Dos mil años
En tiempos de Jesús, la esperanza de vida al nacer en el mundo romano se estima entre los veinte y los primeros treinta años. La muerte de tantos niños reducía el promedio: quienes superaban la infancia podían vivir mucho más. Pero sobrevivir a esos primeros años era una incertidumbre que hoy nos cuesta imaginar.
Los siglos siguientes trajeron conocimientos y mejoras, aunque para gran parte de la población la vida siguió dependiendo de cosechas, enfermedades y posición social. Hacia 1290, alrededor del 40 % de los hogares ingleses carecía de tierras o tenía parcelas demasiado pequeñas para sostenerse sin otros ingresos.
El gran salto llegó mucho después. En 1900, la esperanza de vida mundial todavía rondaba los 32 años. En 2023 alcanzó los 73,3. En poco más de un siglo ganamos, en promedio, más de cuarenta años de vida al nacer. Entre 1990 y 2024, el riesgo de morir antes de cumplir cinco años cayó un 60 %.
Algo semejante ocurrió con la lectura. Hacia 1900, aproximadamente una cuarta parte de la población mundial sabía leer y escribir. La actualización de UNESCO de 2026 sitúa la alfabetización adulta en el 88 %. Millones de personas pueden estudiar, comprender un contrato o reclamar un derecho por sí mismas porque la escuela llegó donde antes no existía o estaba reservada a unos pocos.
La viruela, que había matado durante milenios, fue erradicada en 1980 mediante vacunación y cooperación internacional. Es difícil encontrar una prueba más concreta de nuestra capacidad para cambiar un destino que parecía inevitable.
También aprendimos a nombrar derechos. La Declaración Universal de 1948 afirmó la igualdad en dignidad, prohibió la esclavitud y reconoció la educación como derecho. Que esas promesas sigan incumpliéndose en muchos lugares no borra el cambio: hoy existen principios desde los que una persona puede exigir lo que antes se le negaba por nacimiento.
La guerra nos obliga a mirar este progreso sin complacencia. En 2025 hubo 65 conflictos armados con participación estatal, el mayor número registrado desde 1946. Aun así, la proporción mundial de muertes por violencia organizada está lejos de la sufrida durante la Segunda Guerra Mundial. Hemos reducido una escala de destrucción y estamos viendo cómo crecen de nuevo los peligros.
Nada de esto ocurrió porque pasaran los siglos. Hubo personas que investigaron, enseñaron, vacunaron, organizaron servicios y disputaron derechos. El próximo avance dependerá de que sepamos sostener ese trabajo y hacerlo llegar a quienes aún viven fuera de sus beneficios.


