Prometer no cuesta nada. Cumplir sí.
Donald Trump acaba de hacer una promesa extraordinaria: si los republicanos conservan en noviembre la Cámara y el Senado, cada ciudadano adulto recibirá $5.000.
“Si los republicanos ganan, ustedes ganan con nosotros y reciben $5.000”, dijo el 9 de septiembre ante la Convención Republicana en Dallas. “Se llamará el dividendo Trump.”
La frase suena bien. El problema empieza al hacer las cuentas.
Estados Unidos tiene alrededor de 240 a 245 millones de ciudadanos adultos. A $5.000 cada uno, el “Trump dividend” costaría aproximadamente $1,2 billones, más de lo que el gobierno federal gasta al año en Medicare, defensa o intereses de la deuda, considerados por separado.
¿De dónde saldría el dinero?
Trump ha sugerido que los aranceles podrían financiarlo. Pero FactCheck.org calcula que, aun utilizando esos ingresos, harían falta más de seis años de recaudación para cubrir una sola ronda de cheques.
Mientras tanto, la deuda nacional ya ronda los $40 billones y el déficit federal alcanzó $1,8 billones durante los primeros diez meses del actual año fiscal. Economistas han advertido además que una inyección de efectivo de esta magnitud podría añadir alrededor de 1,5 puntos porcentuales a la inflación. Y no son solamente los demócratas quienes expresan preocupación: legisladores republicanos también han advertido sobre el impacto inflacionario y fiscal.
Cinco mil dólares pueden significar mucho para una familia que necesita pagar alquiler, alimentos o una emergencia. Pero se gastan. No reducen permanentemente el precio de la vivienda, la electricidad ni los alimentos. Y si para repartirlos el gobierno aumenta todavía más el déficit, parte de aquella aparente generosidad termina pagándose después, con inflación, intereses o más deuda.
Hay además un detalle difícil de ignorar: el dinero está condicionado a que gane un partido.
Trump no prometió los $5.000 porque Estados Unidos haya entrado en recesión ni porque exista una emergencia económica que requiera un estímulo. Los prometió si los republicanos conservan la Cámara y el Senado.
Y no es la primera vez que aparecen cheques que después no llegan.
En 2025 respaldó la idea de un “dividendo DOGE” de $5.000. No se materializó. Después prometió un dividendo arancelario de $2.000. Tampoco se materializó. Ahora aparece una tercera promesa de miles de dólares, esta vez vinculada directamente al resultado electoral de noviembre.
Vale la pena mirar el historial.
Durante su primer mandato, The Washington Post documentó 30.573 afirmaciones falsas o engañosas. PolitiFact dio seguimiento a 102 promesas electorales y actualmente clasifica 55 como incumplidas, 24 como cumplidas y 23 como parcialmente cumplidas.
En el segundo mandato, PolitiFact sigue 75 grandes promesas: 15 están cumplidas, 3 parcialmente cumplidas, 4 rotas, 22 estancadas y 31 continúan en proceso.
Todos los políticos incumplen promesas, y una promesa incumplida no siempre es una mentira. Puede intervenir el Congreso, los tribunales, una crisis o simplemente cambiar las circunstancias.
Por eso importa distinguir.
Pero también importa recordar.
Gobernar no consiste en anunciar una cifra lo bastante grande para que, durante unos minutos, desaparezcan las preguntas difíciles.
Un país con cerca de $40 billones de deuda no se vuelve más próspero porque su presidente prometa repartir otros $1,2 billones que todavía no ha explicado cómo financiará.
Y una democracia debería desconfiar especialmente cuando la frase deja de ser “esta política beneficiará al país” y empieza a parecerse demasiado a esto:
Si mi partido gana, usted recibe $5.000.


