Del altar a la mesa. Un poema de George Herbert

George Herbert es un poeta inglés del siglo XVII apenas conocido por los lectores en lengua española pero con una persistente tradición de lectores en inglés, que han encontrado en él consuelo y gozo estético desde la publicación de su libro El templo, en septiembre de 1633. Quizás lo que más sorprenda de su poesía es que, a pesar de tratarse de un autor explícitamente religioso, las reflexiones y emociones que constituyen sus poemas, rebrotan con naturalidad en quien, sin necesidad de compartir sus creencias, deja que sus palabras se cobijen en él.

Podría buscarse en Juan de la Cruz o en Fray Luis de León una figura semejante en lengua española, pero lo cierto es que Herbert no comparte el afán místico de aquel y, a diferencia de Fray Luis, sus poemas son exclusivamente devocionales. Hay algunos elementos de su poesía que le acercan a nuestra sensibilidad; está, por un lado, la precisión de una lengua que no rehúye las aristas del pensamiento crítico y el análisis minucioso de los propios motivos y, por otro, una alternancia entre la insatisfacción y la dicha con respecto a su experiencia vital y religiosa.

El espíritu de Herbert revive en los poemas de su casi contemporáneo Henry Vaughan, el autor de Silex Scintillans, que hizo de él su guía. El poeta romántico Coleridge confesó también, en una carta a William Collins, hallar más consuelo en su poesía que en toda la escrita desde Milton hasta sus días. Más próximo a nosotros, T.S. Eliot buscó, y quizás encontró, en las meditaciones poéticas de El templo –así como en la sociedad ideal de Little Gidding, estrechamente asociada a Herbert y que da título a uno de los cuartetos de Eliot- las certezas que anhelaba J. Alfred Prufrock en su «canción de amor» (versión de Andreu Jaume: T.S. Eliot, La tierra baldía, Lumen, 2015): 

He oído a las sirenas cantándose, cara a cara.
No creo que canten para mí. 

Quiero ahora centrar mi atención en uno de sus poemas. Se trata de «Amor (3)» (Antología poética, George Herbert: Animal Sospechoso, 2014; edición de Misael Ruiz Albarracín y Santiago Sanz) la última composición que aparece en la edición póstuma, impresa en 1633, de su libro El templo. Pero antes de adentrarnos en él, dejemos que sea el propio Herbert quien lo haga:

Me llamó Amor: mas vaciló mi alma,
de polvo y de pecado llena.
Amor, veloz, mi desmayo advirtiendo
desde que entrara yo primero,
se me acercó, dulcemente inquiriendo
si alguna cosa me faltaba.

Un huésped, contesté, digno de ti:
mas dijo Amor, ese eres tú.
¿Yo, el áspero, el ingrato? Ah, Señor,
yo no puedo mirarte a ti.
Amor tomó mi mano sonriendo:
¿y quién tus ojos hizo sino yo?

Cierto, mas los eché a perder: arrastro
en mi deshonra mi castigo.
¿No sabes, dijo Amor, quién con la culpa
cargó? Cuenta, Señor, conmigo.
Siéntate, dijo Amor, prueba mi carne:
entonces me senté y comí.  

Es muy revelador que, a pesar de ser el último poema del libro, no fuera el último que escribiera, sino que figuraba ya en un borrador anterior –el denominado manuscrito Williamson, que sólo recoge la mitad de sus poemas- acompañado de la palabra latina finis. Parece un indicio claro de que, al menos temporalmente, Herbert creía haber alcanzado en aquel momento lo que podía ser la solución a sus conflictos espirituales. 

Si en muchos otros de sus poemas asistimos a una protesta, no exenta de violencia, frente a la ansiada y siempre postergada unión con Dios, en «Amor (3)» presenciamos un delicado juego de urbanidad en el que el huésped titubea antes de dejarse convencer por su perspicaz anfitrión de que se siente a la mesa. 

