Quemar Nicaragua, antes que compartirla

Oscar René Vargas
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 La lógica del todo o nada de Ortega y los poderes fácticos.

Autoritarismo orteguista y el oscurantismo de las élites

La lucha por la democratización de Nicaragua es una lucha en contra del oscurantismo de la clase política tradicional y de las elites dominantes, profundamente asentadas en la burbuja intelectual conservadora. No saben de análisis económicos, ni sociales y menos saben de análisis políticos sensatos. Ni saben siquiera cómo suenan.

Durante años alimentaron el mito de una Nicaragua en la que todo está bien, aunque la realidad fuese—y sigue siendo– diametralmente diferente. Nicaragua es un país de extrema desigualdad social, con el ingreso concentrado en poquísimas manos.  La promesa de que un dia, la riqueza de “los de arriba” se filtraría a “los de abajo”, ha sido el mayor engaño perpetrado por las élites políticas y económicas.

Como documento en mi artículo Colapso y tragedia humana: la economía de Nicaragua , en el país se produjo en el pasado reciente un aumento de las ganancias del capital en el producto interno bruto, mientras que la participación de los salarios en el total disminuía. En otras palabras, se mantuvo la tendencia del crecimiento de la riqueza en pocas manos. 

Por otro lado, muchos miembros de la clase hegemónica tradicional sabían que avanzaba el poder autoritario de Ortega, pero optaron por callarse. Ellos son colectivamente responsables del proceso de construcción del régimen dictatorial desde el 2007 a la fecha. 

Atrasar, atrasar, hasta que el pueblo se canse y acepte

Los poderes fácticos se han echado a dormir en manos del pasado y desde sus dulces sueños pretenden cortocircuitar nuestro futuro. Los partidos tradicionales y el gran capital prefieren buscar un espacio electoral participando en unas elecciones no transparentes y rechazan cualquier posibilidad de una salida democrática no controlada por sus representantes.

En las negociaciones, por debajo o por encima de la mesa, los representantes de los poderes fácticos y del régimen han establecido dos estrategias que se implementan al unísono y de manera combinada:

  • La estrategia de la gradualidad. Los poderes fácticos y el régimen han trabajado para lograr que el pueblo acepte lo que evidentemente  rechazó en un momento político anterior, al darse la rebelión de abril. A 33 meses del estallido, la propuesta original de Ortega y los fácticos se administra de manera escalonada, a cuentagotas, y se presenta como la única opción posible. Así es cómo, poco a poco, se fueron cambiando las primeras demandas de abril 2018 (justicia, libertad, democracia) poniéndolas en un segundo plano y sustituyéndolas por Elecciones con el dictador en el poder.
  • La estrategia de la postergación. Otra manera de lograr que el pueblo acepte una decisión impopular es presentarla como “dolorosa, necesaria e ineludible”, para ir obteniendo la aceptación de la opinión pública. De esa forma, Ortega y sus aliados han conseguido postergar la presión social de las calles para favorecer la lucha electoral.

Saben que nada “irá mejor”

Mientras más se atrasa el proceso que lleva a una decisión impopular [elecciones con Ortega], más fácil es terminar aceptándola, al convertirse en un posible hecho futuro, mientras el hecho inmediato con el que se compara puede producir un “shock” o tsunami social. Esto se debe precisamente a que el hecho no es inmediato, y se tiene la tendencia ingenua a creer de que mañana “todo será mejor”. 

Los políticos tradicionales no son tontos y saben que “nada irá mejor”, simplemente suponen que “los de abajo” pueden ser engañados. Para eso, la argucia de los poderes fácticos busca invisibilizar la realidad y vender ilusiones.

Con o sin reformas, y con el dictador en el poder

Al atrasar el proceso político, los poderes fácticos y el régimen dan más tiempo a que la población se acostumbre a la idea de una elección con o sin reformas electorales, pero sí con el dictador en poder. Insisten en que hay que escoger, dicen ellos, entre esta alternativa y un deterioro económico-social mayor; que hay que aceptar las elecciones con o sin reformas y bajo dictadura como el mal menor.

