Maga-tontos, mega-tontos o maga-vivos: sobre la idiotez en la frontera de la maldad

Francisco J. Larios

Advertencia al lector: en este texto llamaré «fascistas idiotas» a los fascistas idiotas. No he encontrado sinónimo más preciso, y créame que lo he buscado. Personas que respeto me han recomendado incluso que no pierda el tiempo con ellos. Yo mismo me hago la reflexión, por un doble motivo. Primero, porque en efecto es un desperdicio. Segundo, porque no encuentro mejor manera de llamarlos. Y eso me deja mal sabor. Yo quisiera ser parte de una conversación amable y racional. Así que digo lo correcto, pero al decirlo lamento hacerlo —aunque no decirlo tampoco sería correcto.

Esto es parte del daño que hace esta gente, y debemos protegernos. No es humano renunciar a la indignación y la ira frente a su defensa del crimen, y en muchos casos frente a su práctica criminal. Hay que denunciarlos y combatirlos sin contemplaciones. Pero sin llegar a esa profunda y permanente herida que es el odio. Una vez derrotados, por los crímenes debe haber justicia, y por la complicidad, sanción social. Pero con un fin: liberarnos, y liberarlos también a ellos.

Por hoy no queda más remedio que aceptar nuestra incomodidad moral a sabiendas. Y ojalá esta reflexión aclare algo: el lenguaje que uno utiliza no puede ser menos que la furia justa que lo inspira. Porque la perversión de la evidencia en discursos como los de cierto comentarista —cuyo nombre no anotaré, pues no lo conozco ni sé si es persona real u operación de redes— es tal que uno no sabe dónde termina la idiotez y dónde comienza la maldad. Sea esta irregularidad mental o intervención de espíritu maligno, según cada uno crea.

De cualquier modo, incurren en la degradación moral e intelectual de equiparar a los críticos de un Estado —en particular el de Estados Unidos— con hijos ingratos. En este sinsentido, los críticos son «detractores». Al sujeto de marras le parece, seguramente, que ha dicho «destructores». Y estos «detractores» —dice— «se cobijan con el manto protector» del Estado al que critican. Tamaño complejo resulta especialmente revelador tratándose de gente que habla de libertad. Porque quien se siente «cobijado» por el manto de un Estado, como si fuese una concesión caritativa —y no reconocido y representado por derecho propio—, tiene alma de esclavo.

De ahí en adelante, la condición de esclavo voluntario se hace cada vez más clara. El esclavo alaba al amo. Lo defiende de quienes «depredan» sus dominios a través de «la inmigración ilegal». Al pobre señor hay que recordarle algo: el amo es precisamente quien decide quién es «legal» y quién no. Lo ha demostrado la situación de los inmigrantes con TPS. De un día para otro, y de un plumazo, pasaron de ser seres humanos normales —con derecho a ganarse la vida y a vivirla como cualquier congénere— a esa forma animal que detesta el amo: «ilegales». De un plumazo. Con la misma pluma que durante décadas convirtió en legales a todos los inmigrantes cubanos. La misma que hace que la mayoría de los mexicanos sean «ilegales», aunque estén aquí por necesidad mutua de su sociedad y la estadounidense.

El amo, pobre amo, carga muchas cruces: «tiene múltiples frentes de lucha que atender». Y aquí, la retahíla. El calvario de estupidez in crescendo. «El problema del terrorismo iraní», dice —y en esto no está solo—. ¿El problema del terrorismo iraní? La teocracia iraní es represiva, como todo gobierno autoritario. Sobre todo los que se justifican en mandatos divinos —tales como los que nuestro comentarista invoca para su amo estadounidense—. Es un problema para los iraníes que deseen un régimen liberal-democrático y laico. Que no son todos: véase en Estados Unidos la «excepción MAGA».

Pero las actividades internacionales del régimen iraní son parte de una interacción de violencia. En ella, Estados Unidos e Israel cometen violaciones a los derechos humanos en agresión militar tras agresión militar. Financian golpes de Estado, invasiones y ejecuciones fuera de toda ley. ¿No es eso terrorismo? Si no lo es, tampoco lo es el accionar iraní. Y si lo es, estamos ante un conflicto entre terroristas. ¿Los hay mejores o peores?

En la práctica, lo que transcurre es una guerra de larga duración. El Estado de Irán se enfrenta a otros Estados —Israel, Estados Unidos— y emplea los mismos métodos. Que se repita como mantra simplista el «nosotros buenos, Irán malo» …es sencillamente el triunfo de una narrativa legitimadora del poder imperial de Washington.

Tema muy serio, del que conviene tomar un respiro cómico con la siguiente afirmación: «el narcogobierno de Venezuela». Estamos otra vez ante narrativa generalizada, eslogan repetido a lo Goebbels, que termina imponiéndose como verdad aunque sea falso. Y es absolutamente falso que Venezuela sea un narco-Estado. 

Francamente, dudo que exista tal cosa. No conozco ningún país que se sostenga sobre la economía de las drogas prohibidas. Por lo general, ocurre lo contrario. El narcotráfico carcome el poder del Estado. Lo obliga a hacer concesiones en localidades donde el poder central carece de medios para imponerse. Concesiones de hecho, en el terreno, o institucionales, por medio de la corrupción. Pero de ahí a decir que el poder estatal deriva de las finanzas de un cartel, o de su fuerza militar, hay un largo trecho. Y Venezuela no podría ser ejemplo más claro: si de alguna sustancia depende, es del petróleo. Un petro-Estado, más bien.

Todo esto sin mencionar aún un pequeño detalle: el «redentor libertario» idolatrado por los fascistas maga-tontos es, hoy por hoy, el principal sostén político y financiero de la dictadura venezolana. Ese «frente de lucha» que supuestamente atiende. Alguien debería mostrarle al pobre comentarista la foto de los altos oficiales militares del imperio en amena y sonriente conversación con el «wanted, 25 million dollars» Diosdado Cabello.

Pero escuchen, por favor. Vienen otras sandeces de menor calado. La «lucha» contra el régimen de Cuba —sobre la cual el amo ya indicó que el asunto es que «no tienen petróleo»—. Y una supuesta enemistad con «la Nicaragua sandinista». No perderé tiempo en demostrar que el régimen de Ortega no solo se ha entendido con Estados Unidos durante veinte años, sino que este lo salvó, por intercesión del Capital —que es lo que cuenta en la capital… del imperio—. Tras estas piruetas, el comentarista mete el rabo entre las piernas. Agacha la cabeza. E impreca, con gruñido domesticado, a quienes «faltan el respeto al presidente».

Caso perdido. De nada valen la información ni el pensamiento para quien se arrastra y renuncia a su autonomía. Su lema pareciera ser: no pienso, no quiero pensar. Una especie de «¡Dirección General, ordene!». Es decir: más de lo mismo, y del mismo ADN. Y aquí volvemos al principio: si uno duda entre llamarlos idiotas o malvados, es porque ellos mismos no han tenido tiempo de decidirlo. Están esperando la orden.

Francisco Larios
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El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor derevistaabril.org.

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