Los poemas de Herbert parecen seguir con frecuencia una misma senda en direcciones opuestas. O bien comienzan, como en su composición más claramente autobiográfica, «Aflicción (1)», con una certeza espiritual:

Cuando por vez primera mi corazón tentas
teme pareció un magnífico servicio:
fue mucha la alegría que así me procuraste

para desembocar en una duda aparentemente contradictoria:

(…) Del todo me olvidaste, 
no dejes que te ame, si yo a ti no te amo. 

O, como sucede en el «El alzacuello», parten de la incomprensión y de un desafío a Dios sobre el mismo altar; algo especialmente grave si, como sugiere el título, proviene de alguien que ha consagrado su vida a Dios:

Di un golpe en el altar; lloré: no más.
Me marcharé.

para acabar hallando consuelo en una sola palabra:  

Mas delirando y cada vez más fiero
en mis palabras,
me pareció que uno a mí decía, Hijo:
y contesté, Señor

Es probable que Herbert fuera consciente de la línea invisible que une el altar, en el que se desarrolla la violenta escena con la que da comienzo al poema con ese otro altar más cotidiano que es la mesa en la que se sientan el huésped y su anfitrión en «Amor (3)». Ambos poemas son una representación dramática del movimiento interior que se produce en su mente al tratar de conciliar su anhelo de Dios con las limitaciones propias de toda vida humana. Sin embargo, al llegar a este último poema, la zozobra y el airado desaliento de la voz que habla en ellos se han convertido en un complejo sentimiento en el que se entreveran la timidez, la modestia y el simulado recato de quien dice dudar de su propia dignidad, se declara áspero e ingrato, y afirma no atreverse a fijar sus ojos en su anfitrión. 

En su magnífica biografía de Herbert, titulada Music at Midnight en alusión a su afición a la música, John Drury describe este poema como un reflejo de las convenciones habituales en las relaciones sociales de su época que consistían, entre otras cosas, en no aceptar de inmediato los favores de los superiores, mas sin excederse en la reticencia. Ese delicado equilibrio queda reflejado en las pocas líneas en las que el vacilante huésped pasa de resistirse a la amable insistencia del Amor:

(…) dulcemente inquiriendo
si alguna cosa me faltaba.

a aceptar compartir serena y educadamente su alimento con él. Ha desaparecido el despecho de quien, irritado, golpeaba el altar. La primera voz del poema no es un hombre irascible –como lo era en ocasiones el propio Herbert, según sus contemporáneos– sino un huésped algo receloso de quien, en realidad, ya es dueño de su corazón; quizás tema volver a sufrir un desengaño o, por el contrario, ha aprendido con esfuerzo el arte de la reticencia. La experiencia le ha enseñado que, antes de sentarse a la mesa, debe seguir los pasos adecuados –un ritual preciso, trabajosamente adquirido– para, con el trasfondo de la eucaristía, comer y beber de su carne:

Siéntate, dijo Amor, prueba mi carne:
entonces me senté y comí.

La convención que regula el trato entre los hombres es una disciplina que atempera toda posible exaltación, amorosa o religiosa, y aleja las palabras de Herbert de los conocidos versos a lo divino de la «Noche oscura» de Juan de la Cruz:

¡Oh noche que guiaste!,
¡oh noche amable más que la alborada!,
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
Amada en el Amado transformada!

Sólo una sensibilidad muy rudimentaria leería estas líneas en clave puramente erótica, aun cuando sepamos que el deseo es la forma fundamental de toda pulsión estética. Pero Herbert no anhela la disolución mística de sí mismo sino que, en vez de confundirse con su anfitrión, la cortesía, la amistad y el ritual le permiten sentarse a su mesa y comer su carne sin abandonar el mundo cotidiano. Herbert sigue una via media que pretende armonizar su ideal religioso con el mundo real y no, como en la via negativa de Juan de la Cruz, la aniquilación y la transformación del mundo real en el ideal:

«Amada en el Amado transformada». 

