Consideraciones sobre la verdad, la tradición y la libertad

(a la muerte del Dr. Carlos Tünnermann Bernheim)

No voy a desdeñar el dolor de la familia de don Carlos Tünnermann Bernheim, y me condolezco. Uno no puede, sin convertirse en el monstruo que combate, impedirse a sí mismo el compartir la pena de otros, que trae de vuelta a nuestros corazones el recuerdo de las pérdidas que uno mismo ha sufrido y puede sufrir.

Nos abrazamos ante el misterio, como quien ve el abismo abrirse ante nosotros, y no podemos menos que reconocer el dolor que nos es común, el que al final nos iguala. 

Hoy en el cristianismo es, precisamente, el día en que ese dolor alcanza la cumbre del Gólgota. Desde ahí nace, sin embargo, la esperanza. Media la irrupción de la verdad expresada a costa del mayor sacrificio; la verdad, la que por boca del propio Cristo ha de hacernos libres. Un dictum para las cosas divinas cuya validez, independientemente de creencias teológicas, es irrefutable en lo humano. 

Explico todo esto para poner en justo sitio emociones, opiniones, y valores. Es justo y necesario condolerse. Es cruel y destructivo despreciar el llanto de quienes vieron en el difunto al ser cotidiano que ocupó para ellos el lugar de la vida, que alimentó sus cuerpos y afectos, y mostró ante ellos la desnudez humana con que nacemos y morimos.

Hay, sin embargo, una obligación moral en cuanto al actuar público de los personajes públicos, especialmente cuando estos han atravesado la vida en un pasado que no acaba de pasar, que vive en el presente de sus compatriotas como un caminar al Calvario. 

Esa obligación consiste en no dejar que el coro de la empatía acalle la verdad necesaria, la que está hecha de verdades que, si no se aprenden, condenan a millones a un sufrimiento evitable. Por eso, por un deber mayor, el deber de la conciencia, el deber hacia los vivos, hacia la vida, hacia quienes deben vivir, y por respeto a quienes vieron sus vidas amputadas por los actos públicos de una persona pública, uno debe enfrentar la tradición que nos aplasta, la del silencio en cada caída, la que nos lleva constantemente al olvido, a la repetición de la tragedia. 

Por eso me atrevo en estas breves líneas a llamar la atención sobre hechos que deben tomarse en cuenta a la hora de enjuiciar la vida pública del personaje público que acaba de fallecer, y a quien su familia acompaña a la tumba con pesado luto. 

Vida pública, y personaje público. Dos conceptos que todavía, en nuestro temprano aprendizaje democrático, necesitamos aprender a separar de lo privado, de lo íntimo; necesitamos obligarnos a crear, de hecho, un Estado que se dedique a lo público, y respete lo privado. 

Sea este un ejercicio en separar ambas dimensiones, que nos permita analizar, sobriamente, pero sin ánimo de justificación, los actos públicos de los políticos sin entrar en la inviolable dimensión privada; que nos permita también vivir, a todos los ciudadanos, nuestra vida privada fuera de la intromisión del Estado.

Como interesa el bien, y no el mal, el respeto a la vida, y no la crueldad, cabe también la pregunta de en qué momento expresar estos juicios sobre los actos públicos del personaje público

Si no fuese la de Nicaragua una urgencia diaria, si a diario no existiese el sufrimiento impuesto por una claque que es la peor manifestación conocida del sistema de poder oligárquico-autoritario que viene desde el siglo XIX; y si no empezara ya, con panegíricos desde uno y otro rincón, el olvido conveniente de una pieza importante de la construcción de la cruz actual, podría uno esperar—como, de hecho, tendrá que esperarse para un esfuerzo académico a fondo, de los que desgraciadamente no brotan desde hace mucho tiempo en nuestro desierto intelectual y moral. 

Y, sobre todo, si los más jóvenes no sufrieran a consecuencia del olvido, no sería necesario desafiar la tradición. Pero no es así. Antes he referido la historia de un joven líder de la insurrección de Abril, quien me preguntó (porque no obtenía respuesta de nadie de confianza, e historia escrita con objetividad, por supuesto no existe) acerca de los políticos que a partir del inicio del “diálogo” se adueñaron del escenario político en mayo de 2018. 

