La oportunidad que no se puede aceptar
Francisco J. Larios
<<Sueñan tanto con el becerro de oro del poder que no les importa que se los entregue, como concesión, un régimen con manos manchadas de sangre.>>
El artículo titulado “La oportunidad que no se puede desperdiciar”, de Félix Maradiaga, publicado recientemente en Confidencial, se lee como radiografía —cuando no confesión— de la inmoralidad y la incompetencia estratégica de una postura hoy demasiado común en la llamada “oposición” nicaragüense: la de los aspirantes al poder que se ofrecen como administradores locales del interés imperial estadounidense.
Maradiaga lo dice sin rodeos. Lo pone por escrito y lo firma: “el principal aliado geopolítico que tiene hoy la oposición democrática nicaragüense es la administración del presidente Donald Trump”. Y remacha: “la causa democrática nicaragüense debe basarse en una relación cercana e inteligente con la actual administración estadounidense”.
No se trata de un desliz. Es la columna vertebral del argumento.
Si esa es la brújula, entonces conviene preguntarse:
¿Qué clase de moral política hace de un régimen autoritario que hoy gobierna desde Washington —violento hacia adentro y depredador hacia afuera— el “principal aliado” de un proyecto que se autodenomina “democrático”?
¿Qué tipo de ética acepta como requisito de “oportunidad” la cercanía con un poder que tiene al mundo en vilo, ensangrentado, bajo amenaza de invasión, coerción o castigo, desde Dinamarca hasta Irán?
Porque el asunto no solo es, como se pretende, una discusión puramente técnica sobre “geopolítica”. El asunto es intrínsecamente moral.
Se puede entender que un movimiento democrático busque apoyos externos; lo que no se puede normalizar es convertir en “oportunidad” el servilismo ante un régimen que cuesta ya miles de vidas inocentes y que ejecuta, como política, el chantaje y el castigo colectivo, además del apoyo al terrorismo en Oriente Medio, a través del régimen genocida que en Israel encabeza Benjamín Netanyahu.
Maradiaga intenta disfrazar su subordinación al trumpismo como la negativa a dejar en manos de otros —o, para usar su léxico, no “externalizar”— las responsabilidades políticas de los ciudadanos nicaragüenses, lo cual constituiría, según afirma, “abdicación política”.
Pero esta frase funciona en su texto como confesión involuntaria: si “la causa” debe basarse en una “relación cercana” con Trump, y si el riesgo “gravísimo” es “quedar relegados de un proceso que decidirá el futuro de nuestro país”, entonces la oposición que se ofrece como interlocutor “creíble” no está discutiendo cómo liberar a Nicaragua; está discutiendo cómo no perder su silla en la mesa donde otros deciden.
En otras palabras: sueñan tanto con el becerro de oro del poder que no les importa que se los entregue, como concesión, un régimen con manos manchadas de sangre. No les importa que la escalera al “cambio” esté apoyada en la sangre de otros.
Y el ejemplo más cercano —aunque el llamado a “aniquilar la civilización” iraní sea el más publicitado— está a unas millas del hogar de Maradiaga y miles de “opositores”: Cuba. No lo perdamos de vista; no debe dejar nuestra conciencia, sin que sirva de excusa la conducta del régimen dictatorial cubano: entre los múltiples crímenes contra la humanidad del régimen de Trump está el castigo energético sostenido contra la isla, impedir que llegue petróleo, salvo el que conviene a los circuitos de negocio privado que Estados Unidos privilegia.
Petróleo para sostener hoteles, para sostener enclaves de consumo donde se alojan delegaciones de viajeros estadounidenses; petróleo para que funcione lo rentable y “apto” para el mercado. Pero en los hospitales, en la vida diaria, en las salas donde un enfermo necesita oxígeno o donde un recién nacido necesita incubadora, la electricidad falta y la vida se pierde. Lo que se celebra como “presión máxima” desde Washington es, en el terreno, un mecanismo de asfixia: se raciona el funcionamiento del país y se “autoriza” lo que genera divisas para los suyos. Todo “dentro de la ley”. Todo “por la libertad”. Todo, en verdad, como castigo. Porque, ¿qué ley da derecho a un gobierno a impedir que terceros le vendan petróleo? Solo la ley de la selva.
