Nicaragua: Cómo llegar a ser un burgués, y de los más fachentos

Carlos A. Lucas A.
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Ya podés considerarte el mejor de los burgueses y de los proletarios (puesto que podés mandar a la cárcel a cualquier líder campesino incómodo igual que al presidente de todos los burgueses del país).

En el capitalismo, las empresas, que contratan trabajadores, empleados u obreros, capturan ganancias y riquezas acumulables. Pero los dueños de esas empresas, si quieren sobrevivir, tienen que moverse como el tiburón, que, según el mito, deben nadar permanentemente para no asfixiarse. No hay día ni noche, respiro o tregua en ese afán.

EL PESADO ROLLO DE SER RICO

Un capitalista que se precie de serlo sólo tiene dos opciones: o su capital, medios de producción y realización de ganancias se lo heredó alguien (que usualmente ya está en “otro plano de existencia”) o se lo tiene que ganar a puro pulso. Es decir, empezando desde cero, forjarse como “emprendedor”. Un nuevo capitalista, o hereda, o emprende. ¿Hay otra forma de convertirse en capitalista, descontando los premios tipo “El juego del calamar?

Claro, no es lo mismo el hijo de un burgués o capitalista de Honduras o Nicaragua que hereda de su padre/madre ricos, que el hijo que hereda de un burgués financista neoyorquino, japonés o, tejano. ¡Por favor, el tamaño importa! Tampoco es lo mismo emprender un pequeño negocio en un garaje de Stanford (donde dicen empezó Google) o de Harvard (donde dicen empezó Facebook), que tratar de montar una pequeña pero prometedora empresa en Nicaragua, donde sólo los muy ricos tienen garajes: Es duro conseguir un garaje en Nicaragua o El Salvador; conste, en Guatemala hay un poquito más.

Y hay que anotar que, en algunas universidades de este mundo tercero, todavía se usan yesos sobre pizarras de madera, así que la innovación tecnológica de los emprendimientos, no llega a ser tan impactante. Si no tenés un papa-o mama- que te herede suficiente capital y tampoco tenés un garaje para empezar con tu idea de, por ejemplo, fabricar ropa reciclable, estás jo…¿qué podés hacer entonces para ser un capitalista, un burgués de respeto? Es todo un rollo ese espacio entre tu idea y la ganancia capitalista ya en la mano.

¿SÓLO DOS FORMAS DE SER UN BURGUES?

Pero no es para que te aflijás, ya que, en estos mundos terceros, como Nicaragua, El Salvador, Venezuela, por ejemplo, podés tener la suerte que tu papa haya sido guerrillero, huelguista o rebelde o golpista como Chávez, que bien hizo o trató de hacer una revolución para liberar a los pobres pobres (hay pobres ricos también). Si fue así y logró, con ayuda de un montón de gente, sacar al que era el indeseable del momento y pudo llegar a la presidencia de la república (donde se puede hablar a diario por la radio), a la jefatura del ejército o la policía (donde se puede calmar a cualquiera), o a la jefatura del Banco Central (donde se guardan un montón de monedas y hasta oro o diamantes), o a la cabeza de la Corte de Justicia (donde se condena o libera a cualquiera metido en clavos), o a Director de Ingresos (donde se decide quién paga a quién y cuánto), o de Aduana (donde se decide qué entra y que sale y sus tarifas), etc., entonces, allí varía la cosa.

Claro que varía la cosa, puesto que si tu papa o mama no te heredaron nada, porque cuando creciste ellos eran pobres -o no se han ido todavía, afortunadamente para vos, a otro plano de existencia- o no pudiste hallar el garaje adecuado, pero tuviste alguna de las suertes revolucionarias anteriores, pues ya estás claro que lo dicho antes, es falso: un capitalista no sólo lo es por herencia o por emprendimiento, ni siquiera por ganarse la lotería: te podés hacer un rico capitalista si tu papa o mama, o tu pariente o amigo de barrio, habiendo sido guerrilleros o líderes políticos, tomaron el poder y se convirtieron en los administradores de toda la riqueza nacional, la mayor empresa capitalista que uno se puede imaginar.

Eso te da la oportunidad de tener las dos opciones, en una: con el capital que te dan tus padres, amigos, parientes (que viene del sudor de todo un pueblo), podés emprender tus propios negocios (por ejemplo, algunos canales de televisión, algunas radios, empresas de publicidad que sólo son contratadas por oficinas gubernamentales). O bien una empresa de diseño de modas (donde el 80% de la población compra ropa, zapatos de la totalmente democrática marca Paca). O te dedicás a realizar conciertos de canto lírico donde lo más fino que hemos oído son los responsos de los curas de pueblo en Semana Santa.

EL BURGUÉS IDEAL

Pero estás en gran ventaja: ¡no tenés competencia! Y tenés un flujo de financiamiento inacabable, sin intereses, sin auditorías, sin indicadores de tu gestión, sin informes ni rendición de cuentas, sin siquiera tener que informar a miembros directivos o accionistas, porque sos el único dueño de tu emprendimiento. Claro, con la ventaja de cambiar de negocio por otro, en cualquier momento, sin tener que vender nada, pero con capacidad indefinida de comprar lo que querrás. Podés dejar tirado por allí un hotel de 90 habitaciones y parte sin novedad. Un capitalismo como ése, no tiene precio, ¡es una salvajada de capitalismo!

Y sabés que es cierto que, en realidad, la competencia con otros burgueses o aspirantes a burgueses que se desbaratan el hígado y las pestañas impulsando sus negocios y compitiendo con los demás que se le quieran poner enfrente, es todo un rollo.

Por eso, ya sabés lo valiosa que puede ser una llamada telefónica al encargado de la frontera para que atrase un furgón de tu competencia, le descubra algo inapropiado adentro, le aplique la mejor tarifa arancelaria posible…eso, una y otra vez. Al tiempo, vas a descubrir que no necesitás estar metido en esos rollos de las estrategias competitivas; que basta con que, en chinelas de gancho en tu casa, hagás esa llamada al encargado de fronteras, para que tu dedicado burgués competidor, entregue una suma X a fin de proceder al “trámite rápido”, tan famoso en países como Nicaragua. Con eso, solamente vas a estar oyendo, como en los casinos, el ruido incesante de las monedas cayendo en su musical ruido metálico. ¡Te has convertido en burgués, sin ser dueño de ningún medio productor de riqueza, sin haber recibido ninguna herencia, sin haber tenido que quebrarte el lomo emprendiendo un negocio de garaje!

Vos y tus padres, tus amigos, tus padrinos, se han convertido en los dueños del Estado, en los administradores, custodios, albaceas, en los del poder general generalísimo de toda riqueza que, al fin, logre nacer en Nicaragua (u Honduras, Cuba, El Salvador o Venezuela). Estás por encima de los proletarios, porque no tenés que sudar ni quemar neuronas para otros. Estás por encima de los burgueses, porque no tenés a tu cargo planillas de trabajadores ni sos dueño (¡sos todo un socialista sin propiedades!) de nada. Lo único que hacés, como todo un Rico McPato, es nadar en la caja de la riqueza nacional. Sólo eso.

Ya podés considerarte el mejor de los burgueses y de los proletarios (puesto que podés mandar a la cárcel a cualquier líder campesino incómodo igual que al presidente de todos los burgueses del país). Serás uno de los burgueses más fachentos de la región y blandiendo la efigie gloriosa del héroe de la Nada, como el Ché Guevara, podrás decirte, como te decís, por dentro: “¡hasta el capitalismo, siempre!”.