Me impresionó su franqueza, y me impresionó su relato del silencio de la generación anterior. Me dijo, palabras más, palabras menos, que él preguntaba a su padre sobre los mencionados políticos, y que la respuesta era tajante: “son todos unos hijos de puta.” Cuenta el joven líder (había estado preso meses en las cárceles de la tiranía) que cuando pedía explicaciones, sobrevenía un silencio de escape. 

He llegado a conjeturar que ese rompimiento inter-generacional, aunado a un esfuerzo de las élites por ocultar la verdadera historia de los 1980s y 1990s, plagada de crímenes de sangre y codicia, expusieron a una generación de chavalos a riesgos que no estaban en posibilidad de estimar y manejar: enfrentaban a un monstruo, y no lo sabían; un monstruo creado, precisamente, por las generaciones que ocultaban su naturaleza para esconder su responsabilidad.

Por eso, no puede esperarse, en nombre de una tradición que se vuelve contra la vida, que uno calle o espere, lo cual termina siendo equivalente, porque en el interín se reinventa la historia, se limpian las responsabilidades públicas de los personajes públicos, se rehace su perfil a partir de las virtudes que pueden haber tenido en privado, o por medio de sobredimensionar actos públicos que palidecen frente a sus errores. 

Por eso, la verdad es hoy, y es siempre; siempre es cuando sea necesario decirla, cuando sea posible aprender de ella. No cuando sea verdad muerta, antiséptica a punto de falsedad. Es hoy que debemos empezar a recordar, y no mañana, porque si no empezamos a recordar empezamos a olvidar, y el olvido es rodar por el despeñadero. Y ya conocemos el despeñadero.  ¿Y qué verdad es la que motiva estas reflexiones sobre el difunto Dr. Carlos Tünnermann Bernheim? 

He escrito en detalle acerca de las actuaciones políticas de don Carlos, por lo que, en lugar de reescribir, insertaré un texto [“Invitado especial: el olvido (“¡ni perdón, ni olvido”)] publicado el 10 de diciembre de 2019 en esta revista y luego incluido en la colección de ensayos “Contra el poder: Nicaragua y la lucha por la libertad en América Latina” en abril de 2023. 

Añadiré luego un corolario que es esencial, y de elemental justicia, porque el del Dr. Tünnermann es apenas un caso entre muchos que hay que estudiar, por el bien del país y el rescate de su futuro, que pasa por el rescate de su historia. Fórmese cada quién su opinión, pero le pido que estudie los hechos, que importan, porque a ciegas matamos y morimos sin hacer ningún progreso:

Invitado especial: el olvido («¡ni perdón, ni olvido!»)
10 de Diciembre de 2019

Hoy, en el día de los derechos humanos, me parece irónico que mientras el público que asiste al evento del Cenidh en un hotel de Nicaragua grita «¡ni perdón, ni olvido!», el olvido aparezca en la mesa principal como invitado de honor. Entre los beneficiarios de esta amnesia conveniente figura–pronunciando solemnes palabras de bienvenida– el Dr. Carlos Tünnermann Bernheim.

Don Carlos fue Ministro de Educación entre 1979 y 1984, de tal manera que no puede escapar responsabilidad por el giro de la educación pública hacia el proyecto orwelliano del FSLN, de adoctrinar a la niñez a favor del sandinismo; esfuerzo, por cierto, de tinte guerrerista (Vean la foto de Barricada–extinto diario oficial del FSLN–que adjunto).

Don Carlos fue también Embajador del gobierno del FSLN entre 1984 y 1988, ya con Daniel Ortega como presidente y el escritor Sergio Ramírez Mercado como vicepresidente. Su misión, para quien no quiera ser sordo y ciego, fue defender a la primera dictadura sandinista ante la opinión pública y la diplomacia internacional.

Hay que recordar además que aquellos fueron años de una represión a tal escala, de una opresión tan descarnada y una destrucción económica tan vasta, que cientos de miles de nicaragüenses (podrían ser más de un millón en una población mucho menor que la actual), y decenas de miles de jóvenes reclutados a la fuerza (se dice que más de 50,000) tuvieron que huir al exilio o perecieron en los campos de la guerra en Nicaragua.