¿Y esto no incomoda a Maradiaga y compañía? No parece. En su ensayo no hay una sola línea que sugiera el costo humano de su idealizada alianza. No hay una sola frase que diga: si vamos a hablar de “aliados”, hablemos de límites morales. No. De hecho, el “principal aliado geopolítico” es presentado como dato, casi como obviedad, y la tarea es “colocar a Nicaragua en el radar de Washington” con la misma intensidad que Venezuela o Cuba. El lenguaje es revelador: “colocar”, “radar”, “presión”, “interlocutor creíble”. Nicaragua como expediente.
Pero la inmoralidad no termina ahí. Si el régimen trumpista ha convertido la frontera, el asilo y la deportación en instrumentos de terror estatal, también ha convertido la detención masiva en dispositivo político. No debemos olvidar que hay, como mínimo, 70,000 personas detenidas por razones políticas en Estados Unidos. El término “prisioneros políticos” no es el que generalmente emplean los medios, pero llamarlas “prisioneros políticos” es, por duro que suene, lo más honesto. La abrumadora mayoría de estas decenas de miles de personas, entre las cuales hay numerosos nicaragüenses, son rehenes de un Estado que los castiga por el “crimen” de buscar refugio y asilo en un país que se suponía —eso decía de sí mismo— un lugar de asilo.
¿Dónde está el patriotismo de quienes, como Maradiaga, piden una “relación cercana” con el poder que encierra a sus compatriotas y los usa como fichas?
A los “opositores” de esta escuela solo les importa no incomodar al régimen trumpista. Por el contrario: quieren serle útiles. Ser “cercanos”. Ser “inteligentes”, en el sentido más cínico del término: adaptarse a la lógica del patronazgo. Conseguir desde las entrañas sucias del imperio el “favor” de instalarlos en el trono que hoy ocupa Ortega-Murillo.
Y esta es, además, una postura incompetente. No solo inmoral. Incompetente. Porque ignora la lección elemental del vasallaje: al emperador no le importan los vasallos, le importan los resultados. Hoy te usa; mañana te desprecia. Esa es la pedagogía del poder imperial.
Lo vimos con el bochorno de María Corina Machado, cuya reputación se disolvió cuando se arrastró para ofrecerle su Nobel a Trump. El caudillo aceptó la medalla en privado y luego la despachó con desdén como “nice lady” pero sin “fuerza suficiente”. Ese es el destino del aspirante a sátrapa: la humillación. Y lo peor es que arrastra en esa humillación la dignidad del país que dice representar.
Maradiaga también sugiere que hay actores institucionales internos —“incluyendo a los militares”— que podrían jugar un papel en la transición. Es decir: el menú completo del atajo. Mesa “que importe”, respaldo externo, tutelas internas. La palabra “democracia” aquí funciona como barniz: el proyecto real es alcanzar el poder con el visto bueno de Washington y con las llaves de los que llevan uniforme.
Nada de eso es ser demócrata. Nada de eso —ya que últimamente enarbolan esa bandera— es ser “liberal”.
Todo eso es más bien una hoja de diagnóstico que lee claramente: “Amenaza”.
Amenaza para cualquier esperanza democrática futura, porque quien busca el trono nacional por concesión del poder imperial (¡ya hemos vivido esto!) aprende también a gobernar por coerción.
Maradiaga escribe: “La ventana está abierta”. Yo lo traduzco: la tentación está abierta—la tentación de vender la patria como ficha y vender la ética como estorbo.
Porque hay oportunidades que, por su origen, no se aceptan. Hay mesas a las que uno no se sienta. Hay “aliados” que, si son de verdad el “principal”, ya han corrompido la causa antes de empezarla.
Al final, el problema no es tanto que suban: es que, una vez arriba, no quieran bajar, como en la anécdota—apócrifa o no, pero creíble— del comentario de Luis Somoza sobre su hermano Anastasio.
¿Eso llaman “proyecto democrático”?
Francisco Larios
El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor derevistaabril.org.



Estoy de acuerdo con tu artículo, duro y fuerte, pero claro. Asi pienso yo también, soy una persona adulta que ha vivido experiencias como esta y se que no llevan a nada, más que seguir de esclavos y subordinados con la ley del más fuerte. «El que tiene más galillo, traga más pinol»