Humanidad Pro-bien. Reflexiones | Antes del pan, el sentido

Durante décadas hemos contado la historia de la humanidad como una secuencia lógica: primero sobrevivir, luego organizarse y más tarde crear cultura. Primero el pan y después la palabra. Pero hallazgos como Göbekli Tepe, situado en el sureste de Turquía, cerca de Şanlıurfa, han introducido una incomodidad fértil en ese relato: tal vez no fue así. Con más de 11.500 años de antigüedad —hacia el 9600 a.C.— este sitio es miles de años anterior a las pirámides de Egipto, a Stonehenge e incluso a las primeras ciudades sumerias y precede al desarrollo pleno de la agricultura.

Tal vez, antes de sembrar la tierra, sembramos significado.

Porque lo que desconcierta de ese antiguo enclave no es solo su antigüedad sino su intención. No era un refugio, no era una aldea, no era un lugar para dormir ni para almacenar. Era otra cosa. Un espacio construido con esfuerzo colectivo, sin utilidad inmediata evidente. Un lugar donde, presumiblemente, ocurría algo que no se come, no se toca, no se mide: se cree.

Y eso obliga a una pregunta incómoda para la narrativa clásica: ¿y si la necesidad material no fue el primer motor? ¿y si lo que nos reunió no fue el hambre sino la búsqueda de sentido?

No es una afirmación ingenua. Es, en todo caso, una hipótesis coherente con lo que somos. Ninguna otra especie construye alrededor de ideas abstractas. Ninguna organiza su comportamiento colectivo en torno a símbolos, narrativas o creencias compartidas que no tengan una traducción directa en la supervivencia inmediata. Nosotros sí.

Quizás porque sobrevivir no nos bastó nunca.

El ser humano no solo responde al entorno, lo interpreta. No solo se adapta, proyecta. No solo existe, pregunta. Y en ese gesto -aparentemente inútil, profundamente humano- puede estar la clave de nuestra evolución. No fuimos más lejos solo porque necesitábamos más alimento. Fuimos más lejos porque necesitábamos más significado.

Desde esta perspectiva, la cultura no sería un lujo posterior al desarrollo material sino su condición previa. No construimos templos porque éramos civilizados, empezamos a civilizarnos porque construimos templos. No fue la abundancia la que permitió la organización social compleja, sino la idea compartida la que hizo posible la cooperación necesaria para alcanzarla.

Esto no niega la importancia de lo material. La integra en un marco más amplio. Porque, al final, el pan sostiene el cuerpo pero es el sentido el que sostiene la dirección.

Y quizás ahí radica una lección silenciosa para nuestro presente. En un mundo obsesionado con la eficiencia, la producción y la urgencia, seguimos siendo —aunque lo olvidemos— una especie que necesita algo más que resolver problemas: necesita comprender por qué vale la pena hacerlo.

Porque cuando el ser humano pierde el sentido no se detiene. Se desorienta.

Y una sociedad desorientada puede producir mucho pero no necesariamente avanzar.

Oky Argüello
Oky Argüello es una escritora centroamericana radicada en España. Es autora de los bestseller El Coleccionista y Cuando la palabra sueña, además de otros libros de poesía y cuento. Con formación doctoral en Psicología y estudios multidisciplinarios, su trabajo se centra en el análisis contemporáneo de sistemas sociales y culturales, que desarrolla en distintos formatos, entre ellos Radar Oky (Substack).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *