La Gepa (tragicomedia de suplicantes)
<<¿Qué nación sería esa…?>>
Ando desde hace días rumiando, gruñonamente, unas ganas indignadas —como tripa indigesta— de hablar de ciertas cosas… Pero la voz no para de susurrarme: «Vas a gastar pólvora en zopilotes».
Y no es que ande escaso de pólvora. No se apiaden los piadosos ni se rían los riosos. Mi condición no es tan buena ni tan mala: es, al menos, la común a todos los que no forman parte de la «gente política de allá». Los llamo así por disciplina moral, pero también por cierta resignación. En mis momentos más zen soy capaz de reconocer que no hace falta insultar al buen entendedor y que, al que no entiende, Salmantica non praestat. Y como el nombre es largo, permítanme ahorrar cansancio: la «gente política de allá», de aquí en denantes, será la Gepa.
Dije «cierta resignación» porque resulta difícil resignarse por completo cuando la Gepa tuerce y retuerce el tornillo de la decepción. «Así habrá sido la muerte por garrote vil», me dice la voz de la pólvora y los zopilotes. Porque, cuando uno cree haber adaptado la pupila a la oscuridad intelectual y moral gepeña, la Gepa vuelve más oscura la oscurana, más bajo lo más bajo y más oculta, en la espera, la esperanza.
Es entonces cuando, entre las sombras, cobra forma el zopilote, como el espectro del padre de Hamlet, y tengo que salirle al paso: si la Gepa representa a la nación, que el Dios de las naciones la perdone. Porque, si ella fuera el perfil de la Madre, sería difícil llamarla nación y muy desagradable reconocerse hijo suyo.
¿Qué nación sería esa que, por un lado, aceptara —por boca de un presidente electo, don Enrique Bolaños— como «presidente de Nicaragua» al filibustero mercenario William Walker y, por otro, borrara de su historia el autoritarismo de Fruto Chamorro —el primer dictador nicaragüense, no un tal Pedrarias llegado de Ávila—? ¿Una nación que borrara también la «viveza» de Jerez y compañía al contratar forajidos y aventureros del Sur esclavista para acabar con Chamorro?
¿Qué nación sería esa donde bastara condenar las intervenciones militares estadounidenses para ser llamado «orteguista»; donde se acusara de sanguinarios a quienes defendieron la soberanía mientras se guardara silencio sobre la violencia de la bota extranjera; donde no alcanzara la entereza para reconocer a Sandino como patriota, ni a Coolidge y Hoover como responsables políticos del imperialismo que Sandino combatió?
¿Qué nación sería aquella que no tuviera el espinazo moral para condenar a los traidores por su traición y honrar a quienes han procurado —muchos entregando la vida en el empeño— ser fieles a una causa emancipatoria? ¿Una nación en la que Ortega no apareciera como traidor a la lucha de miles de personas, sino como su encarnación?
¿Qué nación sin vergüenza ni decencia podría ser aquella que no reconociera el abismo entre Leonel Rugama y Daniel Ortega?
¿Qué nación sería esa en la que se olvidara, como pretende la Gepa, todo lo que nos ha costado la cobardía de los gepeños —fuera cual fuera su bandera partidaria—, quienes a lo largo de la historia han tenido por hábito suplicar la ayuda de poderes extranjeros para alcanzar el poder?
¿Hay que recordarle a la Gepa —habría que recordárselo a una nación así— que todas esas ayudas solo han traído destrucción física y moral, atraso, miseria y desesperanza?
¿Hay que recordarle que las vivezas gepeñas han colocado a una nación semejante en el insólito predicamento de convertirse en colonia de otra nación colonizada?
La voz vuelve a decirme:
—Estás gastando pólvora en zopilotes.
Puede ser. Pero no hay que permitirle a la Gepa el monopolio del discurso, aunque sus integrantes crean —si en algo creen con pasión más desesperada que en el interés del día— que no puede existir nación fuera de ella.
La verdad es precisamente la contraria: dentro de la Gepa no hay nación. Un grupo humano que no respeta a quien defiende la casa es, como un ser humano sin autoestima, una nube de polvo que se lleva el viento.
En medio de este pensamiento, la voz me interrumpe y por fin asiente:
—Es verdad: la nación de la Gepa es la Gepa.
Al buen entendedor, pocas palabras: quienes vuelven a suplicar que una potencia extranjera les entregue el poder no están pidiendo democracia. Piden un trono, un reino y vasallos.
Al que todavía no entiende, quod natura non dat, Salmantica non praestat.
Aunque quizá sí entienda. Quizá no sea ciego: quizá haya vendido los ojos al provecho.
Francisco Larios
El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor derevistaabril.org.


