El teatro del absurdo: cuando la oposición nicaragüense se disfraza con ropa prestada

O cómo convertirse en el espejo de tu enemigo sin darte cuenta

Redacción

Imagínate esto: estás en una pelea a muerte con alguien que se viste de payaso. Y en lugar de quitarle el cuchillo que esconde detrás de la nariz roja, vos decidís vestirte de mimo. Así, más o menos, funciona la oposición nicaragüense en 2026 cuando insiste en definirse como «de derecha» solo porque Daniel Ortega y Rosario Murillo se pintaron de rojo hace cuatro décadas.

Mientras el resto del mundo ya superó la Guerra Fría —algunos países ni siquiera recuerdan qué significaba eso—, en Nicaragua seguimos discutiendo si sos del equipo rojo o del equipo azul, como si la política fuera un partido de fútbol eterno donde todos perdemos pero nadie puede abandonar el estadio.

El problema con las etiquetas viejas en un mundo nuevo

Hablemos claro: ¿qué carajos significa «izquierda» o «derecha» en 2026?

En los años setenta, la cosa era simple: izquierda quería decir más Estado, derecha quería decir más mercado. Punto. Podías trazar una línea recta y saber dónde estaba cada quien. Pero hoy, esa línea se convirtió en un garabato de niño de tres años.

Mirá al norte: tenés republicanos estadounidenses que abrazan el proteccionismo económico como si fuera su abuela favorita, algo que hace cincuenta años habría sido herejía de derecha. Del otro lado, tenés demócratas que van de la mano con Silicon Valley y Goldman Sachs, mientras hablan de justicia social en Twitter desde sus oficinas con baristas privados. En Europa, la «extrema derecha» defiende el Estado de Bienestar con más fiereza que muchos socialdemócratas. ¿Y la izquierda progresista? A menudo termina siendo el mejor amigo de Amazon y Google en nombre del multiculturalismo corporativo.

El mundo ya no se divide entre Estado y Mercado. Ahora se divide entre globalistas y soberanistas, entre tecnócratas y populistas, entre quienes creen en instituciones supranacionales y quienes quieren que cada país sea dueño de su destino. Pero sobre todo —y aquí viene lo importante— se divide entre quienes creen en la democracia liberal y quienes creen que el poder es para acumularlo y nunca soltarlo.

Entonces, cuando sectores de la oposición nicaragüense se autodenominan «de derecha», uno se pregunta: ¿de qué derecha estamos hablando? ¿La derecha libertaria que quiere Estado mínimo? ¿La derecha nacionalista que quiere fronteras cerradas? ¿La derecha conservadora que añora tradiciones que en Nicaragua ni siquiera existieron?

La respuesta, si somos honestos, es ninguna. Como bien lo señala la Revista Abril en su análisis lúcido de este fenómeno, lo que muchos han hecho es adoptar una etiqueta no por convicción programática, sino por «reacción visceral». Es como cuando tu ex se pone a salir con alguien y vos, solo por despecho, te ponés a salir con el tipo más opuesto posible. No es amor, es terquedad.

La trampa mortal del espejo

Aquí está el quid del asunto: Daniel Ortega y Rosario Murillo —esa pareja que convirtió un país entero en su hacienda privada— han logrado algo brillante y perverso a la vez. Han logrado que sus enemigos definan su identidad política únicamente como reacción a ellos.

Ortega dice «soy de izquierda» (aunque gobierne como un mafioso capitalista de Estado que haría sonrojar a cualquier empresario corrupto). Y automáticamente, sus opositores sienten que deben gritar «¡entonces nosotros somos de derecha!». Es como si el dictador fuera un ventrílocuo que mueve las cuerdas vocales de sus propios adversarios.

Pensá en la ironía: un régimen que:

  • Ha privatizado prácticamente todo (incluyendo el país mismo, que ahora es propiedad personal de la familia)
  • Reprime sindicatos independientes con más saña que cualquier patrón del siglo XIX
  • Hace negocios sucios con corporaciones internacionales a cambio de silencio político
  • Mantiene a la población en la miseria mientras sus hijos pasean en yates

…Este régimen se llama a sí mismo «de izquierda». Y hay gente que le cree. O peor: hay opositores que, por contradecirlo, se corren hacia el otro extremo del espectro sin pensarlo dos veces.

El economista Francisco Larios le pone nombre a este fenómeno: «ignorancia permitida». Es ignorancia porque se niega a ver lo obvio: que Nicaragua no tiene un problema ideológico, tiene un problema mafioso. Y es «permitida» porque resulta conveniente para todos los que juegan el juego. Para Ortega, porque le permite enmarcar cualquier oposición como «imperialista de derecha». Para ciertos opositores, porque les da acceso a fondos y simpatías internacionales.

