Las cosas que ya no sabemos reparar
Hubo un tiempo en que las cosas se reparaban.
Los zapatos iban al zapatero, los relojes al relojero y una radio podía sobrevivir a varias generaciones y a algún que otro golpe familiar.
Hoy, muchas veces, cuando algo falla, lo sustituimos.
Es más rápido. A veces incluso más barato.
El problema comienza cuando esa lógica abandona los objetos y se instala en otros territorios.
Una amistad que se complica. Una pareja que atraviesa una mala época. Un empleado que deja de rendir como antes. Una institución que funciona mal. Incluso una conversación incómoda.
Cambiar. Descartar. Bloquear. Reemplazar.
Reparar exige algo menos inmediato: tiempo, paciencia y la voluntad de averiguar qué se rompió.
Pero hay todavía una categoría más delicada.
Las cosas que no deberíamos esperar a que se rompan.
Hacemos mantenimiento al automóvil. Revisamos el aceite, los frenos, los neumáticos. Cuidamos una casa antes de que el tejado se caiga. Hasta el teléfono nos recuerda que necesita actualizarse.
Con nosotros solemos ser bastante menos previsores.
Esperamos al agotamiento para descansar. A la irritación para buscar silencio. A sentirnos desbordados para reconocer que llevábamos demasiado tiempo funcionando sin detenernos.
Quizá también necesitemos mantenimiento.
De vez en cuando, un ayuno de noticias.
Un ayuno de palabras.
Un ayuno de adrenalina.
Horas, quizá días, sin intentar enterarnos de todo, responder a todos, opinar sobre todo ni resolver el mundo antes de acostarnos.
Caminar. Leer. Mirar por una ventana. Estar con la naturaleza. Escuchar música. Hacer algo con las manos. Pensar.
O no pensar absolutamente nada.
No para escapar del mundo, sino para regresar a él con algo que la velocidad suele arrebatarnos: perspectiva.
Tal vez hemos confundido resistencia con capacidad para funcionar indefinidamente.
Pero hasta las máquinas más extraordinarias necesitan detenerse alguna vez.
Nosotros también.
Hay cosas que se reparan cuando se rompen.
Otras sobreviven porque alguien las cuidó antes.
Y quizá entre todas las cosas que merecen ese cuidado esté también esa persona que nos acompaña desde el primer día y a la que, paradójicamente, solemos dejar para el final:
nosotros mismos.


