Dictadores
Un dictador no aparece siempre anunciando que acabará con la libertad. A menudo promete orden, prosperidad o grandeza. Lo revelador llega después: convierte la discrepancia en traición y exige que las instituciones le obedezcan a él antes que a la ley.
Hitler recibió el poder dentro del sistema político alemán y lo utilizó para destruirlo. Persiguió a sus adversarios, anuló los derechos de la población judía y condujo a Europa a una guerra y al Holocausto. Stalin impuso sus proyectos mediante purgas, deportaciones y una colectivización forzada que contribuyó a hambrunas catastróficas. Ninguna obra pública ni cifra de producción devuelve la vida a quienes fueron sacrificados para realizarlas.
Pinochet tomó el poder por las armas en Chile. Disolvió el Congreso y gobernó mientras miles de personas eran asesinadas, desaparecidas o torturadas. Sus reformas económicas pueden discutirse; esos crímenes no fueron un precio aceptable por ellas.
Los métodos cambian, pero la apropiación del Estado permanece. En Nicaragua, Ortega y Murillo han concentrado el poder, perseguido a opositores, expulsado voces críticas y cerrado organizaciones. En Rusia, Putin ha reducido el espacio para disentir mientras su invasión de Ucrania sigue causando muerte y destrucción. En ambos casos, quien gobierna se atribuye una autoridad que niega a los ciudadanos.
Trump intentó revertir una elección que perdió. En su segundo mandato ha ampliado el poder presidencial y atacado a quienes deben ponerle límites. V-Dem advierte de un rápido deterioro democrático en Estados Unidos. El país conserva elecciones competitivas, prensa independiente y tribunales capaces de frenarlo. Precisamente por eso importa actuar antes de que esos contrapesos se debiliten aún más.
El 3 de noviembre los estadounidenses no elegirán presidente, pero sí un Congreso capaz de investigar al Ejecutivo, controlar el gasto y exigir cuentas. El voto no deshará por sí solo el daño causado por Trump. Puede impedir que gobierne con un Congreso dispuesto a dejarlo hacer. Después habrá que exigir a los elegidos que ejerzan su poder.
No necesitamos diagnosticar la personalidad de estos hombres. Basta observar qué hacen cuando pierden una elección, un juez los contradice, un periodista investiga o un ciudadano protesta. Un programa electoral nos dice qué promete un candidato. Su respuesta a los límites nos dice qué hará con el poder.


