El valor de aquello que las guerras destruyen
Cuando hablamos de una guerra contamos muertos, heridos, desplazados, edificios destruidos, kilómetros conquistados o perdidos y millones gastados. Es necesario hacerlo. Pero las cifras tienen una limitación: cuentan aquello que podemos medir.
Lo primero que destruye una guerra es irreemplazable: una vida humana. Detrás de cada número hay alguien que tenía nombre, familia, recuerdos y planes para la semana siguiente, y que probablemente no decidió la guerra que terminó pagando.
Las guerras posteriores al 11 de septiembre en Afganistán, Irak, Pakistán, Siria y Yemen causaron más de 940.000 muertes directas entre 2001 y 2023, según Costs of War de la Universidad de Brown. Al sumar las muertes indirectas por hambre, enfermedad y colapso de los sistemas que permiten vivir, la estimación asciende a entre 4,5 y 4,7 millones.
Y la contabilidad sigue creciendo.
En Ucrania, Naciones Unidas había verificado hasta el 31 de julio de 2026 al menos 16.874 civiles muertos y 51.273 heridos desde la invasión rusa, aunque advierte que la cifra real es mayor. Del otro lado, Mediazona, un medio ruso independiente que trabaja con BBC Russian, había identificado por nombre a 242.750 militares rusos muertos hasta el 28 de agosto, aunque considera que el número real es mayor. Las bajas militares ucranianas son más difíciles de establecer con independencia y las estimaciones disponibles divergen considerablemente. En algunas guerras ni siquiera sabemos todavía cuántos seres humanos hemos perdido.
En Gaza, el Ministerio de Salud reportaba al 26 de agosto 73.438 palestinos muertos y 174.447 heridos desde el 7 de octubre de 2023. En Israel, unas 1.200 personas fueron asesinadas aquel día, además de los militares muertos posteriormente. Las cifras no son metodológicamente idénticas, pero una vida no necesita ser estadísticamente comparable para haber sido perdida.
En la guerra iniciada contra Irán el 28 de febrero de 2026, un balance publicado seis meses después, a partir de cifras oficiales de los países afectados, contabilizaba al menos 3.527 muertos en Irán, 4.350 en Líbano, 60 en Israel, 28 en los Estados del Golfo y 18 militares estadounidenses. Al menos 7.900 personas en seis meses.
Quienes mueren no pertenecen a una sola bandera. La guerra siempre termina encontrando a personas que no estaban en la habitación donde fue decidida.
Pero hay otra contabilidad que hacemos mucho menos.
En Ucrania, UNESCO había verificado al 29 de julio daños en 545 lugares culturales; en Gaza, 164 hasta marzo. Siria dejó Palmira mutilada. Y Yemen, casas históricas destruidas en Saná, una ciudad habitada desde hace más de 2.500 años.
Una casa puede reconstruirse. Un hospital también. Incluso una ciudad puede levantarse de nuevo.
Pero no podemos reconstruir dos mil años.
Tampoco podemos fabricar de nuevo un ecosistema que necesitó millones de años para formarse. En Gaza, la guerra ha destruido gran parte de la agricultura y afectado acuíferos, suelos y sistemas de agua.
Y ahora tenemos Ormuz.
A ambos lados del estrecho que hoy vemos como ruta petrolera o pieza de estrategia militar existe uno de los paisajes geológicos más extraordinarios del planeta. La isla iraní de Ormuz posee montañas de sal, minerales de colores y formaciones creadas durante millones de años.
No he encontrado evidencia de que hayan sido destruidas por la guerra actual. Y precisamente por eso vale la pena mencionarlas.
Porque están allí.
En seis meses de guerra, el tránsito por el estrecho cayó de más de cien barcos diarios a un promedio de apenas siete. Lo que aparece en nuestras pantallas como una arteria energética es también un ecosistema real, con costas, islas, comunidades y especies.
Y el daño ambiental ya no es hipotético. En agosto, una gran mancha de petróleo llegó a las costas de Qeshm después del ataque a un buque, mientras el conflicto dificultaba las tareas de limpieza.
Así empieza otra guerra, mucho más lenta: la del petróleo en el agua, los contaminantes en el suelo, los acuíferos dañados y los hábitats que no aparecen en ningún parte militar.
¿Quién calcula el valor de lo que no puede reponerse?
Un general puede calcular el valor estratégico de un puente. Un gobierno, cuánto costará reconstruir una carretera. Una aseguradora puede poner precio a un edificio.
Pero ¿qué precio tiene Palmira? ¿Una especie que desaparece? ¿Un acuífero contaminado? ¿Una ciudad que llevaba 2.500 años contando nuestra historia?
Y, sobre todo, ¿qué precio tiene la persona que ayer estaba allí?
Para quien ordena un ataque, un lugar puede ser una coordenada. Para quien vive allí, su casa. Para la historia, patrimonio de todos. Para la Tierra, algo que necesitó millones de años para existir.
Las guerras tienen vencedores, derrotados, armisticios y tratados.
Pero no todo lo perdido participa de la paz.
Hay cosas que, cuando desaparecen, ninguna victoria puede devolver.


