El expediente y la persona
Hay personas tan organizadas que clasifican las fotos de las vacaciones por año, país, ciudad y color predominante del cielo.
Y luego está la burocracia.
Ella clasifica a las personas.
No importa si eres un premio Nobel, un carpintero, una madre soltera o el vecino que siempre saluda. Lo verdaderamente importante es que tu formulario lleve la casilla correcta marcada con una X, preferiblemente en tinta azul, con fecha, firma y tres copias.
Porque, al parecer, una firma fuera del recuadro puede poner en peligro el equilibrio del universo.
O, como mínimo, provocar un colapso administrativo de proporciones bíblicas.
Todos hemos vivido una escena parecida.
«Le falta un documento.»
«Pero ese documento lo emitieron ustedes.»
«Precisamente. Por eso tiene que traerlo.»
Es un diálogo tan universal que probablemente podría traducirse a cualquier idioma, incluso al burocratés.
Y, sin embargo, sería injusto culpar a la burocracia de todos nuestros males. Nació con una intención noble: proteger derechos, garantizar igualdad de trato y evitar que las decisiones dependieran del capricho de una persona. Gracias a ella existen registros, contratos, historias clínicas y miles de procedimientos que nos dan seguridad.
El problema aparece cuando el instrumento olvida su propósito; cuando el expediente deja de ser una herramienta al servicio de la persona y la persona empieza a existir para servir al expediente.
Entonces ya no importa el anciano que espera, el enfermo que necesita atención o la familia que intenta resolver un problema. Lo urgente pasa a ser que falte un sello, una fotocopia o un formulario con la versión más reciente.
Es una extraña inversión de papeles.
El mapa termina siendo más importante que el territorio.
La receta más importante que el paciente.
El reglamento más importante que la justicia.
Y el expediente… más importante que la persona.
Las sociedades maduras no son las que escriben más normas, sino las que nunca olvidan para quién las escribieron.
Porque cuando un expediente vale más que una persona, el problema ya no es la burocracia.
El problema es el olvido de la humanidad.


