Terrorismo en Palestina: rescatar la historia en busca de la paz

<<La utopía es la única posibilidad realista: otro lugar, donde la humanidad aún no ha estado. Y esto es lo más triste de la historia.>>

Introducción

Este ensayo no tiene como propósito borrar de la historiografía ningún acto terrorista: la resistencia palestina ha empleado también métodos extremos, incluyendo secuestros y asesinatos de civiles. 

Por el contrario, se trata de rescatar lo borrado: el terrorismo como arma fundamental del movimiento sionista. Ausente del análisis, fuera de vista este fenómeno, se hace imposible entender el conflicto en toda su dimensión y dramatismo, y se hace inevitable reducirlo a una lucha injusta (la de los habitantes originarios) contra una población progresista y pacífica (la de los israelitas cobijados por el Estado de Israel) que apenas se defiende y defiende la “civilización”.  Se hace muy fácil también ocultar el fanatismo religioso que subyace buena parte del movimiento sionista, o lo utiliza para sus fines, y resalta la dimensión religiosa (musulmana, a pesar de la existencia de comunidades palestinas cristianas) de la resistencia palestina. 

Esto convierte el conflicto, falsamente—y convenientemente, para un Occidente históricamente islamofóbico— en una lucha de origen religioso, en la cual, irónicamente, el principal soporte del Estado de Israel pronuncia hoy en día loas nostálgicas a sus raíces «judeocristianas». La ironía de un Occidente «judeo», precisamente el que ha sido responsable por pogromos, Inquisiciones y discriminación anti-judía de todo tipo, es tristemente ejemplar de la hipocresía humana. 

El velo de la religiosidad así colgado en cortina de humo permite otra distorsión: la de afirmar, como un aislante ético, desde una perspectiva de superioridad colonial deshumanizante, que «el conflicto lleva miles de años», que «han vivido matándose», etc., racionalizaciones que pretenden borrar la marca occidental en el calendario de gestación del conflicto: si Hitler quiso una «solución final» al «problema judío» de la «cristiandad» Europea, el Occidente de la posguerra creyó encontrar esa «solución final» dando un «hogar» separado, una casa lejana, a las víctimas de su persecución recurrente, a los seguidores de la fe judaica en Europa. Solución que, en el más acendrado espíritu colonial, involucró entregarles a estos territorio de otros.

La creación del Estado de Israel en 1948 fue precedida por décadas de migración judía europea y organización sionista en Palestina. Este hecho es, sin duda, uno de los acontecimientos más transformadores y conflictivos del siglo XX. La llegada masiva de inmigrantes no solo alteró la demografía. Pronto, la violencia se convirtió en instrumento esencial para la conquista territorial.

La narrativa dominante en Occidente ha presentado este proceso como la culminación de una epopeya de retorno, enmarcada en la tragedia del Holocausto y la legitimidad histórico-religiosa del pueblo judío sobre la tierra de Palestina: textos sagrados de hace miles de años empleados a manera de “Constitución” universal. El Génesis, por ejemplo, convertido en documento legal en el que “Dios” asigna territorio a un “pueblo escogido”. 

Que la teología implícita en estos conceptos—ya no digamos su “jurisprudencia”—sea descabellada, no dificulta, más bien facilita, el uso ideológico-propagandístico.

La realidad documentada, sin embargo, es otra. Estas alegorías esconden una historia de violencia sistemática, terrorismo político, expropiación territorial y expulsión masiva de la población originaria. Sus efectos persisten hasta hoy.

Este artículo explora la genealogía de la violencia sionista, los crímenes documentados del Estado de Israel y el silenciamiento de estas realidades en la narrativa occidental, en contraste con la resistencia palestina, tanto pacífica como violenta, tanto convencional como terrorista, que es metódicamente demonizada y desproporcionadamente representada como el principal (cuando no el único) foco de violencia.

