El régimen Ortega-Murillo, ¿moribundo?

Oscar René Vargas
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La expresión social de la depresión económica se agravará en los meses que siguen y los amortiguadores para absorber su impacto se agotarán para resistir el embate del desempleo, la carencia de ingresos y el deterioro del patrimonio de las familias.

En Nicaragua, estamos ya acercándonos al último trimestre de 2020 y la actividad económica nacional no crece desde el segundo trimestre del año 2018. El dato duro es que continúa paralizada la economía; parálisis que, como en caldero, cuece la trampa de la depresión económica, vulgar y exageradamente sazonada con desigualdad y pobreza masiva. La depresión será un factor importante del creciente empobrecimiento de la sociedad en su conjunto.

Las cifras del Banco Central de Nicaragua (BCN) nos demuestran la ineludible realidad: crecimiento negativo y sus implicaciones sobre los niveles de vida del conjunto de los nicaragüenses, aunque, en primer término, sobre las capas sociales más vulnerables. La magnitud de la recesión será enorme. Su curso sigue y aún le falta mucho recorrido.

Con la recesión, la capacidad industrial ociosa se empezó a incrementar. ¿Qué sucede en ese caso?

– La rentabilidad y las ganancias descienden;

– Las empresas cierran operaciones;

– Los empleos se pierden;

– La capacidad de subsistencia cae;

– El mercado interno se contrae;

– La recesión se transforma en depresión.

Desde abril 2020, hemos venido diciendo que la recesión se iba a transformar en depresión, creando más cisnes negros en la economía nicaragüense. A partir de octubre 2020, Nicaragua entrará técnicamente en depresión económica; después de haber experimentado 10 trimestres de crecimiento económico negativo y haber acumulado una tasa de -14.13% de crecimiento negativo del PIB. Según datos del Banco Central de Nicaragua, el salario promedio del gobierno central en 2018 era de C$ 11,331.9 córdobas mensuales, el cual ha permanecido igual en el 2019 y 2020 y será igual en 2021; mientras que el costo de la canasta básica se ha incrementado hasta llegar, a la fecha, a la cantidad de C$ 15 mil córdobas mensuales.

Desde abril de 2018, el INSS ha venido perdiendo cotizantes. En diciembre de 2017, el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS) contaba con 913,797 afiliados; en agosto de 2020 la cantidad de afiliados descendió a 693,476. Por lo tanto, entre diciembre 2017 y agosto 2020 se desafiliaron 220,327 personas producto de la recesión que implicó cierre de empresas, contracción del sector construcción, comercio, turismo, servicio y la banca. De acuerdo al Dr. Julio Francisco Báez, presidente del Instituto Nicaragüense de Investigaciones y Estudios Tributarios, la actividad comercial ha caído en -13.5%, mientras la actividad bancaria se ha desmoronado en -14%. Por otra parte, los servicios comunales y personales se hunden en -8%, y la industria manufacturera se empequeñece de -3%. Por último, se desplomó en -47% la construcción.

En marzo de 2018 la cartera bruta de crédito ascendía a US$ 5,076 millones de dólares (incluyendo los préstamos en córdobas) y en mayo de 2020 descendió a US$ 3,333 millones de dólares, lo que significa una reducción de US$1,743 millones de dólares. La tendencia permite anticipar que en el segundo semestre del año 2020 la economía nacional sufrirá una mayor contracción. De acuerdo a FUNIDES, el índice de morosidad de los bancos fue de 3.7% en julio 2020 (equivalente a US$ 125 millones de dólares) y la cartera de riesgo fue de 15.9% (correspondiente a US$ 530 millones de dólares). En junio 2020, el índice de morosidad de las microfinancieras era de 11.3% y la cartera en riesgo fue de 21%. Desde el 2018, los bancos reportaron sus mayores caídas de ganancias y un aumento en los préstamos morosos y/o deudas incobrables. Se espera que el impacto de la depresión económica incremente en los próximos meses la morosidad, el riesgo de los bancos y la caída de las ganancias.