Tras una vida dedicada a la retórica, Herbert logra finalmente apaciguar su inquietud espiritual con unas pocas palabras sencillas que reflejan un acto sencillo: dejarse amar. ¿Qué salto se ha producido en su poesía? Si en «El alzacuello» Herbert es el «hijo» que, tras rebelarse ante Dios dando un golpe en el altar, se deja después arropar paternalmente por su «Señor», en su último poema accede a sentarse a la mesa de quien –desde la distancia de la cortesía– no trata de confundirse con él. A diferencia de quien aspira a la unión o disolución mística, el temperamento y las circunstancias de Herbert le impiden renegar completamente del mundo. Ha renunciado a su pompa y a su vanidad –abandona su puesto de orador de la universidad de Cambridge para ejercer de oscuro pastor en la pequeña parroquia de Bemerton–, pero sabe que aunque su sencilla aproximación a Dios no anula extáticamente sus propias limitaciones, en cierto modo su alma –o la idea que tiene de sí mismo– está imbuida de un amor que las supera.

Simone Weil dejó escrito que sufrió una transformación religiosa mientras leía precisamente este poema. Fue el efecto anticipado por el propio Herbert cuando hizo llegar en su lecho de muerte el manuscrito con sus poemas a su amigo Nicholas Ferrar para que, si creía que pudiera ser de utilidad a algún alma afligida, los publicara. No es casual que fuera «Amor (3)», y no alguna de las otras composiciones más intensas en las que Herbert escenifica el conflicto provocado por la resistencia de sus deseos mundanos a adaptarse a su ideal religioso, la que actuara de modo tan eficaz sobre la conciencia de Weil. Según confiesa, lo leía poniendo en él toda su atención –exigencia última de la poesía– y lo repetía como se repite un poema hermoso y no una oración. Intuyo que si abrió «su alma a la ternura que encierra» fue porque Herbert había destilado precisamente en ese poema un atributo esencial implícito en su ideal religioso: el amor. Aunque podría parecer una reducción de Dios a uno solo de sus elementos, es también quizás lo que facilita una lectura no estrictamente devocional del poema.

La relación cordial y llena de tacto entre el amor y su huésped en la escena que dibujan sus palabras es la solución definitiva que, en su imaginación poética y religiosa, Herbert alcanza para dar un orden armónico y posible al mundo real en el que vive: la medida que encauza el flujo constante y arbitrario de los acontecimientos y les da un sentido ideal. Si su libro refleja los altibajos de quien lucha por hallar un equilibrio más o menos estable entre Dios y las circunstancias del mundo en el que vive, «Amor (3)» representa el encuentro sereno y cortés de ambas realidades, lo que en uno de sus poemas, «Un himno verdadero», expresará musicalmente como «el acorde del alma con los versos».

Misael Ruiz
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MISAEL RUIZ (Bruselas, 1960) es autor de los libros de poesía El hueco de las cosas (Trea, 2010), Todo es real (Pretextos, 2017, XXX premio oliver belmás) y Una idea de mundo (Animal Sospechoso, 2022).

Ha editado y traducido la obra de R.S. Thomas (2008), Clive Wilmer (2011), Catherine Pozzi (2018), Lala Blay (2022) y, junto con Santiago Sanz, la poesía de George Herbert (XVIII premio de traducción ángel crespo, 2014) y George Santayana (2022).

Misael Ruiz

MISAEL RUIZ (Bruselas, 1960) es autor de los libros de poesía El hueco de las cosas (Trea, 2010), Todo es real (Pretextos, 2017, XXX premio oliver belmás) y Una idea de mundo (Animal Sospechoso, 2022). Ha editado y traducido la obra de R.S. Thomas (2008), Clive Wilmer (2011), Catherine Pozzi (2018), Lala Blay (2022) y, junto con Santiago Sanz, la poesía de George Herbert (XVIII premio de traducción ángel crespo, 2014) y George Santayana (2022).