Al final del ensayo, con la redundancia que produce esta tragedia latente y recurrente, me atrevo —atrevimiento nacido del temor a una debacle que considero tristemente más probable— a afirmar que la única solución humanitaria realista es, en este caso, la utópica: un estado, Palestina (quizás incluso podría llevar otro nombre, pero es evidente que «Israel» lleva la carga del drama en cada letra), laico, democrático, en el que convivan todos los grupos que actualmente habitan la tierra, unos llegados en las últimas décadas, otros—la mayoría— cuya raíz se hunde en la oscuridad del tiempo.

Sionismo y migración: la génesis de un proyecto colonial

El sionismo surge en Europa a finales del siglo XIX como un movimiento nacionalista judío, articulado principalmente por figuras como Theodor Herzl, que propone la creación de un Estado judío en Palestina. El contexto es el antisemitismo europeo y la influencia de los nacionalismos y colonialismos de la época. El sionismo se configura como un proyecto colonial, con el objetivo explícito de establecer una cabeza de playa para la inmigración de cientos de miles de judíos europeos en un territorio ya habitado.

Desde finales del siglo XIX, el movimiento sionista proyectó la creación de un Estado judío en Palestina. Conviene subrayar que esa región estaba habitada, desde hacía milenios, por sociedades ajenas a las europeo-judías. 

No sólo era diversa por su herencia étnico-cultural, sino que, desde el siglo VII de nuestra era, tras la expansión islámica, la población predominante se identificaba como árabe y musulmana. Durante todo este largo período histórico, Palestina fue también hogar de antiguas comunidades cristianas (principalmente ortodoxas, armenias y latinas) y judías (sefardíes y mizrajíes), que convivían en condición minoritaria y, hasta entonces, ninguna de ellas había reclamado la constitución de un Estado impuesto sobre las demás.

La coexistencia relativa de estas comunidades fue una característica fundamental de la región durante los siglos de dominio otomano (1516–1917), donde el sistema de “millets” permitía cierta autonomía religiosa y administrativa, sin que existiera un nacionalismo judío territorializado o proyectos de soberanía estatal judía previos al sionismo. Incluso durante el Mandato Británico (1917–1948), la vida social y política estuvo marcada por la pluralidad religiosa y la integración parcial de minorías, hasta que la llegada masiva de inmigrantes judíos europeos y la aparición de movimientos sionistas alteraron radicalmente el equilibrio demográfico y político.

En suma, la región elegida por el sionismo tenía una larga tradición de convivencia entre comunidades musulmanas, cristianas y judías. Ninguna había reclamado la constitución de un Estado nacional excluyente, ni la imposición de un régimen estatal sobre las demás.

Una de las primeras actividades del movimiento sionista fue la adquisición de tierras, facilitada por la debilidad del Imperio Otomano y luego por el Mandato Británico. En las décadas de 1920 y 1930, el proceso de migración se aceleró con olas sucesivas de inmigrantes. La persecución nazi incrementó aún más este flujo.

Terrorismo sionista antes de 1948: grupos, líderes y tácticas

El proceso de asentamiento sionista en Palestina no fue pacífico. Desde los años 1920, pero sobre todo en la década de 1940, diversos grupos paramilitares sionistas recurrieron a la violencia sistemática, al terrorismo y a la intimidación para expulsar o aterrorizar a la población local y a las autoridades británicas del Mandato.

Principales grupos y sus líderes

Haganá 

Formada en 1920, la Haganá fue el principal grupo paramilitar sionista, precursor del futuro ejército israelí (Tsahal). Sus líderes incluyeron a David Ben-Gurion (posterior primer ministro), Yitzhak Sadeh y Moshe Dayan.

Irgun (Etzel) 

Fundado en 1931 por Ze’ev Jabotinsky y el movimiento revisionista sionista como escisión de la Haganá, adoptó desde su origen una estrategia de violencia ofensiva. A partir de 1943, su comando recayó en Menachem Begin, quien lo condujo hasta la disolución del grupo en 1948 y sería más tarde primer ministro de Israel (1977–1983).

