La conspiración de la izquierda internacional

Mario Burgos
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Los recientes sucesos en Mineápolis, Estados Unidos, han desembocado en un caos nacional. Pero el caos no se reduce al saqueo y vandalismo como resultado de las protestas a nivel nacional, las cuales en un 95% han sido pacíficas. El caos más bien empieza cuando frente a las cámaras unos policías torturan y asesinan a un hombre afroamericano en abierto desafío, no solo a los testigos presenciales, sino a los valores más elementales sobre los cuales hace unos 246 años fue fundada la nación estadounidense. Eso es lo que en realidad origina el caos, cuando nos damos cuenta de que todos nuestros valores morales están siendo cuestionados por las naciones del mundo y lo que es aún peor, cuando como estadounidenses nacidos o naturalizados nos vemos ante el espejo y nos preguntamos: ¿qué clase de nación hemos sido?  ¿qué clase de nación queremos ser? ¿Que clase de nación le queremos dejar a nuestros hijos? Llora Lincoln desde el mármol cuando se le parafrasea en este contexto.

También está claro que esta nación tiene grandes enemigos, y que se alegran e incluso intentan intervenir por medio de campañas mediáticas para provocar un caos aún mayor. Sin embargo, hay que escuchar a nuestros enemigos, no cuando nos calumnian sino en las raras ocasiones en que dicen la verdad. Tenemos que aceptar frente al espejo de nuestra historia que los recientes sucesos en Mineápolis han sido provocados, no por la izquierda internacional ni por el Deep State (“Estado Profundo”), sino por una larga historia de desprecio a la vida de las minorías, en la que el tono de la piel nos hace sospechosos por naturaleza, y es visto como una amenaza a la composición social y a la cultura de la mayoría. Hasta 1967, el año en que yo nací, los matrimonios interraciales eran prohibidos en muchos estados de la Unión. El mestizaje que entonces era prohibido hoy es visto como algo novedoso y curioso. Uno de mis profesores una vez me dijo: yo estaba parado en este mismo pasillo el día que entró el primer estudiante de color en este recinto. 
El racismo y la brutalidad policial que padecen las minorías en cifras desproporcionadas nos hacen cuestionar nuestra propia cultura y nuestra identidad como nación. Y si a esto sumamos las malas calificaciones obtenidas con respecto a muchos países desarrollados en cuanto a crimen, movilidad social, nivel de educación y consumo de drogas, entre otros males, no nos queda más que enfrentarnos ante el caótico reflejo de un espejo que muchos prefieren destruir antes que aceptar.

No hagamos caso a las calumnias de nuestros enemigos. Las mentiras que nos destruyen son las que inventamos para no admitir que a veces un enemigo nos puede decir una verdad. Si vamos a seguir creyendo que somos un país excepcional, no nos mintamos más, aún estamos a tiempo de serlo.