Pero intentar derrotar a Ortega con argumentos ideológicos de la Guerra Fría es como querer apagar un incendio con un libro sobre la historia del agua. Interesante, quizás. Útil, para nada.

El negocio de las etiquetas: cuando la marca importa más que el país

Acá viene la parte incómoda, la que nadie quiere admitir en público pero todos saben en privado: muchas veces, estas etiquetas no tienen nada que ver con Nicaragua. Tienen que ver con Miami, con Washington, con Madrid.

La oposición nicaragüense en el exilio —y no toda, seamos justos, pero sí una parte considerable— ha desarrollado una extraña dependencia. Dependencia de donantes internacionales que, para soltar dinero, necesitan que entrés en sus casilleros mentales. ¿Sos pro-mercado? Aquí tenés financiamiento de think tanks conservadores. ¿Hablas de justicia social? Estos otros te abren las puertas. El problema es que Nicaragua queda como la mercancía en medio, no como el destino final.

Esto crea dos desastres simultáneos:

En lo interno: Mirá lo que pasó con grupos como Monteverde, ese espacio que prometía ser un puente generacional y terminó siendo otro campo de batalla semántica. Ahí se discute si fulano puede participar porque «fue sandinista en los ochenta», como si llevar una camiseta roja hace cuarenta años fuera un pecado original del que nunca te podés redimir. Mientras tanto, la capacidad real de movilizar apoyo internacional o de articular una estrategia coherente queda en segundo plano. Es como si estuviéramos seleccionando tripulación para un bote salvavidas preguntando primero por sus opiniones sobre Adam Smith.

En lo externo: Se genera lo que podríamos llamar una «oposición de marca». Diferentes grupos compitiendo por fondos, por reflectores, por ser invitados a foros internacionales. Cada uno con su logotipo, su narrativa empaquetada, su público objetivo. Pero si le preguntás a cualquiera de ellos: «¿Cuál es tu programa concreto para Nicaragua?», la respuesta suele ser un collage de generalidades que podría aplicarse a cualquier país entre Venezuela y Corea del Norte.

Y el nicaragüense de a pie —el que sigue viviendo bajo la bota de los Ortega-Murillo, el que tiene que decidir entre comer o comprar medicinas, el que ve cómo sus hijos se van en caravanas hacia el norte— no entiende ni le importa si la oposición es «de izquierda» o «de derecha». Lo que quiere saber es: ¿me van a sacar de este infierno o no?

La única línea que importa: democracia contra mafia

Olvidémonos del eje horizontal por un momento. Izquierda-derecha es una línea horizontal. Pero la verdadera batalla en el mundo de hoy es vertical: arriba están los sistemas democráticos, imperfectos pero funcionales, donde el poder se dispersa y se rota. Abajo están los autoritarismos mafiosos, donde el poder se concentra y se hereda como si fuera un negocio familiar.

Ortega y Murillo no son una ideología. Son una empresa criminal que se disfraza de gobierno. Manejan a Nicaragua como si fuera una franquicia de extorsión. Tienen su red de empresas fantasma, sus monopolios garantizados por decreto, sus sicarios con uniforme. Chayopalos, la empresa familiar que controla desde gasolineras hasta medios de comunicación, es más parecida a una operación del crimen organizado que a un proyecto político.

Y aquí está el peligro mortal para la oposición: cuando empiezan a celebrar posturas antidemocráticas solo porque vienen con la etiqueta «derecha» internacional.

He visto opositores nicaragüenses aplaudiendo políticas migratorias brutales en Estados Unidos o Europa, no porque crean en ellas, sino porque las proponen gobiernos «de derecha» que —supuestamente— son aliados contra Ortega. He visto a otros guardar silencio sepulcral cuando figuras de ultraderecha internacional atacan instituciones democráticas, solo por cálculo político.

Esto es un suicidio moral.

La única ventaja, la ÚNICA carta que tiene la oposición nicaragüense frente a un régimen que tortura, que encarcela, que desaparece gente, es la superioridad ética. Es poder decir: «Nosotros sí creemos en los derechos humanos, en elecciones limpias, en libertad de prensa, en división de poderes».