Lehi (Stern Gang)

Fundado en 1940 por Avraham Stern como escisión del Irgun, Lehi, un grupo marginal, llegó, en enero de 1941, a proponer colaboración con la Alemania nazi y la Italia fascista contra Gran Bretaña, bajo la lógica de que el enemigo del enemigo era un aliado potencial. Este hecho, documentado, nunca fue aceptado por los nazis ni por la mayoría del liderazgo sionista. Tras la muerte de Stern en 1942, el grupo fue liderado en parte por Yitzhak Shamir, futuro primer ministro de Israel (1983–1984 y 1986–1992).

Tácticas y crímenes

Los grupos sionistas emplearon tácticas de terrorismo clásico: atentados con bombas en mercados, hoteles, trenes y edificios públicos; asesinatos selectivos de líderes británicos, árabes y palestinos; destrucción de infraestructura; y campañas de miedo para forzar la huida de la población local.

Casos emblemáticos:

Atentado al Hotel King David (1946): El Irgun, dirigido por Menachem Begin, colocó explosivos en el hotel, sede administrativa británica, matando a 91 personas (británicos, judíos y árabes).

Asesinato de Lord Moyne (1944): El Lehi asesinó al ministro británico en El Cairo.

Masacre de Deir Yassin (1948): Irgun y Lehi, con apoyo de morteros de la Haganá, atacaron la aldea de Deir Yassin el 9 de abril de 1948, masacrando al menos a 107 civiles —según el historiador israelí Benny Morris y la historiografía académica predominante—aunque reportes contemporáneos del gobierno británico a la ONU elevaron la cifra a 250. El ataque fue deliberado, metódico y desencadenó un éxodo de pánico en toda Palestina.

Atentados contra mercados y autobuses: Decenas de ataques, documentados por la historiografía británica y palestina, con saldo de cientos de muertos y heridos.

La violencia sionista fue sistemática y estratégica, buscando vaciar territorios y crear condiciones para la llegada de nuevos inmigrantes, lo que se fue intensificando conforme se acercaba la fecha de la independencia.

Violencia en la creación del Estado de Israel: la Nakba

La declaración de independencia de Israel el 14 de mayo de 1948 fue precedida y seguida por una campaña militar, conocida en árabe como “Nakba” (catástrofe), que la historiografía crítica denomina “limpieza étnica”, aunque el término sigue siendo objeto de debate en algunos sectores académicos y mediáticos. 

La represión no terminó con la Nakba. Por el contrario, se intensificó y transformó en nuevas formas de violencia y control. Fuerzas sionistas como la Haganá, el Irgun y el Lehi ejecutaron operaciones sistemáticas para expulsar a la población palestina de sus tierras, destruyendo aldeas y perpetrando masacres.

Expulsión y expropiación

Expulsión masiva: Se calcula que entre 750,000 y 800,000 palestinos fueron expulsados de sus hogares, convirtiéndose en refugiados. Más de 500 aldeas y ciudades palestinas fueron destruidas o vaciadas.

Expropiación de tierras: Las propiedades palestinas fueron confiscadas mediante leyes de “ausentes” y otras disposiciones legales implementadas por el nuevo Estado de Israel.

Campos de refugiados: Los expulsados se asentaron en campos de refugiados en Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria y Jordania, donde generaciones han vivido en condiciones de precariedad.

Algunas Masacres documentadas

Deir Yassin (1948): Ya mencionada, fue un símbolo de la campaña de terror y uno de los detonantes del éxodo palestino.

Lydda y Ramle: En julio de 1948, la Haganá expulsó a decenas de miles de palestinos, acompañando el éxodo con masacres (la “Marcha de la Muerte”). Según historiadores como Benny Morris, cientos fueron asesinados.

Tantura, Dawaymeh, Al-Duwayma: Masacres de aldeanos, con saldo de decenas a centenas de muertos.

Líderes responsables

David Ben-Gurion: Primer ministro, arquitecto de la política de expulsión y expropiación.

Yitzhak Rabin: Comandante militar en Lydda y Ramle, responsable de la expulsión masiva.

Moshe Dayan: Comandante militar, responsable de varias operaciones de limpieza.