Acabar con Nicaragua, antes que entregar el poder

El dictador está peligrosamente ensimismado. Endiosado. La soberbia lo acompañará hasta el final. Su ambición va acompañada de una dosis nada despreciable de mesianismo. Está convencido que superará la crisis sociopolítica sin variar la estrategia represiva. Está convencido de que Nicaragua no tiene memoria. 

Por eso está decidido a no ceder en nada. Se ha preparado para asestar fuertes y contundentes golpes a los movimientos sociales. No hay que olvidar que no se ha organizado militarmente para inflar chimbombas. Hará uso de golpes bajos y otras marrullerías para enmarañar todavía más el proceso electoral. Siguen aferrados a la lógica del poder o la muerte. Piensan que mientras tengan los “fierros”, pueden conservar el poder. 

El tirano aprovecha que gran parte de los cuadros medios de su partido sigan obviando que el régimen mutó hacia un neoliberalismo represivo. Muchos–mejor dicho, demasiados–quedaron empantanados en el mito de la vigencia de la revolución de los años ochenta del siglo XX. Buena parte de la base social del orteguismo preferiría destrozar el país antes que compartirlo, y es porque están orientados por los discursos de odio de la vocería oficial.

El régimen Ortega-Murillo solamente se sentará a buscar una solución diferente a la crisis sociopolítica si el movimiento social retoma las calles o la presión internacional se incrementa. No lo hará por voluntad propia. Pero ni la vuelta a las calles ni una mayor presión internacional son probables en este momento, por no ser tema prioritario de la comunidad internacional y por la ausencia de una estrategia unitaria de lucha del bloque opositor.  Sobre esto último es importante señalar que la financiación de los grandes empresarios juega un papel clave en las decisiones políticas de la Alianza de Derecha (AD) que se ha constituido en el obstáculo más visible y evidente a cualquier estrategia de lucha y unidad. Los dirigentes de la AD se reconocen y actuan como los representantes políticos de la minúscula clase de propietarios y gestores de las más grandes empresas del país.

Urgencia de la memoria, y de la justicia

La memoria es esencial para no permitir que se repitan los crímenes del pasado. En particular, repetir el pacto público-privado [la propuesta del régimen y poderes fácticos] solo nos condenará a más de lo mismo, y peor aún: mantener la impunidad conlleva un claro estímulo a la repetición de masacres como la de abril 2018, y al exterminio de campesinos y opositores. Es momento de rescatar la memoria y resolver la crisis de la injusticia, una de las tantas crisis que sufre el país junto con la pandemia, la crisis económica, la social y la política. 

Amor, prepotencia y testosterona 

En la historia política nicaragüense se ha demostrado una y otra vez que ir en solitario y caer en un aislamiento arrogante siempre fracasa. Romper con la dinámica en marcha supone mucha voluntad política. No es una cuestión de testosterona, ni declaraciones pomposas. Ningún conflicto se soluciona descalificando a los interlocutores. La solución a la crisis requiere inventiva, tender puentes, altura de miras, sentarse y dialogar para buscar consensos entre las diferentes tendencias del bloque opositor.

Iniciar una guerra verbal entre los sectores opositores, rechazar la unidad, descalificar o intimidar a los otros, o querer imponer a la brava un liderazgo determinado, provocará una mayor división en el bloque opositor a la dictadura. Si no nos une el amor, entonces que lo haga el espanto ante las vidas segadas por la inclemente represión gubernamental. A veces por alcanzar algunos puestos, se sacrifica el valor de la unidad.

¿Tolerancia? Por favor, señora…

El encono de la presidente de CxL vicia cualquier posibilidad de diálogo y de unidad. Su nivel de agresividad verbal y gesticular demuestra un atrincheramiento cognitivo, amurallado en posiciones cerradas y sin capacidad de escuchar otros planteamientos que no sean los ya internalizados. En su discurso domina el encono y la animadversión arraigada en el ánimo. 

No se apoya la lucha contra la dictadura descalificando a otras fuerzas políticas ni excluyendo a los movimientos sociales. La lógica del régimen ha sido justamente la misma: dinamitar puentes, patear el tablero de la negociación, tolerancia cero con las protestas sociales e implementar leyes represivas. Esta estrategia sólo puede entenderse bajo la máxima de: cuanto peor, mejor; o sea, el todo o nada.