El rabo que mueve al perro
Cuando empezó la presente guerra que Estados Unidos e Israel hacen a Irán, los periodistas se desgañitaban preguntando a Trump y funcionarios de su gobierno el porqué de la guerra. Querían saber cuál es el propósito, cuáles las metas, cuál es, a fin de cuentas, la razón de esa guerra terrible en la que se dispara todo tipo de armas del arsenal estadounidense e israelí a blancos militares, a infraestructura y a población civil, causando miles de muertos y una enorme destrucción material.
Trump y sus lacayos —llamemos las cosas por sus nombres— respondían las preguntas con un listado de mentiras que se modificaba constantemente. Intentaban con excusas insostenibles ocultar la razón de esta guerra. Ahora han pasado los días, hemos visto los estragos de la aventura imperial y ya no es necesario preguntar, ahora es claro para quien quiera verlo: lo que se persigue con esta guerra es la destrucción de Irán, hacerlo retroceder a una época anterior de la humanidad y destruir las posibilidades de su recuperación destruyendo todo aquello que sostiene al país, rompiendo su columna vertebral y cortando sus manos. Persiguen destruirlo como han venido destruyendo los países y los pueblos que rodean a la entidad sionista llamada Israel, que busca expandirse hacia esos territorios, eso que ellos llaman “Gran Israel”.
Como un cáncer —no encuentro mejor comparación que esta—, Israel, con armas proporcionadas por el gobierno de Estados Unidos, pagadas por los contribuyentes de este país, y con frecuencia con la intervención directa del ejército estadounidense —recuerde usted, por ejemplo, la guerra en Iraq—, ha venido destruyendo todo aquello que le rodea y avanzando sobre lo destruido. Lo más reciente, antes de esta guerra, fue el genocidio del pueblo palestino en la franja de Gaza y la destrucción casi total de este territorio para hacer imposible en él la vida de sus habitantes.
Benjamín Netanyahu, político israelí recientemente convertido en criminal de lesa humanidad y director del horroroso genocidio contra el pueblo palestino, llevaba cuarenta años tratando de convencer a los presidentes de Estados Unidos de hacer la guerra a Irán. Hasta el año 2025, cada uno de los presidentes a los que intento arrastrar a aquella aventura se negó rotundamente, pues sabían lo que significaba hacer la guerra a aquel enorme país, de una avanzada antiquísima cultura, que ya tenía un alto grado de organización y siglos de historia mientras en lo que hoy es Europa los humanos que la poblaban todavía vivían en pequeños grupos dispersos. Cada uno de esos presidentes sabía bien que atacar ese país, que en la actualidad tiene una población de más de 90 millones de habitantes, no iba a ser un paseíto, que se trata de gente de alta inteligencia, con un ejército enorme, con avanzados instrumentos bélicos y cuyos generales, oficiales y soldados conocen bien el arte de la guerra.
Fue solo hasta que apareció Donald Trump, un narcisista maligno, profundamente corrupto, amante del dinero, sin escrúpulos y con claros signos de demencia que le libera de todo freno, que Netanyahu pudo hacer realidad su sueño. La presidencia de los Estados Unidos, en la persona de Trump, fue comprada en parte con los cientos de millones de dólares proporcionados por la élite de milmillonarios, principalmente por Elon Musk, y por los cientos de millones de dólares proporcionados por sionistas israelíes y estadounidenses, principalmente por Miriam Adelson.
La enorme inversión hecha en la presidencia de Trump da ahora sus frutos a los inversionistas. La guerra de Irán es el retorno gigantesco de la —en comparación— pequeña suma invertida. Aquel fue un negocio redondo. Los sionistas compraron un presidente y ahora la política exterior de Estados Unidos hacia el Oriente Medio y aún más allá, la determina el gobierno de Israel. Es el rabo quien mueve al perro y no al revés.
Trump, que gusta de no pagar sus deudas y evadir sus obligaciones hacia sus inversionistas, probablemente esta vez fue obligado a cumplir, entre otras cosas más, por la amenaza de ver salir a luz todo lo que Israel sabe de él y de lo que el gobierno de ese país tiene pruebas fehacientes, incluyendo todo aquello que hizo en la época en que era el mejor amigo de Epstein. Con suerte un día sabremos esas cosas, o quedarán quizás en el misterio como ha quedado, por ejemplo, el asesinato del presidente John F. Kennedy.
Por el momento, Donald Trump hace el trabajo de Israel, paga sus corruptas obligaciones con la sangre de jóvenes estadounidenses y gasta miles de millones de dólares de los contribuyentes cada día, mientras en el país que desgobierna las cosas van cada día peor para su gente, y la pobreza y la miseria hacen presa de grupos cada vez más numerosos.
El pueblo estadounidense debe despertar de esta pesadilla, negarse a acompañar al presidente que por equivocación eligieron, en la destrucción dirigida de su propio país. Si hay un momento de salir a la calle a protestar este es ese momento, y no solo a las calles de Estados Unidos, pues esto concierne a todos, en todas partes. Esta guerra infame debe terminar, los agresores deben parar. No hay nada más urgente que esto.