Menachem Begin y Yitzhak Shamir: Líderes de Irgun y Lehi, implicados en masacres y atentados.

Narrativas y silenciamiento en Occidente

La narrativa dominante en Occidente ha presentado la violencia sionista como defensa legítima, minimizando o justificando las campañas de terror y la limpieza étnica. El Holocausto ha sido instrumentalizado para legitimar el proyecto sionista, mientras que la resistencia palestina ha sido demonizada y presentada como terrorismo sin contexto.

Silenciando la Nakba: Durante décadas, la Nakba fue ignorada en la historiografía occidental, y los testimonios palestinos minimizados o deslegitimados.

Falsas equivalencias morales: Se condena el terrorismo palestino, se extirpa de la narrativa la violencia terrorista del sionismo. La extirpación implica el abandono de todo esfuerzo intelectual y ético para examinar la desproporción y diferencia entre ambos. El terrorismo palestino es una realidad. El terrorismo del Estado de Israel (y sus aliados) es una realidad. Que el terrorismo de Israel es escalarmente masivo frente al palestino es una realidad. Que el terrorismo de Israel es estructural es una realidad. ¿Qué realidad escogemos ver?

Justificación de la expropiación: La narrativa del “retorno” ha servido para justificar la conquista y la expulsión, ignorando el hecho de que la mayoría de los inmigrantes no tenían vínculos directos con Palestina.

Resistencia palestina y violencia: asimetría y demonización

La resistencia palestina, desde la expulsión hasta la actualidad, ha incluido actos armados, atentados terroristas y campañas militares, pero su escala e impacto ha sido incomparable a la campaña de terror sionista.

Fedayín: Guerrillas palestinas en los años 50 y 60, ataques menores a infraestructura israelí.

OLP y grupos armados: Atentados en los años 70 y 80, incluidas operaciones contra blancos civiles, condenadas internacionalmente.

Hamas, Jihad Islámica: Ataques militares, atentados terroristas, algunos de ellos suicidas, y lanzamiento de cohetes desde Gaza en las décadas recientes.

Hechos históricos: el número de víctimas palestinas (civiles y combatientes) supera, y por múltiplos, al de víctimas israelíes; la infraestructura de resistencia carece de los recursos y el respaldo internacional del Estado de Israel.

Crímenes documentados del Estado de Israel desde 1948

Desde su establecimiento, Israel ha continuado una política de violencia estructural, ocupación, expropiación y represión, documentada por organismos internacionales y la historiografía crítica.

Guerras y ocupación

Guerra de 1948: Expulsión masiva de palestinos, destrucción de aldeas.

Guerra de 1967 (Guerra de los Seis Días): Ocupación de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este, expulsión de más palestinos, inicio de la colonización de territorios ocupados.

Guerras de invasión en el Líbano (1982, 2006): Masacres de Sabra y Shatila, bombardeos masivos.

Represión y masacres

Sabra y Shatila (16–18 septiembre 1982): masacre perpetrada por la milicia Falangista libanesa con el respaldo logístico del ejército israelí, que controlaba el perímetro e iluminaba el campo con bengalas. Las estimaciones de muertos van de 700–800 (según la propia Comisión Kahan, que estableció responsabilidad «indirecta» del Estado de Israel y «personal» del ministro de Defensa Ariel Sharon) hasta 3,500 según investigaciones independientes. La Asamblea General de la ONU calificó los hechos como un acto de genocidio (Resolución 37/123).

Operaciones en Gaza: Bombardeos masivos (2008, 2012, 2014, 2021, 2023), miles de muertos civiles, destrucción de infraestructura sanitaria, escolar y residencial.

Represión en Cisjordania: Asesinatos selectivos, detenciones arbitrarias, demoliciones de viviendas, restricciones de movimiento, expansión de asentamientos ilegales.

Expropiación y expansión

Colonización de territorios ocupados: Según la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos (OHCHR, marzo de 2025), más de 737,000 colonos israelíes residen en asentamientos ilegales: aproximadamente 504,000 en Cisjordania y 234,000 en Jerusalén Este, cifra que crece a ritmo acelerado bajo el gobierno más derechista de la historia de Israel.