Pero esa superioridad se evapora como agua en el desierto cuando aplaudís autoritarismo en otro lado solo porque lleva tu color favorito. No podés pedir democracia para Nicaragua y luego celebrar cuando un político europeo dice que los inmigrantes son una invasión. No podés llorar por los presos políticos de Managua y luego mirar para otro lado cuando encierran niños en jaulas en Texas.

O sos demócrata, o no lo sos. No hay término medio. No hay «demócrata solo para mi país». Porque si creés en democracia por conveniencia, no creés en democracia. Creés en poder.

Nicaragua no necesita ser el patio de recreo donde otros países pelean sus guerras culturales. No necesita importar debates fabricados en Fox News o en Twitter europeo. Nicaragua necesita un modelo que la izquierda europea llamaría de derecha, que la derecha europea llamaría de izquierda, pero que cualquier nicaragüense con dos dedos de frente simplemente llamaría justicia.

El levantamiento que no usaba etiquetas

Acordémonos de abril de 2018. Acordémonos bien.

No fue una revolución de izquierda. No fue una rebelión de derecha. Fue una explosión de hartazgo. Empezó con estudiantes universitarios protestando por una reforma del seguro social —algo técnico, casi aburrido—. Pero se convirtió en algo mucho más grande porque tocó un nervio nacional que llevaba décadas inflamado.

La gente salió a las calles con banderas azul y blanco, no rojas ni negras. Salieron estudiantes que nunca habían leído a Marx ni a Hayek. Salieron campesinos que no sabían quién era Milton Friedman ni quién era Rosa Luxemburgo. Salieron comerciantes, maestros, amas de casa, taxistas, profesionales. Salió Nicaragua entera.

¿Y qué pedían? No pedían estatizar empresas ni privatizar hospitales. Pedían algo más simple y más radical: que Ortega se fuera. Que parara la represión. Que hubiera elecciones de verdad. Que Nicaragua dejara de ser un campo de concentración disfrazado de país.

Esa fue la esencia del levantamiento: principios, no ideologías. Dignidad, no doctrinas económicas. El deseo básico y humano de vivir sin miedo, sin que un gobierno te persiga por pensar diferente.

Y la respuesta del régimen lo dejó claro: cientos de muertos, miles de presos políticos, decenas de miles forzados al exilio. Nicaragua se vació. Familias enteras huyendo hacia Costa Rica, hacia Estados Unidos, hacia donde fuera. El régimen convirtió el país en un cementerio con fronteras.

Despertar del sonambulismo

La oposición nicaragüense tiene que despertar. Tiene que darse cuenta de que está peleando la guerra equivocada.

Mientras sigamos discutiendo si somos «de izquierda» o «de derecha», Ortega se ríe desde su bunker. Cada minuto que gastamos en esa discusión bizantina es un minuto que no estamos usando para articular un proyecto real de país. Para construir alianzas que funcionen. Para ofrecerle a los nicaragüenses algo concreto que puedan imaginar, desear, defender.

La unidad que Nicaragua necesita no es una sopa de letras ideológica donde todos aportan su receta del siglo pasado. Es un bloque sólido construido sobre tres pilares inquebrantables:

  1. Compromiso radical con los derechos humanos. Sin excepciones, sin asteriscos, sin «depende del contexto». Los derechos son universales o no son nada.
  2. Dispersión del poder. Nunca más un presidente que se queda décadas. Nunca más una familia que se apropia del Estado. Instituciones fuertes, controles reales, transparencia obligatoria, y el poder distribuido por toda la sociedad de tal modo que nadie sea tan poderoso que pueda erigirse en amo y señor.
  3. Decencia política básica. No robar. No torturar. No mentir descaradamente. Suena a lo mínimo, pero en Nicaragua sería revolucionario.

Esos tres pilares no son de izquierda ni de derecha. Son democráticos. Y cualquier nicaragüense, tenga el pasado que tenga, haya leído los libros que haya leído, puede plantarse sobre ellos.

Es hora de dejar de ser zombis ideológicos que repiten consignas importadas. Es hora de dejar de ser «derecha» o «izquierda». Es hora de ser, de una vez por todas, demócratas nicaragüenses.

Porque al final del día, cuando Ortega y Murillo estén pudriéndose en las cloacas de la historia donde les corresponde, nadie va a preguntar si los derrotamos desde la izquierda o desde la derecha. Van a preguntar si pudimos construir algo mejor.

Y esa, amigos, es la única pregunta que vale la pena responder.

Nicaragua no se salva con etiquetas. Se salva con dignidad, con inteligencia estratégica, y con la terquedad de quienes se niegan a rendirse aunque el camino sea largo y doloroso. El resto es teatro.

Elías Corvo

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