poder
No el poder grandilocuente de los discursos, ni el poder ruidoso de los cargos, ni el poder ilusorio de las redes.
Hablo de otro: el poder silencioso que decide qué normalizas, qué repites y qué permites.
Vivimos en una época donde la tecnología amplifica todo: la inteligencia, la eficiencia… y también la crueldad.
La guerra ya no es solo fuego y acero; es algoritmo, datos, automatización y distancia emocional.
Cuando el daño se vuelve técnico, el problema no es solo quién dispara, sino quién diseña, quién autoriza y quién mira hacia otro lado.
Aquí aparece una verdad incómoda:
los sistemas no se sostienen solo por quienes mandan, sino por quienes colaboran sin darse cuenta.
Cada vez que aceptamos una narrativa simplificada, cada vez que compartimos miedo sin verificar,
cada vez que justificamos lo injustificable porque “es complejo”, cedemos una parte de ese poder.
Y sí: una persona sola no detiene una guerra.
Pero millones de personas confundidas, anestesiadas o resignadas la hacen viable.
El poder del que hablo es más modesto y más profundo.
Es el poder de la elección cotidiana.
La ética no empieza en los tratados internacionales.
Empieza en la mente que se niega a funcionar en automático.Ese es tu poder.
Pequeño, sí.
Pero acumulativo.
Y profundamente humano.