Despojo sistemático: Confiscación de tierras palestinas, demolición de viviendas, desplazamiento de comunidades beduinas.

Víctimas y campos de refugiados

Según las Naciones Unidas, desde 1948 más de 5 millones de palestinos se han convertido en refugiados.

Los campos de refugiados son epicentros de precariedad, violencia y privación, sujetos a bombardeos periódicos y bloqueos.

Conclusión: una historia de violencia y poder silenciada

El movimiento sionista, desde antes del establecimiento oficial del Estado de Israel, recurrió a la violencia agresiva y terrorista para establecer una cabeza de playa al desembarco de cientos de miles de emigrantes europeos. 

Bajo la racionalización del “regreso histórico”, conquistó casi todo el territorio palestino y expulsó a la mayoría de su población originaria. La narrativa dominante en Occidente ha obnubilado estos hechos, realzando la violencia de las poblaciones aborígenes en resistencia a la ocupación. 

Sin duda, esta resistencia ha incluido actos terroristas, aunque estos sean comparativamente de mucho menor escala e impacto que la campaña de terror que ha establecido y mantenido el poder sionista, aún en expansión. 

Los crímenes documentados, la expropiación, la represión y la ocupación continúan, mientras millones de palestinos viven como refugiados, privados de derechos fundamentales y de la posibilidad de retornar a su tierra ancestral.

La historia oficial occidental ha silenciado esta realidad, pero las fuentes críticas y la documentación histórica permiten reconstruir una genealogía de violencia y colonialismo que debe ser reconocida para comprender el conflicto y buscar soluciones justas y duraderas.

Epílogo: ¿Y la paz, cuándo, cómo?

Basándonos en la historia, y si la correlación de fuerzas continúa favoreciendo desproporcionadamente al Estado de Israel, lo previsible es la marcha inexorable hacia la ocupación de todos los territorios que permitan la construcción del mítico reino Abrámico («del Wadi de Egipto al Éufrates», cita el Génesis). Digo “la marcha”, no la fruición, ya que múltiples violencias y cataclismos, dislocaciones y exterminios habrían de ocurrir en el proceso, cuya culminación no es pronosticable más que como un rastro de sangre.

Desde un punto de vista humanitario, humanista, si la paz es verdaderamente un valor que puede asentarse entre nosotros, la convivencia respetuosa ha de ser su andamio. ¿Qué requiere esta? Primeramente, no hay que ser muy astuto para concluir que el movimiento sionista debe ser derrotado en todos los frentes en que se dé la lucha (y ojalá, por el bien de todos, y por el bien del bien, la dimensión violenta de esta lucha pudiera evitarse o minimizarse). Derrotar al movimiento sionista, entendido como derrotar las políticas coloniales y violentas, no significa eliminar la identidad o la presencia judía en la región.

En segundo, y trágico lugar, repito aquí lo que he escrito antes: en el drama de Palestina la única solución realista (desde un punto de vista de los derechos humanos) es la solución utópica. 

Si hemos de evitar el exterminio de un grupo por otro, o el exterminio mutuo, no puede haber tampoco dos grupos atrincherados en dos Estados que continuarían indefinidamente la guerra hasta llegar al exterminio de uno por el otro o el exterminio mutuo. 

La utopía se alza como la única posible forma de convivencia: un Estado, Palestina. Quizás podría o debería llevar otro nombre. Es evidente que el de «Israel» lleva una carga dramática insostenible en cada letra.

Un Estado laico, democrático, en el que convivan todos los grupos que actualmente habitan la tierra, unos llegados en las últimas décadas, otros cuya raíz se hunde en la oscuridad del tiempo.

La utopía es la única posibilidad realista: un lugar donde la humanidad aún no ha estado. Eso, precisamente, es lo más triste de la historia.

Francisco Larios
Francisco Larios

El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor derevistaabril.org.

Artículos de Francisco Larios

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El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor de revistaabril.org. Artículos de Francisco Larios