¿De verdad no quieren olvido? ¿Quién gana con estos borrones de la memoria social? ¿Por qué tenemos que callar la verdad? ¿En nombre de qué permitimos la mentira, el reciclaje de la mentira, el dominio de la mentira? ¿A qué le tenemos miedo?

¿Se atreverían, quienes inevitablemente van a intentar tapar esta verdad entre tantas, sobre el personaje aludido (hay muchos más como él, y mucho peores, ya beatificados), a desmentir los hechos que cito?

Los reto.

La próxima vez que quieran gritar «¡ni perdón, ni olvido!» no se olviden de no olvidar.

Corolario

Queda fuera del texto anterior la actuación del Dr. Bernheim después de abril del 2018, cuando fungió, nada menos y nada más, que, como Coordinador de la herramienta política más poderosa de las corruptas élites antidemocráticas del país, la mal llamada Alianza Cívica. Desde su puesto, no solo exhibió su autoridad al nombrar “de dedo” a su segunda “al mando”, la Sra. Gioconda Belli (lo cual causó, entre los nicaragüenses, una tormenta de rechazo por todos conocida, no solo por el método, sino por el personaje ascendido), sino que dio su bendición al procedimiento de censura que el Sr. Mario Arana, entonces vocero de la Alianza, intentó en contra de revista Abril.

Queda decir, también en nombre de la justicia, que el Dr. Tünnermann es apenas uno entre una generación de políticos cuya permanencia en esferas de influencia, cuando no de poder, han facilitado un borramiento sin remordimiento de cualquier responsabilidad cívica, e incluso criminal, en las tristes décadas que sigue atravesando Nicaragua. 

Es nuestra obligación empezar a escribir una nueva historia, hacer constar nuestras vivencias y experiencias, nuestros testimonios y nuestras observaciones, lo más honestamente de que seamos capaces, para que los personajes que han construido el monstruo, y que hoy ––en ironía cruel–– pasean por el mundo recogiendo premios por su gran contribución a la libertad de Nicaragua, no sean la mentira que nos guíe de regreso al desastre y la tragedia. 

O que nos impida salir de la tragedia. Porque no necesitamos la verdad solo para el futuro distante, el que soñamos para nuestros descendientes, sino para el hoy que nos cae de nuevo como una lápida sobre la esperanza. 

El hoy en que se recicla Sergio Ramírez Mercado, quien manejó el Estado como Vice-presidente durante la primera dictadura de Ortega, entre otros méritos, y quien escribió en 1990, buscando la continuidad de esa dictadura que “Daniel Ortega es mi hermano y el mejor presidente de la historia de Nicaragua”; en el que se recicla Gioconda Belli, quien tras la derrota electoral entregó la casa que “el partido” le había asignado, casa que pertenecía a otra familia y a la cual no pagó un centavo; en el que se recicla el vice ministro del terror de Tomás Borge, el Sr. Luis Carrión; el hoy en el que se recicla Carlos Fernando Chamorro, quien publicaba en Barricada, a grandes letras, titulares como “Caen [diferentes cantidades; diferentes ocasiones] perros en la montaña”, refiriéndose a los campesinos levantados en armas contra la dictadura, presuntamente muertos en combate contra fuerzas movilizadas por el gobierno, entre ellas muchos jóvenes llevados a la fuerza; en el que se reciclan muchos otros, desde periodistas y diplomáticos hasta jefes del Ejército que, una vez enemistados con Ortega, son elevados al altar de la santidad democrática, cuando deberían, como mínimo, si no someterse a investigaciones criminales (algunos de ellos de lesa humanidad) al menos mostrar genuino arrepentimiento. Por el contrario, siguen en sus andadas, intentando un regreso al poder por la puerta oscura de los pactos y componendas, y ahora, ironía de ironías para dizque inveterados anti-imperialistas, en brazos de Estados Unidos. 

Ya es una frase trillada, pero habremos de repetírnosla hasta que se haga parte de nuestros hábitos, que quien no conoce su historia está condenada a repetirlo.

Sirvan estas reflexiones, dolorosas dentro del dolor, dolorosas porque tener que hacerlas es inevitable fruto del dolor, y es a la vez causa de dolor, como un granito de arena en el camino hacia ese aprendizaje.

Francisco Larios
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El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor de revistaabril.org.

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