Y no olvidemos que en Nicaragua, el 94% del presupuesto nacional es financiado con impuestos. Según el Ministerio de Hacienda y Crédito Público, entre enero y marzo 2020 se recaudaron -sin incluir los no tributarios- la cantidad de C$ 21,316.6 millones de córdobas. Sin embargo, las finanzas del Estado resintieron la caída de un -23.86% de la recaudación fiscal durante el segundo trimestre de 2020, como efecto de una profundización de la recesión durante la crisis sanitaria. Es por ello que el Dr. Báez nos indica que el IR (Impuesto sobre la Renta, que aporta el 44% a la recaudación de impuestos), alcanzó una recaudación de +12.9% entre 2018-2019. En cambio, entre 2019-2020 la recaudación cayó en un -6.5%. Por otro lado, en el primer semestre del 2018-2019 la recaudación del IVA (que contribuye en un 30% de la recaudación de impuestos), fue de un +5%. En cambio, en el primer semestre de 2019-2020 esa misma recaudación cayó en -18.7%.

La expresión social de la depresión económica se agravará en los meses que siguen y los amortiguadores para absorber su impacto se agotarán para resistir el embate del desempleo, la carencia de ingresos y el deterioro del patrimonio de las familias. Al extinguirse los amortiguadores, el descontento socio-político se incrementará. Esto implica confrontar al poder dictatorial. Todo esto es el diagnóstico económico-social de un régimen moribundo y que no se termina de morir. Este régimen dictatorial sobrevive con el puño aferrado a la palanca del oxígeno del dinero de organismos financieros internacionales y de la compra de bonos por parte de los banqueros. La población sigue expectante ante este cuadro decadente y la oposición formal no se pone de acuerdo sobre como desenchufar a este paciente problemático, postrado, en fase terminal, agonizante pero sin muerte cerebral.

Algunos que ayer decían promover la unidad para derrotar a la dictadura, hoy propugnan sin decirlo la dispersión de las fuerzas y la división en las bases. El ego personal, desorbitado y sin límites, sustituye cada día la racionalidad del esfuerzo común y la acción unitaria que demanda la oposición real. La historia política de los sectores sociales “subalternos” de Nicaragua, es decir la de los trabajadores, los estudiantes, los campesinos, las mujeres, los jóvenes, los desocupados y todos los ciudadanos en general, ha sido disgregada y episódica. En la actividad histórica de estos sectores sociales existe la tendencia a la unificación en la acción, por ejemplo, de abril a septiembre 2018. Pero esa unidad ha sido continuamente rota por la iniciativa de los poderes fácticos dominantes, con el objetivo de sembrar entre los sectores sociales la desconfianza y la división. Una tiranía sólo es derrotada cuando los ciudadanos “de a pie” confían entre sí y se organizan, discuten, confrontan ideas y buscan soluciones concretas para salir de la dictadura.

La lucha política cotidiana se ha reducido a una cesión y concesión del gobierno para mantener en lo posible su dominación, pero también es el resultado de una conquista y de una ganancia de posiciones por parte de la oposición real (hoy desarticulada). Mientras no haya lucha política cotidiana, unitaria y opositora, el régimen no tiene porqué ceder en nada. Para ganar posiciones hay que activar la lucha política cotidiana, hay que organizar gente tras gente, ciudad tras ciudad, municipio tras municipio, para acumular la fuerza necesaria para producir la caída de la dictadura.


Si los dirigentes de la oposición formal no son capaces de articular una alianza válida, que aglutine y organice a los sectores más representativos de la oposición real (es decir a los trabajadores, a los pequeños y medianos emprendedores, estudiantes, campesinos, mujeres, jóvenes…), para desarrollar un poder paralelo al poder dictatorial, entonces la derrota del régimen seguirá siendo una quimera. ¡Ortega necesita capital, necesita préstamos, necesita reestructurar la deuda, necesita dinero! La oposición formal tiene que ponerse de acuerdo en un solo principio: ¡desconectar al moribundo! Todo lo demás es palabrería inútil.