Anatomía de una atrocidad

Cuando observamos una atrocidad solemos preguntarnos cómo fue posible. Miramos las ruinas, los muertos, el sufrimiento y la destrucción, e intentamos encontrar el momento exacto en que todo salió mal.

Pero quizá esa pregunta encierra un error.

Las atrocidades rara vez empiezan con una atrocidad.

Empiezan mucho antes, cuando algo que ayer nos parecía inaceptable comienza a parecernos comprensible. No correcto. No justo. Simplemente comprensible.

La historia está llena de esos pequeños desplazamientos: un miedo que parece razonable, una excepción que parece necesaria, una mentira que parece útil, una renuncia que parece insignificante.

Las grandes tragedias casi nunca aparecen de golpe. Se construyen lentamente, como una acumulación de decisiones que va empujando los límites de lo aceptable un poco más lejos cada vez.

En muchos casos, el miedo aparece al comienzo de la cadena: miedo a perder seguridad, poder, recursos o simplemente aquello que sentimos nuestro. Entonces llegan las justificaciones. Nos convencemos de que ciertas medidas son inevitables, de que determinadas personas representan una amenaza o de que algunas acciones, aunque desagradables, son necesarias.

Poco a poco dejamos de ver individuos y comenzamos a ver categorías: enemigos, invasores, traidores, obstáculos.

Resulta mucho más difícil hacer daño a una persona que a una etiqueta.

El Holocausto no empezó en los campos de exterminio. Ruanda no empezó con los machetes. Ninguna tragedia histórica comenzó en el momento por el que hoy la recordamos.

Y sería un error pensar que esto pertenece únicamente a los libros de historia.

También ocurre en escalas mucho más pequeñas.

Hay algo especialmente inquietante en las tragedias prolongadas. Con el tiempo, incluso el sufrimiento puede volverse familiar.

Lo vemos hoy en Gaza.

Tras meses y meses de bombardeos, desplazamientos, hambre y muerte, la tragedia continúa desarrollándose ante los ojos del mundo. No importa la posición política de cada uno sobre el conflicto. Lo preocupante es la facilidad con la que terminamos conviviendo con aquello que, en otro momento, nos habría parecido insoportable.

Al principio conmociona.

Después preocupa.

Más tarde deja de sorprender.

Y un día descubrimos que seguimos con nuestra vida mientras la tragedia continúa.

La tragedia sigue ahí.

Quienes sufren siguen ahí.

Lo único que disminuye es nuestra capacidad de verla.

Por eso vale la pena estudiar la anatomía de las atrocidades. No para señalar monstruos, sino para reconocer las señales cuando todavía parecen pequeñas.

Porque las atrocidades rara vez nacen completas.

Crecen paso a paso.

Y casi siempre resulta más fácil detener el primer paso que el último.

Oky Argüello
Oky Argüello es una escritora centroamericana radicada en España. Es autora de los bestseller El Coleccionista y Cuando la palabra sueña, además de otros libros de poesía y cuento. Con formación doctoral en Psicología y estudios multidisciplinarios, su trabajo se centra en el análisis contemporáneo de sistemas sociales y culturales, que desarrolla en distintos formatos, entre ellos Radar Oky (Substack).

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